Capítulo 13
Juan nunca regresó a España.
Los ojos de Narine tuvieron la culpa.
Había llegado a Armenia como corresponsal del diario y, en lo que se esperaba fueran unos meses —a lo sumo tres—, tendría listas sus crónicas y regresaría.
Pero cuando partió desde Ereván hacia otros destinos soviéticos para seguir con su periplo, se llevó el amor de aquellos ojos oscuros en los bolsillos.
No podía dejar de pensar en ellos. En Narine.
La joven maestra conquistó el corazón del periodista español y, tras varias semanas entre Georgia y Azerbaiyán como paisaje de fondo, decidió tomar un tren y volver a su amada.
Se casaron poco después, rodeados de familia y amigos que celebraron el amor de aquella extraña pareja compuesta por la profesora y el español, como los llamaron durante mucho tiempo.
De «la profesora y el español» nacieron tres preciosas criaturas: primero llegó Anahit, después Sona y, por último, Víctor.
Juan encontró trabajo como maestro en una pequeña escuela de Ereván. Al mismo tiempo seguía enviando artículos al periódico en España. Las crónicas viajaban por correo, lentamente, atravesando medio continente antes de llegar a la redacción.
Juan aún no lo sabía, pero con los años su posición se volvería clave. Cuando Armenia dejara de formar parte de la Unión Soviética, su mirada desde dentro sería una de las pocas voces capaces de explicar lo que estaba ocurriendo.
Pero todo eso estaba todavía muy lejos.
Por entonces, su mundo se había reducido a Narine y sus tres pequeños. Los tres hermanos crecieron casi como si fueran trillizos, separados apenas por un año entre cada nacimiento. La casa siempre estaba llena de voces, de risas y del constante ir y venir de mujeres.
Narine nunca quiso renunciar a su trabajo. Entre ella, la abuela María y sus dos hermanas —que también vivían en la casa—, los niños crecieron rodeados de cuidados.
Víctor, el pequeño de la familia, era el más consentido. Rodeado de mujeres que lo adoraban, creció como un pequeño príncipe. Pasaba horas en las faldas de su abuela mientras aprendía a balbucear palabras en ruso y en español con la facilidad que solo poseen los niños.
María empezó a llevárselo con ella a las iglesias de la región desde muy pequeño. Durante los años soviéticos, la práctica religiosa se mantenía en un discreto segundo plano, pero muchas comunidades seguían cuidando sus templos con silenciosa obstinación.
Había decenas de iglesias antiguas en los alrededores, y María estaba decidida a que no se perdieran: limpiaba frescos, restauraba iconos, reparaba marcos y vigilaba que las obras no se deterioraran con el paso del tiempo.
Víctor observaba, fascinado, los colores, las figuras, las historias escondidas en cada pintura.
Lo que nadie sabía —o fingía no saber— era que María también tenía en aquella labor una «forma» de ganarse la vida.
Algunas piezas antiguas —pequeños iconos, papiros o cuadros deteriorados— encontraban un nuevo destino fuera del país. Con la ayuda de un viejo amigo que conocía bien las rutas de frontera, ciertas obras cruzaban discretamente hacia Europa.
No era un negocio enorme.
Pero dejaba algunas monedas extras en casa.