Toda mi culpa no es Capítulo 5
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Capítulo 5

Juan se sentía tan cansado como emocionado.

Era el primer viaje serio que le encomendaban desde el periódico para el que trabajaba.

España, recién salida de la dictadura, vivía un extraño entusiasmo: florecían partidos, asociaciones, grupos que durante demasiado tiempo habían callado a golpe de miedo.

Juan había sido uno de ellos. Comunista convencido y admirador a distancia del régimen soviético, empezó colaborando con pequeños artículos en un diario afín al pensamiento de izquierdas, Avint .

Tras dos años demostrando lealtad y oficio, le habían confiado la que sería, sin él saberlo todavía, la aventura más importante de su vida: recorrer varios pueblos del interior de la Unión Soviética, escuchar a su gente, escribir sobre su manera de vivir.

El primer destino tenía nombre propio: Armenia.

Allí, una joven maestra llamada Narine, con la que había acordado por carta entrevistarse, estaba a punto de convertirse, sin sospecharlo, en mucho más que una fuente para sus crónicas.

Las ganas de iniciar su periplo por la Unión Soviética hacían mucho más llevadero el dolor de un cuerpo magullado por tantas horas de avión.

Al bajar por la escalerilla, el aire helado le golpeó la cara.

Armenia se le ofrecía por primera vez: un idioma desconocido alrededor, anuncios en un alfabeto que no sabía descifrar y un olor distinto en el aire.

Una vieja furgoneta soviética, de chapa abollada y asientos duros, lo condujo durante kilómetros por una carretera silenciosa hasta Vagharshapat, en la llanura del Ararat. Allí lo esperaba la casa de la señora María y su hija Narine.

A la lumbre de una hoguera necesaria, con un café caliente entre las manos y la amable sonrisa de su anfitriona, Juan empezó a sentir cómo el cansancio cedía un poco.

Narine, en un francés casi perfecto que había aprendido siendo aún niña, le explicó que su madre no tardaría en regresar de sus tareas en la iglesia.

La religión, susurró, estaba mal vista por las autoridades y muchos templos vivían medio abandonados, pero su madre se empeñaba en acudir cada día a limpiarlos, encender velas, cuidar lo que quedaba.

Juan imaginó a la mujer recorriendo naves frías, ordenando bancos, sacando brillo a iconos que nadie parecía mirar.

Aun siendo comunista y, con ello, laico, sabía que Armenia había sido uno de los primeros pueblos en adoptar el cristianismo.

Inevitablemente, en el ADN de su gente quedaban huellas de la fe en Jesús.

Lo que Juan desconocía entonces era que en esos recados silenciosos había algo más que devoción: un vínculo con un arte antiguo que acabaría marcando el destino de todos.

Cuando la señora María llegó, se sacudió la nieve del pañuelo, se acomodó en una silla junto al fuego y lo saludó con una mezcla de timidez y curiosidad.

Juan hablaba francés y chapurreaba ruso.

Narine tradujo, haciendo de enlace entre los tres: acordaron verse un rato cada día, durante unas semanas, para que él pudiera escuchar su historia y tomar notas para sus crónicas.

La anciana añadió que lo llevaría a pasear por el pueblo, a enseñarle las iglesias y los alrededores, y que se sentía muy feliz —esto lo subrayó con una sonrisa franca— de que un forastero de un país tan lejano hubiera decidido escribir sobre ellas.