Capítulo 10
Regresamos a casa en un cómodo y tranquilo silencio. Pablo se ha quedado dormido y zarandea la cabeza con los auriculares aún puestos.
—Hijo..., hijo —le susurro.
—Ehh... ¿qué pasa, mamá? —responde sin abrir los ojos.
—Siéntate bien, te harás daño en las cervicales. Apóyate en la ventana si quieres.
—Valeeee... —murmura.
Y sigue durmiendo.
Sergio me mira y sonríe.
—Al final ha merecido la pena venir, ¿verdad? ¡Lo hemos pasado genial! —me dice sin quitar los ojos de la carretera—. Los tres hemos disfrutado mucho del salón.
Asiento. Sonrío y asiento. Asentir es fácil y no gano nada diciendo que para mí ha sido una jornada tremendamente aburrida.
—Deberíamos hacer esto más a menudo —continúa—. Nos quedamos habitualmente en casa y salir los tres es siempre una apuesta segura.
Confirmo con un gesto. Le rozo la cara con cariño.
La culpa me aprieta el pecho.
No está bien esto que hago.
No está bien esto que siento.
Pero no puedo evitarlo.
Al llegar a casa, Sergio abre una botella de vino tinto. Dice que el día lo merece. Animado, propone reservar un fin de semana en Andorra o la Molina. Aún queda nieve y podríamos esquiar, añade.
—Papá, ¿podría venir un amigo? —pregunta Pablo—, y luego ¿podríamos ir a remojarnos al espacio termolúdico? —añade—. ¡Me parece un plan perfecto, papá! —Definitivamente, este plan se llevará a cabo.
—Me encanta la idea —responde Sergio.
Yo odio esquiar. No me gusta la humedad y mucho menos ese famoso espacio termolúdico repleto de gente que grita, luce trajes de baño más propios de un resort veraniego que de un spa y colapsa el hidromasaje.
—¿Y en verano, papá? ¿Iremos a Japón al final? —pregunta entusiasmado mientras se lleva un trozo de fuet a la boca.
—¿Japón? —pregunto—. ¿Cuándo hemos hablado de ir a Japón?
—Pablo y yo hemos pensado que sería un buen lugar para visitar —explica Sergio—. No solo por la cultura milenaria del país, sino por las novedades tecnológicas de las que podríamos disfrutar.
—Yo quiero una consola y varios juegos que sé que solo encontraré allí —espeta mi hijo, dando por sentado que iremos al país nipón de vacaciones.
—Bueno... no sé... —digo tímidamente.
No quiero fastidiar sus planes, pero en serio... ¿Japón? ¿En verano?
El verano es playa, descanso, relax y mojitos. Hace siglos que no tomo un mojito recostada en una hamaca, viendo cómo el sol se esconde mar adentro. Para mí eso sí son vacaciones.
Pero no unas adecuadas para un niño pequeño, y por eso hemos optado siempre por viajes más lúdicos. Ahora, sin embargo, esta idea —incluso llevándonos a un amigo— se me antoja viable. Y muy satisfactoria para ellos. Y para mí.
—Vamos, mamá... —mi hijo llama mi atención.
Creo que he desconectado. Durante unos segundos, mientras cortaba queso, mi espíritu ha volado a alguna isla del Pacífico.
—Japón es un sueño de viaje, y lo sabes —insiste.
Mira a su padre. Este le guiña un ojo.
—Bueeeno... —digo—. Dejadme pensarlo.
—No hay nada que pensar, mamá. Papá y yo ya lo tenemos todo planeado. Está decidido: nos vamos a Japón.
Miro a Sergio arqueando las cejas.
—Solo si tú quieres, mamá —dice mi marido, arrugando la nariz y poniendo morritos como un niño de dos años.
—Está bien —respondo—. Iremos a Japón. O a donde queráis.
Me rindo. Lo acepto.
Quieren ir a Japón. Y no seré yo quien les arruine su propuesta. Si ellos están contentos, yo también lo estaré. ¿No va de eso la vida?
Sergio alza su copa y rellena la mía.
—Propongo un brindis. Por nosotros. Por nuestra maravillosa familia. Por lo felices que somos.
—¡Y por nuestro viaje a Japón! —grita Pablo saliendo de la cocina.
—¡Y por nuestro viaje a Japón! —susurra Sergio guiñándome un ojo.
Chocamos las copas.
El vino sabe igual que siempre.
Pero se me antoja amargo.
Aun así, me lo bebo de un solo trago.
Y ahora sí, nos sentamos a cenar.
Sergio se queda dormido en el sofá viendo una serie, saco el teléfono del bolso.
El mensaje sigue ahí.
Quiero —necesito— contestar y zanjar esta tontería que se me está escapando de las manos.
Tomo aire y por fin respondo:
Anna
Víctor...
Lo de la otra noche,
nuestra conversación... fue muy agradable.
Pero estoy casada y no quiero que me malinterpretes.
Creo que lo mejor es dejarlo ahí.
Víctor está en línea, ha leído mi mensaje. El corazón se me sale del pecho al ver en la aplicación los puntitos que indican que me está escribiendo.
Víctor
Buenas noches, Anna.
No te he malinterpretado.
Fue una conversación agradable... y un beso inesperado.
Nada más.
Anna
Me alegra que lo veas así.
Entonces mejor dejarlo como un momento agradable.
Víctor
Puede ser.
Aunque sigo pensando que sería una pena que una conversación así tuviera solo un capítulo.
Anna
Algunas historias deben quedarse en una sola página.
Víctor
Puede ser.
Pero mañana estaré en la ciudad.
Si te apetece un café rápido. Diez minutos.
Para confirmar que lo nuestro fue solo una página...
No debería...
Anna
¿Dónde?