Capítulo 3
L a reunión con el cliente transcurre sin mayor dilación ni más complejidad de la esperada. Quiere verme. Ponerme cara. Es la primera auditoría a su cargo como nuevo mánager de finanzas y siente la necesidad imperiosa de tener cada detalle bajo control.
Me siento en su despacho. Es bonito. Toda la empresa, en sí, está decorada con buen gusto: salas amplias, mucha luz y cristaleras que dejan todo al alcance de la vista.
Su asistente me ofrece un expreso. Lo agradezco.
Salí temprano de casa y hace horas que tomé el último.
Necesito cafeína. Es lunes y el cuerpo aún se siente perezoso.
Lo dejo hablar. Me explica sus objetivos y cómo visiona la evolución del departamento.
Lo animo a que esté tranquilo, que seguramente todo irá bien.
Mi equipo pondrá toda la profesionalidad a su disposición y confiamos en un resultado favorable que dé luz verde a sus grandes ideas, que de seguro aportarán mucho a la compañía.
Intento darle confianza. Ganármelo. Es mi cliente.
Soy su auditora. No es una situación sencilla.
Ellos pagan, pero si no ha hecho bien su trabajo, lo reflejaré en el informe y eso no suele gustar.
La tensión y el miedo que palpo en este tipo de encuentros rezuman una hostilidad que me esfuerzo en mitigar. Necesito que mi cliente confíe en nosotros, que nos llame de nuevo y, si es posible, nos recomiende. Al final, como tanta otra burocracia obligatoria, esto no deja de ser un negocio.
Se relaja. Puedo notarlo. El ritmo de su respiración es más lento.
Ha dejado de acomodarse la corbata, que sé, le molesta.
También su mandíbula, apretada al principio, está más suelta ahora.
Debe de tener unos cincuenta años, tal vez menos.
Atisbo bondad en sus gestos y ganas de que esta primera gran prueba como jefe salga bien.
Le aseguro que volveré la próxima semana para encargarme personalmente de supervisar el trabajo.
Le tiendo mi tarjeta. Sé que tiene mi contacto, pero quiero sepa que, si me necesita, puede localizarme.
No haré nada que mi equipo no sepa hacer, pero, por una absurda razón, eso siempre calma los ánimos.
He venido en metro, quiero volver a pie. Es un paseo y los tenues rayos de sol que regala esta mañana de octubre se me antojan sabrosos. Doblo por calle Córcega con Balmes, sigo hasta París, bajo por Enrique Granados y de allí camino hasta mi oficina, en Diagonal.
Me detengo en una pequeña y elegante panadería cuyos cruasanes de mantequilla en la vitrina captan toda mi atención. Sigo sin prisa. Reservé la mañana para este cliente, cuya reunión ha finalizado antes de lo previsto, y me regalo este paseo de primavera y dulces calentitos.
Soy buena en mi trabajo, pienso mientras doy el primer mordisco.
A veces me pregunto si no es lo único en lo que lo soy.
Dios mío, están deliciosos. También me pregunto si realmente me gusta tanto mi empleo o si sigo en él porque rellena esa falta de seguridad que sé que me falta en algunos rincones de mí misma.
¿Qué pasaría si me quedara sin trabajo?, me cuestiono a veces. Nada. No pasaría nada. Viviríamos con el sueldo de Sergio y algún amigo suyo me ayudaría a colocarme en el despacho de algún conocido. Sergio es siempre la respuesta. Es mi salvador. Supongo.
Continúo bajando por la calle París con el delicioso sabor de la mantequilla aún en el paladar.
Limpio algunas migas atrevidas que quieren quedarse en mi solapa y sonrío pensando que la torpeza comiendo es cosa de familia.
Justo en ese instante, en ese preciso instante en el que ando limpiando mi chaqueta, alzo la vista.
Lo veo.
Camina en dirección contraria por la misma acera.
Vislumbro al principio solo una silueta alta, un abrigo oscuro, abierto por encima de un traje gris bien cortado.
A medida que se acerca, los detalles se tornan nítidos: melena castaña, echada hacia atrás; ojos negros, profundos, penetrantes.
Lleva una camiseta oscura bajo la americana, sin corbata, y las facciones, muy varoniles, son las más bonitas que he visto en mi vida.
Ignoro el porqué, pero siento que mi paso se vuelve más lento, como si el espacio-tiempo se detuviese.
Es una fracción de segundo en la que hasta el movimiento de mi melena parece quedar suspendido en el aire.
Entonces nuestras miradas se cruzan.
Solo es un momento.
Un parpadeo que se alarga.
No sonríe, no hace ningún gesto evidente. Simplemente me mira. Y en ese instante siento una especie de sacudida que no sé ubicar. Aparto la vista con rapidez, finjo mirar a otro lado. Me siento estúpida.
Cuando creo haber recuperado la compostura, me giro con disimulo para observarlo alejarse.
Espalda ancha, firme. Lo veo adentrarse en una galería de arte en esa misma calle.
Justo entonces vuelve la cabeza y me descubre observándolo.
Sostiene mi mirada un instante y esboza una media sonrisa, apenas un gesto, por el que se cuela mi cordura.
Noto el calor ascenderme las mejillas. Giro la cara y acelero el paso, con la respiración alterada, como si acabara de cometer un delito del que debo huir, aunque nadie me juzgará, salvo yo misma.