Toda mi culpa no es Capítulo 15
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Capítulo 15

—V en conmigo —me dice como si tal cosa, mientras me mira con deseo y apoya la cabeza en su mano.

—Estás loco. No puedo desaparecer dos semanas sin más.

Chasqueo la lengua ante semejante propuesta, absurda en su totalidad.

—¿Por qué no? —insiste, y vuelve a recostarse invitándome a que me apoye en su pecho.

Me acaricia el pelo. Lo tengo ligeramente más rubio que cuando lo conocí. Me apetecía darle un extra de sensualidad a mi melena y eso hice. Bueno, lo hizo Natalia y, la verdad, me encanta.

Seguimos desnudos, en su cama, bajo unas sábanas de algodón egipcio y una chimenea encendida a nuestros pies.

—Porque tengo una familia, un marido, un trabajo —respondo casi en un susurro.

—Anna...

Cuando pronuncia mi nombre, «Anna...», con esa voz ronca y profunda, sé que podría hacer cualquier cosa que me pidiera. No es una actitud madura, mucho menos inteligente por mi parte. Es instintiva. Primaria, incluso. Y eso, en mí, con él, me encanta. Me fascina. Me pierde.

—¿Qué, Víctor?

Mi tono refleja que deseo irme con él al fin del mundo, pero no puedo. No puedo, sin más.

—Finge un viaje de trabajo. Pide unos días en la empresa. O simula estar enferma. En este país muchos lo hacéis. Solo serán dos semanas.

—¡No es cierto! En este país no somos así.

Le golpeo suavemente el torso a modo de reprimenda.

—No puedo, Víctor. No veo viable desaparecer dos semanas.

—Lo entiendo. De acuerdo.

Me besa lentamente en la cabeza.

—Pero si cambias de opinión... solo por si cambias de opinión, ya he comprado billetes de avión para los dos y he reservado los hoteles. Primero haremos parada en mi país unos días. Luego viajaremos a Nueva York y de allí volveremos a Barcelona.

Hace una pausa antes de continuar.

—Más tarde tendré que ir a Madrid. Estaré repleto de reuniones de negocios y no veo oportuno que me acompañes allí. Sin embargo, en este próximo viaje... piénsalo.

Lo miro, sentada y desnuda frente a él.

Suspiro.

—Me lo pensaré. Voy a intentarlo.

Y lo digo en serio. Me apetece sobremanera pasar con mi amante dos semanas enteras sin mirar el reloj. Amarnos en cada rincón del mundo y vivir una especie de cuento de hadas con este dios del Olimpo que parece estar colado por mí.

Aún no entiendo por qué.

No sé qué me ha visto...

Pero sé que le gusto. No me atrevo a decir que esté enamorado, pero por la forma en que me mira, me abraza y me besa al despedirnos sé que algo fuerte —muy fuerte— siente.

¿Y yo? ¿Qué siento yo?

Yo he perdido la razón, el rumbo, y navego a la deriva, embriagada de su aroma. Desearía que el tiempo se detuviera y vivir eternamente en la profundidad de su mirada y en esas caricias sobre mi piel.

Hacemos el amor una vez más antes de marcharme.

Otro mediodía que me escapo del trabajo más tiempo del habitual. No suelen decirme nada. A lo sumo algún comentario tonto sobre «dónde comes ahora, que no te vemos el pelo, Anita», por parte de Sonia, una compañera que no es amiga. Ni lo será jamás.

Aparte de esto, nadie pregunta nada.

Podría inventarme una excusa para pedir las dos semanas. Pienso. Febrero no es un mal mes para desaparecer.

Sigo siendo alguien valorada en la oficina y, aunque reconozco estar un poco en las nubes estos últimos meses, no será tan complejo engañarlos un poco más.

Tengo un buen puñado de amigas. Algunas más cercanas que otras.

Han sido una red emocional vital durante toda mi vida.

Muchas han llegado siendo adulta; otras las conservo desde el instituto o la universidad.

Si las cuento, me atrevo a decir que reúno un total de diez, o doce, que entre ellas se conocen... o no.

Pero íntima, como para contarle que estoy viviendo una aventura, me atrevo a decir que solo tengo una: Verónica.

Es la única mujer en el mundo a quien le confiaría semejante secreto. Aunque aún no se lo he contado. Todavía.

Han pasado varios meses desde que nos vimos en la galería por primera vez y nadie, absolutamente nadie, sabe de la existencia de Víctor. Si ahora mismo desapareciera de la faz de la Tierra, nadie sabría nada.

No guardo sus mensajes; los borro todos cada noche y le prohíbo que me llame.

No nos seguimos en redes sociales y evitamos ser vistos juntos en la calle. Lo cual tampoco sería un grave problema: mi esposo y mi vida familiar y social están a treinta kilómetros de mi trabajo y de su apartamento. Sant Cugat es un mundo; Barcelona centro, otro.

Lo que pasa en el primero no lo sabe el segundo.

Sin embargo, siento la necesidad de explicarlo. De compartir estas emociones que oprimen mi pecho.

Hay días que siento miedo. Miedo de que Sergio se entere.

Otros, fantaseo con abandonarlo. Huir agarrada de la mano de Víctor hasta el fin del mundo.

¿Por qué no lo hago?

No lo sé.

Supongo que me falta valor.

Y, sinceramente, una parte de mí no cree que esto dure mucho.

Víctor es un hombre altamente atractivo, soltero, próspero y cuyo trabajo le otorga libertad, viajes y fiestas con cierto, digamos...

glamour. Puede tener cuantas mujeres desee, así que dudo que su actual capricho —que ahora soy yo— le dure demasiado.

Y lanzar mi mundo, mi hogar, a la basura por él no merecería la pena.

Así que, ignoro aún cómo, pero he sido capaz de apartar la culpa a un lado y convencerme a mí misma de que esta aventura es solo mía. Solo para mí.

Para la mujer que soy.

No la esposa.

No la hija.

No la madre.

Sino Anna.

Una mujer camino a los cincuenta que ha descubierto que aún sigue viva. Quizá más que nunca. Que mi cuerpo es capaz de temblar de placer y que aún soy atractiva, sexy y, sobre todo, sé lo que quiero y cómo lo quiero.

Y quiero que Víctor me haga vibrar, que susurre mi nombre mientras recorre mi piel y me lleve hasta un lugar donde todo se desborde. Amo volver a sonrojarme, comprarme lencería fina y usar perfumes caros porque sé que él respirará mi cuello y se encenderá sin contención.

Pero, aun así, sabiendo que durará poco y que esto solo es una aventura en una dimensión paralela que me pertenece solo a mí, necesito compartirlo.

Me siento lista para ser juzgada, para que mi amiga se escandalice y me diga que estoy cometiendo un grave error. Me siento tan fuerte, tan de mi parte por primera vez, tan centrada en ser yo con él, que nada me hará dudar.

Ni siquiera Verónica.

Ni su moral.

Ni sus consejos.

La veo al final de la cafetería.

Está estupenda.

Hace mucho que no nos vemos en persona, a pesar de hablar a diario por WhatsApp. Es tan buena persona que hasta me sabe mal hacerla cómplice de mi aventura. Pero ella no es amiga de Sergio, aunque se conozcan. Ella es mi amiga.

Es madre, como yo, de una niña de la edad de Pablo. Nos conocimos cuando ambas llegamos a preescolar como madres novatas y no sabíamos bien dónde debíamos dejar a nuestros hijos o qué meterles en la mochila los primeros días de clase.

Tomamos algún café —ambas nos pedimos fiesta durante la adaptación de los entonces pequeños de tres años— y nació una amistad que dura ya once.

Hemos vivido juntas toda la primaria, el inicio de la secundaria, la muerte de su madre y su separación. Esto último nos unió mucho. De eso hace cinco años, y cuidé de su hija mientras ella remontaba y organizaba la mudanza.

Creo que ahí nos volvimos inseparables. Íntimas.

Y no puedo seguir con esta locura sin compartirla con ella.

Su melena castaña, impecable, hoy la lleva recogida en una coleta alta. Está preciosa. Pendientes de perlas y brillo en los labios. Tejanos y una blusa rosa.

Su sencillez es el secreto de su belleza, siempre lo he pensado.

Es más alta que yo, lo compruebo una vez más cuando se levanta y me da un abrazo.

Mi amiga Verónica.

Mi Vero.

Si supiera cuántas veces sus mensajes me han sostenido.

Si supiéramos las dos cuánto, en un futuro no muy lejano, su amistad me va a defraudar...

—¿Sergio sospecha algo?

Es lo primero que me lanza tras suspirar hondo y asimilar durante unos segundos la información que le he soltado.

—No. Sergio no sabe nada.

—No te he preguntado si lo sabe, sino si lo sospecha.

—¡No! Soy muy cuidadosa —le digo, lanzando un gesto con la mano que invita a restar importancia.

—Bueno... eso espero.

—Sergio no sospecha nada. Él vive en su mundo: sus pacientes, su deporte, Pablo, sus aficiones. No sabe nada, no sospecha nada —zanjo rotunda.

—Yo lo sospechaba —me espeta.

—¿Cómo? —digo, casi atragantándome con un sorbo de té de frambuesa.

—Hace semanas que lo sospecho.

—¿Por qué dices eso?

—Nos vimos en la reunión de las clases de inglés. ¿Lo recuerdas?

Tomo otro sorbo.

—Claro... fui sola. ¿Qué estás diciendo?

—Llegaste tarde. Jamás llegas tarde a nada que tenga que ver con nuestros hijos. Es la primera vez en once años.

—Vamos, Vero, eso es una tontería.

—No es por eso. Es el brillo en tus ojos. Tu pelo. La forma de sonreír. No sé... desprendes un nosequé que no había visto nunca en ti. —Frunce el ceño mientras me suelta todo esto.

Emite un pequeño chasquido y yo sonrío, insinuando que es una bobada lo que me está contando.

—Y el WhatsApp.

—¿Qué pasa con el WhatsApp?

Ni idea de qué me va a decir, pero siento una punzada en el estómago cuando me mira.

—Siempre estás en línea por las noches.

—¿Ahora me espías? —le recrimino.

—No. Pero eres mi amiga. Te conozco mucho. Llegas tarde, estás guapa..., radiante, en realidad. Feliz. Y te pasas las noches hasta altas horas en línea, algo propio de mí, ¡no de ti, caramba! Y no me cuentas nada.

—Lo estoy haciendo ahora.

—Ya lo sé, tonta. —Me sonríe y me agarra de la mano con cariño y firmeza.

—Te lo cuento ahora porque no me atrevía a hacerlo antes, Vero.

—No te juzgo, Anna. Es tu vida. Y hay veces que este tipo de aventuras son un revulsivo para el alma... y para el matrimonio. Estás muy bonita. Ese rubio Hollywood que luces te sienta divino.

—¿«Rubio Hollywood»? ¡Pero qué dices!

Ambas nos reímos.

—Me recuerdas a Naomi Watts con esa melena.

—Bueno, esa mujer es bien bonita... ¡te lo compro!

Nos reímos otra vez.

—Ahora en serio —añade—. Ten cuidado. Un divorcio no es agradable para nadie. Y por lo que cuentas, Víctor no es un amor estable, sino un capricho pasajero. Disfrútalo, pero no te cuelgues demasiado o la caída será bestial.

—Lo sé, amiga. Lo sé...

Miro al suelo.

Sé que me estoy enamorando.

Sé que me he enamorado de Víctor.

Pero también sé que es imposible que esto vaya a más.

Debería esperar a que se deteriore del todo y soltarlo. O quizá dejarlo ya, antes de que —como dice mi amiga— sea demasiado tarde.

—Bueno, sea como fuere, ándate con ojo. Es un hombre de mucho mundo, y está bien que te regales esta aventura. Ahí no voy a entrar, porque cada quien vive su vida como le rota, pero ten cuidado. Por favor.

—Lo tendré —digo, asintiendo.

Mientras tanto, pienso que no es necesario recalcarme tantas veces que tenga cuidado. Soy mayorcita. Y no estoy entrando en una célula de Al Qaeda, carajo. Solo estoy teniendo un affaire y lo estoy compartiendo con mi amiga.

No pido que me apruebe, pero sí agradecería un poco más de empatía, y no que intente meterme miedo. Es como si, al hacerlo, se asegurase de que ella ya me avisó y, con ello, librarse de la culpa de ser cómplice de algo que no está bien.

Lo sé porque yo misma he actuado así en el pasado cuando alguien me ha contado su infidelidad. Si te apoyo, soy cómplice y, cuando estalle —porque siempre estalla—, yo estaré libre de pecado porque no avalé tu decisión.

Pensé que Verónica era un pelín distinta. Veo que no.

Pero no la juzgo. La quiero igual.

Y lo más importante: no me hace dudar de mi decisión de seguir viendo a Víctor.