Toda mi culpa no es Capítulo 2
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Capítulo 2

A Sergio lo conocí en una sencilla fiesta a finales de un marzo cualquiera de hace demasiado tiempo.

Él, con los veintisiete cumplidos, recién había aprobado el MIR y por fin se sentía libre antes de empezar su residencia.

Yo, dos años más joven, trabajaba como contable en una empresa familiar a las afueras de Barcelona.

Fue sencillo, clásico. Unos amigos en común nos presentaron una tarde de domingo en una discoteca de la calle Tuset. Nos gustamos desde la primera noche, casi a gritos, porque aquel estruendo no nos permitía oírnos con claridad.

Entre la música y el humo de los cigarros, que aún se permitían en lugares públicos, aquel joven de ojos claros me habló de su estresante vida en los últimos tiempos, sumergido por completo en el dichoso examen, como si seis años de carrera no lo validaran suficiente para ejercer.

Se acercaba a mi oído y noté su perfume fresco y dulce.

Me gustó. También su sonrisa. Ese mismo perfume lo sigue usando a día de hoy.

Yo le hablé de mis preferencias musicales y de mi interés por aprender francés.

Tomamos piña con ron. Bailamos torpemente las melodías que sonaban entonces en todas las salas de principios de los dos mil.

Hits del momento, himnos de otros tiempos, mientras intentaba no tropezar con mis propios pies.

Intercambiamos teléfonos. Quedamos el siguiente sábado para ir al cine.

Vimos Una mente maravillosa . Cenamos un bocata en una cadena de comida rápida y hablamos.

Y hablamos. Hablamos durante horas, tantas que la noche entrada nos atrapó entre risas.

Nos despedimos con un largo beso en mi portal y la promesa de llamarnos.

Empezamos a salir. Y, poco después, nos dimos cuenta de que ya no éramos felices si no íbamos de la mano.

Sergio tiene el don de hacerle la vida fácil a quien se cruce en su camino.

Habla templado. No suele enfadarse. Es divertido y, caramba, ¡es médico!

¿Qué chica joven no caería rendida ante un muchacho de ojos azules, rasgos dulces y su inteligencia?

Me cautivó desde el primer momento. Y, si observo la vida con la perspectiva que ahora el tiempo me ha otorgado, sí podría decir que me casé enamorada.

Me casé feliz, me casé con ganas de unirme y de formar una familia junto a mi marido. Y eso hice.

Años después llegó Pablo, nuestro único hijo, y la vida, rutinaria, tranquila, se convirtió en un lugar seguro para los tres, del que jamás me planteé irme.

Poco antes de su nacimiento, conseguí una buena oportunidad laboral. Desde entonces trabajo como supervisora de un equipo de auditores financieros. Ellos viajan, analizan, informan. Yo coordino, reviso y firmo.

No es un trabajo sencillo, pero me gusta. Me da seguridad. Me da control. Supongo que, durante mucho tiempo, eso fue suficiente.

Estudié Económicas casi por descarte. No fui una alumna brillante, pero sí constante. Mi padre me animó a elegir una carrera con futuro, y le hice caso.

Con el tiempo entendí que no se había equivocado.

Mis padres conocieron a Sergio la primera Navidad que pasamos juntos.

Subió a casa en Nochebuena. Trajo un buen vino, un pastel de nata y un detalle para mi madre: un foulard de cachemir en tonos tostados.

Lo adoraron y empezaron a quererlo al instante.

Antonio, mi padre, lo sometió a un tercer grado que superó con nota. A mi madre, la señora Margarita, como la llamó durante años, se la ganó para siempre.

Lo han querido como a un hijo más. Confieso que, en ocasiones, hasta he sentido celos al notar esa admiración no escondida que esbozan ante él.

«Sergio, eres tan listo; Sergio es tan bueno; Sergio es el padre y el marido perfecto.

Qué suerte tienes, Anna, de que Sergio te escogiera.

Qué afortunada esposa de este maravilloso hombre.

Cuánto queremos a nuestro yerno, cuñado, amigo, hermano... ».

—¿Y yo, Sergio? ¿Acaso no soy yo también una suerte o un premio para ti? —le preguntaba muchas noches, volviendo a casa tras algún evento social en el que sentía aquel martilleo.

—Tú no eres un premio para mí —respondía él—.

Eres un regalo del cielo. Esa gente que tanto admira mi carrera y posición y te desvalora sin quererlo, o quizá alguno queriendo —me guiñaba un ojo—, no son más que unos machistas anticuados que no tienen ni idea de que el afortunado de que me escojas cada día soy yo.

Anna, eres todo para mí. Eres mi mundo. Tú y Pablo.

Lograba quitarme el enojo. Mi inseguridad ante lo que él despertaba en otros era evidente y nunca se la escondí. Conseguía calmarme, disipar mis miedos y apartar la obsoleta opinión que el mundo pudiera tener sobre nuestro matrimonio.

Sergio es casi perfecto. Realmente es un buen padre, un buen esposo y un hombre tranquilo y afable que destila paz en cada movimiento.

Ser su compañera no siempre es sencillo, porque sus atributos acentúan mis defectos.

Defectos que él siempre ha visto como virtudes y yo...

yo nunca supe lo que son. No sonrío tanto como él lo hace ni tengo ese don para encandilar al mundo con mi dulzura y saber estar.

Tiendo a ser seca y de poca conversación.

Pero soy trabajadora, buena madre y esposa.

O al menos lo era. Al menos lo fui durante años.

La vida fluía con pequeñeces absurdas, grandes momentos y un hijo creciendo a pasos agigantados.

Trabajos estables.

Una casa preciosa.

Una familia que siempre está.

Durante mucho tiempo creí que no necesitaba nada más.

Me equivocaba.