Toda mi culpa no es Capítulo 11
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Capítulo 11

Llego unos minutos antes. No debería haber venido, lo sé. Durante el trayecto hasta la cafetería donde hemos quedado he pensado varias veces en dar media vuelta. En decirle que no, que fue un error, que lo mejor es que cada uno siga con su vida. Pero aquí estoy.

Me siento junto a la ventana. Desde aquí veo la puerta. Pido un cortado, aunque no tengo sed, ni hambre ni nada que se le parezca.

Miro el teléfono.

Me repito que solo serán diez minutos.

Nada más.

La puerta se abre y lo veo entrar. Camina directo hacia mí, como si supiera exactamente dónde estoy. Lleva un traje gris y un jersey oscuro de cuello alto que estiliza su perfecto torso. Melena suelta. Cabello castaño, con esos leves reflejos dorados que acentúan el misterio de sus ojos oscuros.

Cuando llega a la mesa, sonríe apenas.

—Diez minutos —dice.

—Diez minutos —respondo.

Se sienta frente a mí con una naturalidad que me desconcierta.

—Sabía que vendrías —susurra.

—No deberías asumir esas cosas.

—No debería —dice, apoyando los brazos sobre la mesa—. Pero hoy sí.

Bajo la mirada hasta mi taza. No quiero que note que esa frase me ha molestado. Carraspeo.

—Solo quería aclarar lo de la otra noche —digo finalmente—. Fue una conversación agradable..., pero nada más.

Víctor inclina ligeramente la cabeza, como si estudiara cada palabra.

—Fue una conversación agradable —repite— y un beso excitante.

Siento cómo se me tensan los hombros.

—Precisamente por eso estoy aquí. Estoy casada, Víctor.

—Lo sé —responde. Esta vez no sostiene mi mirada.

—Y no quiero que haya malentendidos.

—No los hay.

Se instala un silencio breve. No incómodo. Más bien cargado de lo que no sé describir.

—Entonces estamos de acuerdo —digo—. Fue solo un momento agradable.

Víctor sonríe, pero en sus ojos hay más.

—Puede ser.

Espero que diga alguna cosa, pero no lo hace. Solo me observa con una calma que me pone nerviosa.

—¿A qué te dedicas exactamente? —pregunto, más por romper el silencio que por verdadero interés.

—Trabajo con arte.

—Eso ya lo dijiste el otro día.

—Compro piezas. Las vendo. Comercializo arte que proviene principalmente de mi país.

—Ah, interesante —respondo casi de forma automática. Estoy nerviosa, digo cualquier cosa—. ¿Y de dónde sacas las obras? ¿De otras galerías? —añado.

—A veces. No siempre —me explica. Y en su naturalidad al hablar se abre una grieta por la que temo colarme—. Muchas obras las consigo, digamos —prosigue—, por contactos, otros marchantes de menor grado y similares.

—Entiendo.

No entiendo. Ni sé de qué me habla ni de dónde saca esas obras que vende y que, al parecer, le dan para vivir. Me da igual. Solo quiero que este temblor interno cese, y con este hombre tan cerca lo veo difícil.

—En esencia, a eso me dedico: viajar, comprar, vender, ayudar en inauguraciones... y vuelta a empezar.

—Suena interesante. Y... difícil dar con buenas obras.

—No lo es tanto —dice—. Solo es cuestión de saber mirar donde otros no lo hacen.

Bebe un sorbo de café.

—Sí, supongo... —añado.

Sostiene mi mirada unos segundos. Da otro sorbo al café.

—Pareces una mujer que ha hecho siempre lo que se esperaba de ella.

Siento un pequeño golpe en el pecho.

—No me conoces. No deberías decir eso de mí.

—No —admite—. Pero conozco esa mirada.

Aparto los ojos.

—Creo que mis diez minutos han terminado —digo levantándome.

Víctor mira su reloj.

—Llevamos cuarenta.

Lo miro sorprendida.

—No puede ser.

—Puede.

Recojo el bolso de la silla.

—Debería irme.

Él no intenta detenerme.

Solo dice, con absoluta tranquilidad:

—Si te vas ahora, Anna..., no volveré a escribirte. Ni a molestarte.

La frase cae entre nosotros cual ultimátum.

No hay reproche en su voz. Solo verdad.

Debería marcharme.

Debería cruzar esa puerta y volver a mi vida.

A Sergio.

A Pablo.

A la casa ordenada, a las cenas tranquilas, a los viajes que planean sin preguntarme.

Debería irme.

Pero no lo hago.

Me quedo aquí, de pie frente a la mesa, mirándolo.

Víctor se levanta despacio.

Durante un segundo ninguno de los dos dice nada.

Entonces se acerca lo suficiente para que pueda sentir su perfume. Dulce, intenso.

—Creo —dice en voz baja— que los diez minutos ya no importan.

Y antes de que pueda pensar en lo que estoy haciendo, lo beso.