Capítulo 9
E l olor a tostadas y café se cuela en mi cuarto. Es sábado y son más de las diez. Es hora de despertar y empezar el día.
Me duele la cabeza. Tres copas para mí, que no suelo beber, fueron demasiadas. Suerte tuve de que ningún control, aun siendo viernes, me alcanzara camino a casa; estoy segura de que hubiera dado positivo en una prueba de alcoholemia y eso habría sido nefasto.
Cuando llegué, dormían y, por suerte, nadie atisbó el rubor de mis mejillas. «Solo fue un beso», me recuerdo a mí misma, mirándome al espejo.
¿Solo un beso? ¿Acaso has besado a algún otro hombre que no sea Sergio desde que empezó vuestra relación?
No, Anna, no fue «solo un beso». Fue un beso que te humedeció hasta el alma. Y fue con un hombre desconocido, en un lugar al que fuiste sin que nadie más que tú misma supiera que ibas a ir.
«¿Qué narices estás haciendo?».
Me miro a los ojos. Miro a esa mujer que me observa al otro lado del cristal y caigo en la cuenta de que ni siquiera me desmaquillé antes de meterme en la cama.
Me toco la boca con los dedos. Me huelo la mano, los brazos, el pelo... aspiro con fuerza. Quiero notar si queda algún rastro de su olor en mí, de ese perfume intenso que se me ha metido dentro.
Víctor, Víctor, Víctor... su nombre retumba en mi cabeza, dolorida por el vino y el cava.
—Cariño. —Oigo a Sergio entrar en la habitación—. ¿Estás despierta, mi amor? No quise molestarte.
—Sí —carraspeo—, ya salgo. Estoy en el baño.
—Te hago unas tostadas. Pablo y yo estamos preparando unas con mantequilla, ¿quieres?
—No, gracias, mi amor. Con café es suficiente.
No tengo hambre. Solo quiero café y un analgésico. Pero esto último no lo diré; no quiero que piensen que bebí. No quiero que se rían de mí. Que me juzguen. No quiero ser objeto de sus mofas y enfadarme. No quiero nada.
Me quito los restos de rímel que ensucian mi rostro y enciendo el grifo de la ducha del cuarto de baño de mi enorme habitación de matrimonio.
Lamento que el olor que pudiera quedarme de él se lo esté llevando el agua. Cierro los ojos. Veo los suyos. Su rostro. Su melena. Siento su voz y su aliento mientras enjabono mi cuerpo.
Bajo a desayunar, siendo un poco más persona de lo que era al despertar, y respondo al breve interrogatorio al que me somete mi adolescente.
—¿Lo pasaste bien, mamá? ¿Cómo está Laura? ¿Vendrá pronto Marc a casa? Hace mucho que no vienen.
Marc es el hijo de Laura; se lleva dos años con Pablo y son buenos amigos desde pequeños.
—Sí, hijo, están todos bien. Lo pasamos perfecto y vendrán en breve. Marc también tiene ganas de verte.
Mi esposo me mira y me tiende una tostada.
—Anda, come, mi amor, necesitas energía.
—¿Energía? —pregunto, confundida.
—Salimos en menos de una hora.
—¿A dónde? Sergio... —Entorno los ojos mientras mordisqueo el pan. No sé de qué me habla.
—¡Mamá! Hoy es el Salón del Automóvil, tenemos entradas. Ves como no te enteras de nada...
—Ah... el Salón del Automóvil. Cierto.
Mi marido me sonríe, con esa dulzura y paciencia que lo caracterizan, y siento un pinchazo en el corazón.
Joder. Ayer besé a otro hombre, Sergio. Te quiero, mi amor, eres el hombre más bueno del mundo y el mejor padre que existe, pero besé a otro hombre. A uno en el que no puedo dejar de pensar. Y tú no mereces que yo haga esto, pero no pude evitarlo.
—Cariño, ¿estás bien? —me pregunta mi marido.
—Sí, solo algo dormida aún.
Vuelvo de mi culpa y reacciono:
—Voy a cambiarme de ropa. En quince minutos estoy lista.
—Ponte ropa cómoda, sabes que andaremos mucho —me dice mientras subo las escaleras y él pone el lavavajillas.
—¡Sí! Ropa cómoda.
Acudir al Salón del Automóvil de Barcelona es casi una tradición en casa.
Siempre vamos. Y yo siempre me aburro. Mirar coches, más coches y todavía más coches es todo lo que hacemos durante una mañana entera que, en ocasiones, si son muchas las marcas que acuden, se alarga —tras un bocadillo y un refresco— hasta entrada la tarde.
—¡Mira, papá! Vayamos a esa marca.
Pablo está entusiasmado. Le apasionan los automóviles, igual que a su padre. Yo, sin embargo, estoy en otro lugar. Mi cabeza trata de traerme de vuelta a esta realidad maravillosa de sábado en familia y me obligo a disfrutar, a no pensar en la noche de anoche. En la galería. En el beso. En él...
Me muevo como un autómata, los miro, sonrío forzada cuando los veo sentarse en otro automóvil más. Esto está repleto de gente y, qué diablos, hace demasiado calor. Me acerco a Sergio y le susurro que saldré fuera: hay varios estands de marcas de refrescos y me apetece uno.
—Ve, cariño, tranquila, entiendo que te aburras. Nos encontramos en breve. —Me besa la frente y vuelve con Pablo.
Pido una Coca-Cola cero y me siento en un murete a la sombra. Reviso mi teléfono.
Tengo un mensaje. No conozco el número; no lo tengo grabado.
No he dejado de pensar en tus labios. Víctor.
El corazón se me acelera. ¿Cómo tiene mi teléfono? Claro: me apunté al evento y, para obtener la entrada, dejé mis datos en la web de la galería. No debería hacer un uso privado de los datos personales de los clientes. Eso no es legal.
Que haya transgredido las reglas, lejos de molestarme, me saca una sonrisa y me excita sobremanera.
Lo leo otra vez, y otra vez: «No he dejado de pensar en tus labios. Víctor».
No voy a responder. No todavía. No aquí.
El mensaje sigue abierto en la pantalla. Lo releo una vez más. Apago el teléfono. Lo guardo en el bolso como quien oculta un delito. Respiro hondo y vuelvo hacia el interior del recinto.
Pablo está sentado al volante de un deportivo híbrido simulando conducir a toda velocidad. Sergio le explica cosas sobre cilindradas que no entiendo ni quiero entender. Me acerco. Sonrío. Gesticulo un «sí». Digo «qué bonito» cuando esperan que lo diga. Siguen a lo suyo.
El teléfono vibra de nuevo dentro del bolso. Noto una punzada en el corazón. No quiero mirar. Pero no puedo evitarlo.
Víctor
¿Te he asustado?
Se me seca la boca.
Levanto la vista. Sergio me mira desde el otro lado del coche.
—¿Va todo bien, mi amor?
—Sí, cariño —respondo rápido, con una sonrisa demasiado forzada, tanto que hasta yo lo noto—. Es del trabajo.
«Del trabajo», digo. Dios mío, ¿en qué momento mentir se ha convertido en algo tan natural en mí?
Camino unos pasos hasta apartarme lo suficiente. Los veo, me ven, pero no me siento observada. Desbloqueo la pantalla.
Escribo una posible respuesta. La borro. Pruebo con otra, la leo, no me gusta. La borro. Me sudan las manos. Exhalo lentamente y vuelvo a intentarlo. Estoy con mi familia. Demasiado explicativo. Borro.
Anna
No fue buena idea.
No lo pienso más. Lo envío.
Víctor
No lo fue. Por eso quiero repetirla.