Toda mi culpa no es Capítulo 6
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Capítulo 6

S é que no debo. Pero un veneno dulce y excitante recorre mi cuerpo, enroscándose como una serpiente que despierta en mí unas ganas feroces de hacer lo que me plazca.

No sé quién anda gobernando mi cordura. Ni me interesa, porque hacía demasiado que no paladeaba esta libertad interior que te otorga el ser egoísta y pensar un poquito más en ti.

Sin miedo.

Sin culpa.

Por primera vez en mucho tiempo, sin culpa.

Me zambullo en el portátil cuando todos duermen.

Entro en la web que indica la tarjeta. No hay rastro de él.

Cuadros, figuras, fotos del local y fechas de próximos eventos: «Si deseas formar parte de nuestro cóctel-inauguración de la nueva exposición de arte bizantino, haz clic en el siguiente enlace y apúntate.

Te esperamos. Pasaremos un rato agradable, rodeados de pura belleza».

Salgo y regreso al buscador. Tecleo una sucesión de palabras que deseo que me lleven adonde quiero llegar. Hasta su nombre. Hasta él.

Tras varios resultados que me conducen a puntos ciegos, por fin lo encuentro: Víctor de Haro Sargisyan. Marchante de arte internacional. Apellidos español y extranjero. Armenio, imagino.

No tiene redes sociales, o al menos yo no las localizo.

Busco entre las imágenes que me ofrece Google.

Ahí está. Foto de fiesta de inicio de temporada en una galería de Madrid.

Es él, sin duda. Su altura y porte en ese traje gris que pareciera hecho a medida.

Barba de pocos días. Pelo castaño, por encima de los hombros.

Ojos profundos. Como un mar bravío. Como el abismo.

Si él aparece en esta foto, si está en Barcelona aún, si pronto habrá un cóctel en la galería de la calle París... ato cabos y deduzco lo que deseo sea cierto.

Vuelvo a la web. Clico en el enlace y pago la entrada del cóctel-inauguración que ofrecen.

Me he vuelto loca. De nuevo la serpiente se enrosca y me hace cosquillas en el centro de mi ser.

Tengo una cita. Conmigo misma. Con una fantasía.

Con un hacer algo incorrecto que no derivará en nada malo, porque me conozco (o eso creo) y sé que solo asistiré para mirar y tomar una copa.

Esto no pienso contárselo a nadie. Será mi secreto.

Sacudo la cabeza y me río de mí misma y esta extraña yo que ha poseído mi piel.

Tengo pocos días para inventar una excusa que cubra mi ausencia un viernes por la tarde-noche. No hay problema. Sabré hacerlo y dudo que les importe demasiado que mamá no esté si la cena queda resuelta.

Recorto la foto con la herramienta del escritorio. Me la envío al correo. La abro ya en la cama; lo miro. Miro a Sergio. Duerme plácidamente, ajeno a las locuras que, en silencio, anda cometiendo su esposa.

«Solo es una fantasía», me digo. «No estás haciendo daño a nadie. Tampoco engañando. Solo quieres aprender más de arte y pasar un rato».

Este tipo de charlas internas no son nuevas: son una constante intermitente en mi vida que anda activa hace unos meses y sabe robarme el sueño.

Hoy no consigo conciliarlo hasta pasadas las tres de la madrugada.

No sé qué me pasa. No sé qué diantres me está sucediendo, pero algo le ocurre a mi cuerpo, a mi mente.

A todo mi ser. Y, lejos de importarme, afronto esta nueva yo como quien vive una nueva adolescencia, pero esta vez con la experiencia de saber lo que es una travesía vital de este calibre.

Pablo es mi vida entera. Todo mi mundo gira en torno a un eje regido por él. Desde que nació e incluso antes, ya era así: su bienestar, su educación, su felicidad.

La causa de este vacío que siento hace meses es mía.

No puedo reprocharle que se haga mayor. Que me evite y ya no sea su chica favorita.

No es justo que me enfade porque ya no soy quien lo arropa, le corta la carne a trocitos o por esa nueva moda de burlarse irónicamente de mí y de mi anticuada forma de entender el mundo, la música y la jerga.

Con Sergio es distinto. Comparten aficiones y mi marido tiene el don de conectar con quien quiera, incluso con un adolescente. Yo, cuando los veo juntos, soy dichosa: mi hijo es feliz, elegí al mejor padre.

Pero siento un irremediable vacío que desconozco a qué atiende, de dónde viene ni a dónde me dirige. Una mezcla que aúna la recuperación de una libertad perdida con la llegada de la maternidad y un vacío existencial que me sitúa en un limbo emocional desgarrador.

Entro en una nueva temporada de mi vida para la que nadie me ha preparado.

Fui criada para ser madre, esposa y atender a todos.

Eso hice. Pero ahora, mi hijo ya no cuelga de mi pecho.

Y esta fase, en la que no soy una señora mayor pero tampoco una mujer fértil en plena creación de una familia, me desubica; y me está cambiando.

Las opiniones ajenas han tomado una dimensión casi inexistente para mí. Analizo, sobre todo en las noches de parloteo interior, cómo trivializo aquello que antes era una montaña y cuánto de mí he dado a los demás sin esperar nunca nada a cambio.

Un velo ha caído y el egoísmo, el ponerme por delante, ha ganado posiciones.

Mi esposo y mi hijo se quejan sin pudor de mi cambio de actitud, de mi pasotismo, como dicen ellos en tono jocoso y cómplice. Los miro. Me da igual.

Hace tanto tanto que no me priorizo, que comprar esta entrada es una declaración de intenciones. Buscar a Víctor, un acto de rebeldía. Soñar que me recorre el cuerpo entero sin dejar un solo rincón por explorar, un deseo que no quiero acallar.