Toda mi culpa no es Capítulo 14
33%

Capítulo 14

L a casa está en silencio. Sergio sigue en el CAP.

Hoy daba una formación y llegará pasadas las nueve.

Pablo ha quedado con nuestro vecino Enric.

Van juntos a clase y tenemos la suerte de vivir en la misma calle.

Muchas tardes estudian juntos en una casa o en la otra.

Hoy tocó en la de Enric y, conociendo a mi hijo, pronto recibiré un mensaje pidiéndome permiso para cenar con su amigo.

No me importa. Lo pasan bien y ambos son buenos chicos. Además, egoístamente, agradezco esta soledad que, sin planearlo, se me presenta.

Necesito pensar. Aclarar mi mente y decidir qué hacer y qué rumbo tomar.

He visitado varias veces el ático de Víctor. Este mediodía, sin ir más lejos, he estado allí. Huelo mis manos, aspiro con fuerza. Huelen a su perfume. Toda mi piel huele a Víctor. Me huelo la ropa, el pelo. Toda, toda yo estoy impregnada de este bendito olor.

Hemos hecho el amor de todas las formas posibles, en cada rincón de su apartamento: la cama, la cocina, la ducha, el sofá... Víctor es insaciable. Su aguante, sus ganas, su fuerza encienden una llama desbocada en mi interior que me conduce, sin regreso, al cielo del placer.

Y, sinceramente, quiero más.

Llevamos semanas viéndonos. Me prometí que no repetiría. Que había sido un error, una locura fruto del aburrimiento. Que todo quedaría en un recuerdo. Como esos sueños bonitos que uno guarda sabiendo que nunca ocurrieron.

Pero no he sido capaz.

Víctor no ha insistido. Dejó claro que, si no estoy cómoda con él, no forzará nada. Pero veo su nombre en la pantalla de mi teléfono y pierdo toda razón.

«¿Qué haces?».

«Extraño tu olor».

«Quiero verte».

Lo leo. Finjo salir de visita a algún cliente o aviso de que hoy comeré fuera de la oficina. Veinte minutos más tarde estoy en su casa, desnuda, entrelazada en su cuerpo, sudando y gimiendo con cada embestida.

No sabía que se podía disfrutar así. No tenía idea de cuántas cosas puede hacer una persona para proporcionar placer al cuerpo de otro.

Nos hemos visto muchas mañanas, alguna tarde y una cena que se nos fue de las manos.

Aquella noche tuve que improvisar una mentira al llegar pasadas las dos de la madrugada.

En mi defensa diré que aquel merlot se me subió a la cabeza y no podía presentarme ebria ante mi esposo.

Sabe que no suelo beber, y menos si salgo a cenar con alguna amiga.

¿Has bebido vino de la boca de tu pareja?

¿Te lo han rociado en la entrepierna y tomado directamente de allí?

Yo sí.

A mí sí.

Víctor. Víctor... Víctor.

No sé qué voy a hacer con mi vida.

Con mi perfecta vida.

Sergio es mi marido.

Esta es mi casa, mi hogar y mi familia.

Pero la versión egoísta que emerge de dentro de mí, como una mariposa que abandona su crisálida, no contempla volver atrás.

Jamás me he sentido tan viva.

Nunca transgredí las reglas.

Educación, miedo al qué dirán, temor a las represalias. Qué sé yo cuál es la realidad que siempre me ha mantenido dentro de esta actitud.

Llevo cuarenta y seis años siendo correcta, buena, haciendo lo que se espera de mí como hija, madre, esposa, vecina, hermana, mujer.

Y ahora, al no respetar lo socialmente esperado, siento una absoluta liberación. Una real sensación de bienestar, de independencia, que me fascina, me desconcierta y me vuelve loca a partes iguales.

Yo era feliz.

¿Era feliz?

Vivía tranquila, y eso ya es mucho.

Y entonces llegó él.

Su galería.

Y esa forma de acariciarme.