Toda mi culpa no es Capítulo 8
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Capítulo 8

M e invita a tomar esa copa en una pequeña terraza privada, al final de la segunda sala. Una puerta alta y antigua, que chirría al abrirse, comunica con el cielo abierto y estrellado de un patio interior típico de los edificios de estas calles de la ciudad.

Víctor, a escasos centímetros de mí, es, si cabe, más guapo de lo que recordaba.

Su mentón, perfectamente dibujado, luce una barba de pocos días, muy bien cuidada.

Su melena oscura, con mechones castaños, me invita a acariciarla.

Temo perder el control mientras me habla y contengo la necesidad de tocarlo, de apartarle el pelo y ver mejor sus ojos, profundos y almendrados.

Su voz ronca y varonil desprende serenidad, una seguridad sin ínfulas de coquetería.

Me cuesta interpretar si esto es pura cortesía, educación ante una posible clienta o algo más.

No sabe nada de mí y, a juzgar por las veces que nos hemos visto, podría pensar que soy una potencial compradora.

Nada más lejos de la realidad: de todas las obras que alberga la galería, él y el deseo que despierta en mí son lo único que me interesa.

Doy otro sorbo a mi copa. Esta vez es un vino blanco ligeramente espumoso, deliciosamente suave. Víctor se enciende un cigarrillo. Me ofrece. Rechazo con un gesto, le doy las gracias y observo cómo el humo se escapa de su boca y de su nariz.

—No me canso de esta ciudad —dice, señalando los balcones traseros, llenos de la vida lenta que ocupa las casas a estas horas de la noche: luces que se apagan, televisores encendidos, familias en los sofás.

—Es una gran ciudad. No conozco mucho mundo, pero me quedo con Barcelona y su caos maravilloso.

Víctor asiente mientras exhala el humo.

—Yo sí viajo, vivo entre varias ciudades y coincido con usted: Barcelona tiene un encanto especial.

—¿Vives aquí? —pregunto—. Y, por favor, no me hables de usted, no soy tan mayor.

Lo digo en voz queda, mirando al suelo y apartándome un mechón rubio que recojo detrás de la oreja. Yo sí me siento mayor, pero no quiero que él me lo recuerde. Su «usted» me ha dolido más de lo que debería.

—Vivo entre tres países, pero tengo un piso aquí en propiedad. Es un lugar que no descarto que sea mi hogar cuando me retire. Algún día.

—Te entiendo. Pero tú eres de...

—Soy de Armenia. Mi madre es de allí. Mi padre es español. Crecí en mi país materno, pero de joven me vine a estudiar aquí. Trato de seguir unido a ambos lugares.

—Un buen choque cultural.

—No te creas, los armenios tenemos mucho más en común con los españoles de lo que os podéis imaginar.

Apaga el cigarrillo en una maceta seca que cuelga de un hierro forjado y oxidado, anclado al ladrillo de esta terraza. Asiento a la vez que me encojo de hombros. No tengo ni idea de dónde está Armenia en un mapa.

—Y tú, Anna... —me tutea. «Menos mal», pienso—. No pareces de las que se sienten cómodas en este tipo de inauguraciones. ¿Qué haces aquí, de verdad?

Me descoloca por completo. Esta sí que no la esperaba. ¿Por qué me pregunta esto? El corazón se me acelera y dudo qué responder. Sostengo su mirada.

—No lo sé. No sé qué hago aquí, Víctor. Solo sé que vi que...

Se acerca a mí, dejando escasos centímetros entre su rostro y el mío. Me toma la cara con una mano enorme y se cerciora de que nadie nos mira. Se inclina un poco más: apenas un milímetro separa nuestras bocas. Siento un cosquilleo que me invade entera. Deseo, necesito, que me bese. Por favor.

—Has venido por mí —susurra.

—Sí... —respiro, entrecortada.

Me observa con una intensidad que me desarma. Humedece sus labios. Siento que voy a explotar.

Se acerca..., pero se detiene a un suspiro de mi boca.

—Esto no está bien —murmura, casi para sí—. Estás casada.

No se aparta.

—Dime que pare.

No digo nada.

Y entonces me besa.

Sus labios, firmes y cálidos, rozan los míos. La presión aumenta y su lengua busca mi lengua.

La encuentra.

Se entrelazan.

Mi cuerpo se excita en cuestión de segundos.

Nos separamos y me mira a los ojos con una profundidad que me atraviesa.

—¿Volveré a verte, Anna?

Lo miro, desafiante. Sonrío.

—Ya veremos.

Me suelta y me deslizo fuera de sus brazos. Vuelvo al interior. Él se gira y me sigue con la mirada a través del cristal. Sonríe y enciende otro cigarrillo.

Recojo mi chaqueta del mostrador de Vladimir y salgo de allí con el corazón acelerado, las piernas temblorosas y la boca llena de un gusto prohibido y exquisito que huele a él.