Toda mi culpa no es Capítulo 12
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Capítulo 12

M e dejo llevar.

Termina el que, sin duda, ha sido el beso más intenso de mi vida y, sin apartar sus ojos de los míos, me ofrece su mano.

La tomo.

Lo sigo.

Me lanzo.

Sin paracaídas.

Sin mesura.

Con culpa.

Y con muchas más ganas que culpa.

Abre la puerta de su apartamento sin dejar de besarme.

Un amplio ático con vistas al centro de la Ciudad Condal, en un señorial edificio antiguo que recuerda al estilo de Gaudí en su arquitectura.

Los ventanales son altos, también los techos y las puertas que separan las estancias.

Todo está en orden. Huele bien. Los muebles, de maderas nobles, confirman lo que ya sugería la entrada al edificio: este hombre se gana muy bien la vida.

Me mira y sonríe.

Sabe que estoy nerviosa. Excitada. Y en sus ojos leo que eso le encanta.

Aparta un mechón de mi cabello y lo coloca detrás de la oreja, rodea mi rostro con sus manos y me besa.

Le beso.

Estoy en sus brazos. En sus redes. Y sé —y lo más inquietante es que no me importa— que he perdido por completo el control.

Nos quitamos la ropa con ansia, con deseo, con ganas de más. A horcajadas, rodeando su cintura con mis piernas, me lleva hasta la cama.

Noto su excitación. Su enorme excitación contra mi pierna.

Cuando termina de desnudarse, el hombre atractivo que me está robando la cordura da paso a un hecho todavía más perturbador: un cuerpo firme, seguro de sí mismo, casi insultantemente perfecto.

Recorro su piel con mis labios, con una avidez que no reconozco como mía.

No sé quién soy.

No sé quién es esta mujer que habita en mí.

Víctor explora mi cuerpo con una calma que contrasta con la locura que estoy sintiendo. Sus manos encuentran cada rincón de mi piel, mis pezones, mi vientre, mi entrepierna... Cuando sabe —cuando sabe que estoy lista— entra en mí.

Primero despacio.

Después ya no.

El ritmo se vuelve más intenso, más profundo. Me gira sobre la cama y vuelve a entrar en mí mientras sus manos se mueven sobre mi cuerpo, acompañando cada movimiento.

Dios.

No han pasado ni cinco minutos y sé que voy a perderme. No puedo aguantar más. Me arde, me arde la piel. El cuerpo. El alma. Estallo en un gemido que procede desde lo más hondo de mi ser.

Con Sergio casi nunca termino. Él sí. Yo finjo. Es más fácil así. Después, cuando está en el trabajo, acabo sola.

Siempre pensé que el problema era mío. Que la edad había apagado mi libido. Que simplemente ya no sentía lo mismo.

Ahora sé que no.

Mi deseo sigue aquí. Intacto.

Víctor se aparta un momento y me mira.

—¿Quieres que siga?

Él aún no ha terminado. Le devuelvo la mirada y sonrío, descaradamente.

—Por supuesto.

Su carcajada llena la habitación.

Regresa a mi sexo con una paciencia que me desarma. Primero con su boca, despacio, rozando con su aliento en el punto exacto. Sigue lamiéndome, aumentando muy lentamente la intensidad. Besa mi entrepierna y adentra su lengua en mí. Me estremezco.

Se separa y sube hasta mi boca.

Este es mi sabor, así sabe mi cuerpo. Me excito aún más mientras introduce sus dedos en mi interior. Voy a volverme loca.

—Fóllame, por favor —le suplico—. Métemela otra vez y fóllame sin piedad.

Joder, nunca, jamás, había hablado así.

Sonríe con malicia.

Retira sus dedos e introduce su enorme erección de nuevo en mí.

Una vez, y otra. Y otra. Y otra...

Mi cuerpo responde de inmediato, acoplándose a él.

Me muevo acompasando el ritmo que marcan sus caderas, a las que me agarro como si fueran el borde del abismo.

Y entonces ocurre.

El orgasmo llega con una intensidad explosiva. Un placer que me atraviesa por completo.

Grito.

Él también pierde el control.

Terminamos casi al mismo tiempo.

Durante unos segundos no soy capaz de moverme. Solo respiro, agotada, con el cuerpo todavía temblando.

Sé que está mal.

Lo sé perfectamente.

Pero, tumbada bajo su cuerpo, con el corazón todavía acelerado, solo puedo pensar una cosa: acabo de tener el mejor sexo de mi vida.

Y ahora entiendo por qué la gente es capaz de volverse loca por esto .