Toda mi culpa no es Capítulo 4
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Capítulo 4

R eviso la agenda en mi iPhone y compruebo que hoy, mientras hago tiempo para recoger a Pablo de sus clases de rugby , tengo hora con mi fisio. Lo había olvidado, pero lejos de cancelarlo, me alegro. Me vendrá bien. Tengo cargadas las cervicales, y las manos de Núria siempre son una bendición.

Repaso ahora el correo junto a este primer café del día, que sin duda es el que mejor sabe de todos.

Sergio se marchó hace un rato. Los días que tiene consultas externas por la tarde le gusta pasarse por el gimnasio antes de entrar en el CAP.

Sergio no perdona su hora de deporte. Tiene la suerte de poder ir andando y se organiza muy bien la semana para atenderlo todo: centro de salud, consulta privada, gimnasio, hogar.

Yo lo intento, pero no estoy hecha para los centros deportivos.

Como mucho, algo de pilates en casa, poco más.

—Vamos, Pablo, date prisa; si no, no vamos a llegar a tiempo al colegio —grito, esperanzada de que me oiga.

Lleva un rato en el baño. Una nueva rutina a la que aún no me acostumbro.

Antes lo peinaba yo y le era indiferente cómo le quedara el flequillo.

Ahora pasa horas ante el espejo para colocarse el pelo exactamente igual que todos sus compañeros de clase.

Bloqueo el teléfono, cojo bolso y chaqueta.

Mientras espero al pie de la escalera a mi hijo, concluyo que hoy me pasaré por la oficina de nuestro nuevo cliente para responderle en persona algunas de sus dudas.

Sé que podría hacerlo con un mail o una llamada, pero es un agradable paseo y —si voy personalmente— resultará más profesional y afianzará nuestra relación, me cuento a mí misma.

—¡Paaaablo! —insisto—, espabila que no llegamos.

Es miércoles. Los miércoles, casi siempre se me olvida, tenemos fruta fresca y gratuita en la oficina.

Aun así, me he traído un sándwich de pavo.

Pero pienso fugazmente en los cruasanes de mantequilla.

Sonrío al hacerlo. Una sonrisa que solo comprende una parte de mí misma a la que no pienso dar crédito.

Descarto la idea. No entraré en los tejanos que me pongo habitualmente los sábados si sigo acumulando calorías vacías. Y no quiero no caber.

Después de la reunión con el cliente, resuelta de forma sencilla, rápida y con el agradecimiento a mi visita por su parte, salgo al vestíbulo colocándome el bolso y satisfecha por haber ido.

Pienso en que podría volver directamente a la oficina, comer mi sándwich delante del ordenador y contestar correos pendientes. Podría.

En lugar de eso, empujo la puerta de la calle y digo para mis adentros: «Si hace falta, me compraré otros tejanos». Giro en dirección a la panadería de la esquina. La que enlaza con la calle París. La que, al salir, tiene cerca «aquella» galería de arte.

Compro dos cruasanes. Están recién hechos y huelen muy bien. Camino despacio. Saboreando este placer solo mío que no pienso compartir ni contar. El escaparate me espera unos metros más allá, con sus focos blancos y sus marcos dorados.

Debería seguir recto. Hacer como si no hubiera visto nunca esa puerta roja de la que cuelga una campanita antigua que probablemente tintinee al abrir. Mis pasos se detienen justo frente al cristal.

No me escucho.

Entro.

Dentro huele a pintura reciente y a colonia suave.

El espacio es más amplio de lo que parecía desde fuera: paredes blancas, luz dirigida, silencio.

En el fondo, un hombre alto, delgado, de piel muy clara y traje oscuro revisa unos papeles apoyados en un mostrador.

Levanta la vista en cuanto oye la puerta.

—Buenos días —dice, con una sonrisa educada y un acento que no logro reconocer—. Pase, por favor.

—Solo estaba curioseando —murmuro—. He pasado por delante varias veces y... —me justifico, siempre me justifico cual chiquilla.

—Para eso estamos —responde, saliendo de detrás del mostrador. Es castaño, de ojos claros y movimientos suaves. Intuyo que no debe tener más de treinta o treinta y pocos años—. Si tiene cualquier pregunta, dígame.

Me acerco a la primera pared. Cuadros pequeños, fondos dorados, figuras alargadas, miradas serias.

Leo una cartela: «Escuela de Anatolia. Siglo XIV».

Otra: «Icono bizantino. Virgen con Niño».

No entiendo de arte, pero no puedo dejar de mirar esos cuadros.

Hay algo hipnótico en ese oro viejo, en esas manos rígidas que sostienen cruces y libros.

—Son armenios —explica el hombre, situándose a mi lado, sin invadir—. Bueno, armenios y de otras zonas del antiguo Imperio bizantino. Tenemos un marchante de arte que nos proporciona piezas medievales exquisitas.

—Qué interesante, son preciosos —respondo, y sé que suena hueco, porque no tengo ni idea, pero el dorado de esos cuadros me fascina.

—El arte medieval impregnado de motivos religiosos suele causar esa sensación —añade, con una sonrisa leve—. No hace falta saber mucho, basta con dejarse llevar.

Asiento, sin apartar la vista.

La puerta se abre de nuevo. Oigo el tintineo de la campana y un paso decidido adentrándose. El hombre que tengo al lado se gira.

—Víctor —lo saluda, con una familiaridad alegre—. Justo estábamos mirando tus últimas adquisiciones.

Me vuelvo. Es él. El hombre de la calle París.

Se queda quieto un segundo, como si no esperara encontrarme allí. Nuestras miradas se cruzan. Esta vez no puedo fingir, y simplemente sonrío con educación.

—Él es Víctor, nuestro marchante de arte —continúa el chico delgado—. Víctor, esta es...

—Anna —acierto a decir, antes de que nadie me pregunte—. Encantada.

Le tiendo la mano.

—Igualmente —responde. Sus dedos rozan los míos apenas un instante. Su voz es más grave de lo que imaginaba. Luego se vuelve hacia el otro, como si nada—. ¿Cómo vamos con el montaje?

Se ponen a hablar de envíos, seguros, fechas. Yo me retiro hacia otro lado, sin saber bien qué hacer con mi cuerpo y mi presencia. Durante unos segundos siento que sobro. Me ha parecido un maleducado y no entiendo por qué su actitud me molesta tanto. ¡Qué demonios hago ahí!

Cuando me dirijo hacia la salida como la única opción digna que siento que tengo, el chico delgado me detiene con una amabilidad impecable.

—Ah, antes de que se vaya —dice, y busca algo en el mostrador—. Tenga una tarjeta nuestra, por si quiere ver más cosas en la web o venir a alguna inauguración.

—Gracias —respondo, guardándola en el bolsillo interior de la chaqueta.

Estoy a punto de empujar la puerta cuando oigo su voz.

—¿Le gusta?

Me giro, dudando si se dirige a mí.

—¿Perdón?

Víctor señala con un leve gesto de la barbilla el icono dorado que todavía tengo a la altura de la vista.

—El arte bizantino —aclara—. ¿Le gusta?

—No lo sé —respondo, con más sinceridad de la que esperaba—. No entiendo mucho de arte. Pero vi su galería el otro día y me llamó la atención.

—La galería no es mía —dice, casi como una corrección—. Yo solo proporciono obras.

—Bueno, bueno... —interviene el chico delgado, con una risita suave—. No es suya porque no quiere. Víctor es el mejor marchante de arte de la ciudad, y me quedo corto.

—No exageres, Vladimir —replica él, sin sonreír del todo.

—Es medio armenio —continúa el joven, ignorando la advertencia—. Su padre es español y su madre de un pueblecito cerca de Ereván. Gracias a él tenemos algunas de las mejores piezas medievales. Estamos encantados contigo, lo sabes.

—No es necesario que cuentes mi vida privada —lo corta Víctor, esta vez sí con un tono más serio.

—Lo siento —se disculpa Vladimir, bajando la voz.

—Ha sido un placer —digo, queriendo aliviar la tensión y, al mismo tiempo, poner fin a la escena.

—Igualmente —responde Víctor.

Durante un segundo que se me hace más largo de lo razonable, nos miramos en silencio. Hay un brillo reconocible en sus ojos que no sé nombrar.

Salgo a la calle y miro la tarjeta. La aprieto con la mano.

El aire me golpea la cara. Siento una corriente que me recorre y me atraviesa entera, una mezcla de vértigo y lucidez.

Me la guardo de nuevo en el bolsillo de la chaqueta como quien esconde una prueba que no quiere perder ni compartir.

Se me escapa una sonrisa. Y acelero el ritmo de mi paso. Debo volver a mi oficina.

El resto de mi miércoles de fruta fresca y gratuita queda envuelto en una inoportuna neblina mental que ni las manos de Núria, mi fisio, consiguen disipar.

Me ajusta las cervicales, masajea los músculos tensos que gobiernan mi espalda y nos reímos de cualquier tontería porque la confianza que tras estos años nos tenemos nos lo permite.

—Afloja esa mandíbula —me dice, sabiendo que, inconscientemente, la tengo apretada aún, echada boca abajo en su camilla—. Vamos, suelta toda esta tensión, cariño. Libérate. Déjate llevar.

Cierro los ojos y creo quedarme dormida durante unos segundos.

El segundo paracetamol de la tarde decide, por fin, hacer efecto. Recojo a Pablo, paso por el súper, preparo la cena y pongo una lavadora de toallas blancas. Mi vida, mi rutina, cabe en esta secuencia de gestos aprendidos.

Organizo los bocadillos y la ropa que todos usaremos mañana.

La dejo donde siempre: en la repisa del cuarto contiguo al de la plancha.

A Pablo le toca gimnasia los jueves. Meto en el bolsillo externo de su mochila una toalla pequeña, jabón y una camiseta de recambio.

Pregunto a mi hijo si necesita ayuda con su tarea.

Dice que no. Aprovecho estos minutos que quedan antes de cenar para dejar la mesa puesta y ojear mis redes sociales.

Sergio ha llegado. Me besa, cariñoso. Ya en la mesa charlamos de cómo ha ido el día, y Pablo nos explica que pronto tendrán una excursión. Están estudiando la época clásica y el colegio los llevará a Empúries el próximo mes. Lo pasarán bien. Estoy segura.

Ellos siguen hablando. Una nueva temporada de su serie favorita está por llegar y lo comentan animadamente.

Los oigo. Los miro. Pero ahora, en este preciso instante, no los escucho.

No los veo con la nitidez habitual. Me encuentro involuntariamente zambullida en mí misma, sumergida en un etéreo lugar con destellos dorados y cartelas que detallan a qué siglo pertenecen las obras.

Puedo sentir el olor de la galería. El tintineo de la campana de la puerta.

Sus pasos. «¿Le gusta?», resuena en mi interior.

—¿Cariño? ¿Tú qué opinas? —Sergio me ha preguntado algo—. ¿Cariño? —insiste.

—Sí, perdona —respondo distraída, volviendo al presente.

—¿En qué piensas? ¿No nos estás escuchando? —me dice con una mueca.

—¡Ya te vale, mamá! Cómo pasas de nosotros —añade mi hijo.

—Perdonad —respondo con voz cansada—. Pensaba en el trabajo. ¿Qué decís?

—Jolín, mamá, no te enteras de nada —agrega, en tono divertido, mi adolescente.

—Estoy cansada y pensaba en el trabajo. —Disimular se me da bien.

—Preguntábamos —repite, en tono conciliador, Sergio— si consideras que es mejor Stranger Things o Breaking Bad .

—Opino que Breaking Bad no es una serie para un chico de catorce años.

—Casi quince, mamá. Tengo casi quince.

—Aun así, no creo que sea buena idea que sigáis viendo esa serie. Sin duda, para ti, señorito, me quedo con Stranger Things .

—Vale, mamá, entendido. —Se miran y se guiñan un ojo entre ellos. Me dejan claro que van a seguir viendo la dichosa serie del químico narcotraficante, diga yo lo que diga—. Pero ¿a ti cuál te gusta más?

—¿A mí? —respondo y miro al infinito—. A mí me gusta Outlander .

Ambos ríen. Se burlan. Finjo enfadarme y les dejo que ellos recojan hoy. Estoy exhausta y quiero echarme un ratito en el sofá antes de irme a la cama.

Esta noche —aún no lo sé— voy a soñar con un hombre de mentón perfecto, pelo suave, castaño, ligeramente largo y ojos oscuros. Con una voz ronca que me susurra palabras prohibidas.

Destellos de arte bizantino.

Sus pasos.

Y con su nombre.

Víctor.

Víctor...

Un nombre que, todavía ni lo imagino, quedará tatuado por siempre en mi piel.