Toda mi culpa no es Capítulo 7
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Capítulo 7

—¡U auuu! ¡Mamá, estás guapísima! ¿Ya os vais?

—Gracias, hijo, sí, ya me voy —digo mientras me calzo los tacones—, os he dejado una pizza hecha en el horno, solo tendréis que calentarla, y yogures de fruta y una ensalada de pasta en la nevera.

—¿De los que tienen mermelada por debajo? —pregunta entusiasmado como si de pronto volviera a su infancia.

—¡Claro! —Le guiño un ojo. Sé que son sus favoritos y me encanta que me lo celebre.

—Pásalo bien, mi amor —Sergio baja las escaleras con el pijama puesto y un libro en la mano. Se detiene ante mí. Me besa en la frente con cariño y acaricia mi barbilla—, disfrutad mucho y saluda a Laura de mi parte. —Le sonrío y prometo que lo haré.

Laura no viene. De hecho, ella no sabe nada. Voy sola. No quiero compartirlo con nadie. Es mi absurda idea. Solo mía.

Conduzco hasta el centro de Barcelona, con la diferencia que a estas horas no hay tanto tráfico como por las mañanas.

Dejo el coche en un aparcamiento público y me recoloco el vestido.

He elegido uno negro, clásico. Mangas en sisa, cuello abierto, cinturón a conjunto y un largo que tapa las rodillas, adecuado para la ocasión.

Medias suaves. Tacón fino. Melena suelta acentuando mis ondas naturales y el estómago encendido en nervios y dudas: «¿Qué haces aquí, Anna? ».

Entro en la galería, atestada de gente que parece entender de arte y que huele bien.

Echo un vistazo general, abarcando la sala principal, mientras entrego mi chaqueta a una joven morena de ojos color azul hielo, muy guapa.

Demasiado guapa. Tanto que me incomoda mirarla.

Con un acento que intuyo del este de Europa, me da la bienvenida y me entrega el resguardo de este guardarropa improvisado.

Me fijo en un pasillo estrecho que el otro día no vi. Conduce a lo que veo es otra sala, con otra colección que hoy no se promociona, pero que también observan con admiración parte de los invitados.

Me adentro. Como quien cruza un portal a otra dimensión.

Una distinta, repleta de colores y brillos ajenos a mi rutina y que, sin embargo, me hacen sentir extrañamente bien.

Estoy sola en un evento lleno de desconocidos, y el vértigo que me da esta sensación de libertad se dibuja en una media sonrisa que me dedico solo a mí.

Un camarero, con faldón hasta los tobillos, me ofrece champán rosado. Acepto una copa y agradezco su amabilidad.

Cruzo miradas con invitados que, como yo, miran las obras y buscan algo o a alguien: un contacto, un cómplice, un cliente, un amante. Yo busco a Víctor, pero no lo veo.

Observo mi reflejo en un espejo de pared cuya función es dar sensación de amplitud a la sala.

Suelo ir arreglada en mi día a día, por mi trabajo, pero hacía mucho que no me enfundaba en un vestido tan sexy como este.

Me gusta ver que aún me gusta lo que veo.

No soy la de hace veinte años, pero los cuarenta y tantos no me están sentando tan mal como pensaba lo harían.

Me arreglo un poco las ondas del pelo con las manos, disimuladamente.

Natalia, mi peluquera, insistió en rebajar un tono las mechas y estoy demasiado rubia, pero es cierto que disimula las canas y no queda nada mal.

Vuelvo a mirarme de reojo en ese enorme espejo rectangular.

Sin duda este nuevo rubio dulcifica mi rostro, y eso me gusta.

No soy amante de rutinas faciales imposibles ni visito a Natalia más de tres o cuatro veces al año.

Pero uso buena ropa, perfumes de primeras marcas y cuido, mucho, lo que como.

Ha pasado casi una hora desde mi llegada. Tomo otra copa. El mismo camarero me ofrece una breve conversación. Sonrío. Entiende que no quiero hablar y se retira.

Miro la hora en el teléfono. Empiezo a sentirme estúpida. Estúpida y culpable por estar aquí. Exhalo y niego levemente con la cabeza.

—¿Es aficionada al arte bizantino?

—¿Cómo? ¿Perdone? —Distraída en mis pensamientos, no veo venir a la mujer que me ofrece conversación.

—¿Que si es aficionada al arte bizantino?

Dudo qué responder y caigo en la cuenta de que no me he preparado una excusa que encaje con mi presencia.

—Bueno —digo finalmente, moviendo la copa—, al arte en general. Me gusta observarlo. No soy ninguna experta, pero disfruto viéndolo.

—La entiendo. —Me sonríe, sincera—. Me llamo Mercedes, encantada. —Agito la cabeza en un saludo amable—. Soy profesora de Arte en la facultad y me gusta acudir a las inauguraciones.

—Anna, mucho gusto. Soy auditora de finanzas —encojo los hombros—; no entiendo de arte, pero tengo un cliente cerca y descubrí esta galería hace unas semanas, y... me llamó la atención.

—Es la magia que albergan estas obras. —Señala, copa en mano, un mosaico dorado con una figura de Jesús—.

Tienen tantos siglos y siguen manteniendo, más si cabe, esa fuerza misteriosa y un poco ruda que las caracteriza.

El arte bizantino, sobre todo este traído de Armenia, fue muy castigado.

Las pocas obras que tenemos la suerte de poder disfrutar son un auténtico lujo.

—¿Le gusta este tipo de arte? —pregunto tratando de corresponderle, me siento cómoda en esta conversación.

—Sí, mucho. Y cuando supe de esta colección en concreto, tan buscada y tan poco vista, no dudé en pagar mi entrada.

—Pues vamos a disfrutarla —digo, alzando mi copa.

Me responde simpática, amable, e imita el gesto.

Esta mujer, de cabello cobrizo, rizado, ojos color miel y aspecto un tanto extremo, me gusta.

No se parece a nadie con quien suela hablar en mi día a día.

Es abierta, auténtica, emite lo que muchos tildarían de «luz» o «energía luminosa».

Sí, no entiendo sobre espiritualidad, pero esta persona desprende una especie de halo y, sin conocerla, sería capaz abrirme a ella, llorar en su hombro y contarle que estoy aquí porque soy una mujer acomodada, egoísta y malcriada que, no contenta con una vida perfecta, anda buscando algo que le falta y que no sabe qué es, aun a riesgo de poner en peligro su matrimonio y su estabilidad.

Pero no lo hago. Sonrío y le digo que ha sido un placer conocernos.

Alguien la llama y nos despedimos.

—Mercedes, me ha encantado charlar contigo.

—Igualmente, Anna. Un placer.

Es hora de irse. Curiosamente, haber aprendido un poco sobre arte y charlado un rato, haber salido de casa sin dar explicaciones de qué hago o dejo de hacer, me ha cambiado a mejor el ánimo. No era el propósito, o al menos no el único, pero me voy más satisfecha de lo esperado.

Aunque mi fantasía de volver a verlo no se haya materializado.

Dejo la copa vacía y me dirijo al guardarropa. Entrego el resguardo a la chica de ojos color hielo y espero.

Entonces se abre la puerta que da a la calle. El tiempo se detiene de nuevo. Como si se pusiera en pausa por un ínfimo instante infinito que me avisa que, tras ese cristal, está mi destino.

Es él. Es Víctor.

Alza la mirada con la mano aún en el picaporte y sus ojos se cruzan con los míos.

Nos miramos. No distingo reacción alguna en su rostro, pero sé que me ha reconocido.

El corazón se me acelera. La chica de los ojos de hielo me tiende mi chaqueta mientras, con una amplia sonrisa, saluda a quien parece conocer muy bien.

— Priviet , Víctor —dice.

— Priviet, Nina.

«Nina». Así se llama la joven, tersa y preciosa a la que odio desde que la he visto, porque aún no he entendido que a las mujeres no hay que odiarlas, sino apoyarlas. Esa lección llegará más tarde. Aún no me toca.

Me coloco la chaqueta. Siento su mirada todavía ahí, clavada en algún punto entre mi nuca y el borde del abrigo.

—¿Ya se marcha? —pregunta entonces. Su voz suena grave, limpia, sin rastro de coquetería.

—Sí —respondo, con una seguridad que intuyo fruto del champán rosado—. Es hora de irme.

—Qué pena —dice simplemente. No sonríe. No vende nada. Solo lo verbaliza.

Asiento, sin saber muy bien qué contestar. Me giro un poco hacia la puerta. Podría marcharme ahora mismo. Podría.

—Iba a servirme una copa —añade—. Si le apetece acompañarme, será un placer.

No hay brillo de promesa en sus ojos, ni tonito ensayado. Es una invitación seca, casi formal, y precisamente por eso me desarma. Dudo dos segundos largos. Pienso en Sergio dormido, en Pablo, en la excusa que me he inventado para estar aquí. Pienso en la serpiente, en cómo se enrosca y aprieta.

—Una copa —digo al fin—. Solo una.

Nina interviene:

—¿Le guardo el abrigo a la señora, Víctor?

—No será necesario —contesta él, sin mirarla—. Si le molesta, déjelo en el mostrador de Vladimir. Nadie se lo llevará. —Respondo con un «está bien» a su propuesta.

Se adentra en la galería y yo camino a su lado. Me siento nerviosa, sí, pero también extrañamente segura de mí misma, como si este terreno, totalmente nuevo, tuviera un pavimento hecho a la medida exacta de mis pasos.