Toda mi culpa no es Capítulo 1
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Toda mi culpa no es

Toda mi culpa no es

Por Maria Rojo

© inepub.com

Capítulo 1

H e destruido mi matrimonio por un hombre al que conocí una mañana, en una galería de arte, en la calle París.

Me tildan, aquellos que opinan, de comportarme como un río desbordado en una mañana de tormenta.

Nadie reconoce en esta actitud a la mujer que me esforcé por años en ser y mostrar siempre ante el mundo.

Y tienen razón. Esta, la de ahora, no me representa.

Desbocada, desacompasada, loca. Me he transformado en alguien que, por amor, pasión o insensatez, ha conseguido doblegar su mundo hasta hacerlo añicos.

No se atisba ni una sombra de quien siempre fui.

O quizá sí. Quizá Víctor, con su triunfante aparición en mi apacible vida, ha sido el catalizador que una semilla interna, callada, dormida, necesitó para germinar con toda la fuerza del huracán que arrasa.

Sea como fuere, mis sentimientos, más feroces que mi razón, han tomado el control de mi ser.

De mi vida. De cada una de mis decisiones, hasta el punto de destrozarlo todo.

Si echo la vista atrás, no logro descubrir cuál fue exactamente el principio del fin de aquella rutina sagrada y serena que fue puesta en jaque por el deseo. Un deseo que abrió la puerta al oscuro caos del que aún dudo si salí del todo.

Lo sitúo en una sencilla mañana de un simple sábado, repleta de partidos, compra semanal y ropa por lavar. O eso me digo mientras hurgo en la causa que empujó mi mundo hasta lanzarlo a un vacío de redes rotas.

Volvemos a casa en nuestro coche familiar.

Una emisora local narra, casi inaudibles, las noticias de un mundo en guerra.

Me giro y miro a Pablo, absorto en su tablet, zambullido entre vídeos y juegos digitales.

Lo oigo reír con sus auriculares de diadema azules, recién comprados por su catorce cumpleaños. Él es feliz, y eso me basta.

Sergio, mi todavía marido, conduce despacio y prudente, con sus gafas para la presbicia resbalándole por la nariz.

Sus prominentes entradas. Su sonrisa afable.

Me habla de un paciente que esta semana ha vuelto por cuarta vez al centro de salud y valora derivar a psiquiatría.

No le hago mucho caso; me limito a asentir cada cierto rato, fingiendo interés por su paciente.

Vuelvo la vista a la ventana. La voz del locutor de radio, la de Sergio, todo pasa a ser ruido sordo de fondo.

Al otro lado del cristal observo el otoño entrado y un frío tardío que por fin llega a las calles de mi amada Barcelona.

No es que conozca muchas más ciudades; apenas he visitado algún lugar típico de Europa, como Londres o París, siendo aún muy jovencita.

Con Sergio visitamos los fiordos noruegos en la luna de miel.

No tengo demasiados referentes con los que comparar, pero no los necesito.

Sé que mi Barcelona natal es la más maravillosa de las ciudades que nadie pueda abrazar.

Su conexión con el resto del planeta, a través de esa puerta que es el Mediterráneo, le permite aunar el mundo entero en sus calles empedradas del Gótico.

Nací y crecí en esta gloriosa y enigmática reina de reyes, repleta de vida, diversidad, rincones eclécticos, magia y mar. En ella cursé mis estudios, en ella conocí a Sergio, contraje matrimonio y, en ella, establecí mi vida de adulta.

¿Me casé enamorada? No lo sé. Me casé feliz. Ilusionada. Segura de que aquello era un «para siempre» real.

Sergio era mi hogar. Mi refugio ante cualquier tormenta. Pareja, amigo, amante de caricias sencillas y mirada sincera que te invita a volver a él y, sin saber por qué, ya no quieres marcharte.

Llegamos a casa. Sacamos del coche las bolsas de la compra y siento mucho frío en las manos.

Caigo en la cuenta de que no hemos purgado aún la calefacción a pesar de haberlo planeado esta semana, y se lo recuerdo a mi marido.

Resoplo al percatarme de que, tras lo hablado hace unas semanas, tampoco podré encender la chimenea.

Sergio ha instaurado en casa una norma que prohíbe hacer uso de la lumbre, argumentando que la indiscriminada tala de árboles con ese obsoleto fin debería estar prohibida.

Añade además en su discurso, con voz pausada —e irritante—, que la existencia de energías renovables debería ser más que suficiente para calentar los hogares, evitando así más masacres en los bosques. Aceptamos por unanimidad su propuesta.

Ahora, con las manos heladas, me doy cuenta de que debí pelear por vetar semejante idea a este ecologista adorable con el que vivo.

Pablo, nuestro hijo, tratando de buscar la divertida bulla que supone sacar el tema a su padre, y aún con los auriculares colgados del cuello, espeta:

—Mamá, tranquila, con lo que pesan las bolsas entraremos en calor descargando el coche; si no, aún quedan algunos leños que podemos echar en la chimenea esta tarde sin que papá se entere.

Resoplo de nuevo, emito dos carcajadas fingidas y evito caer en su juego. Ese insolente adolescente, con su mordaz humor, sabe bien lo que desatará con su comentario: un buen rato de conversación y discurso promedioambiental del que él no será la víctima, sino yo.

A mí me encantan las chimeneas. El crepitar del fuego. Un vino. Una alfombra blanca, suave y mullida. La ardiente piel de Víctor encendiendo todo mi ser. Acelerando mi pulso. Humedeciéndome el alma.

Entro en casa, ataviada con la compra y sonriendo ante lo sarcástico que puede ser ese tremendo jovencito.

Subo las escaleras que separan el recibidor de la sala principal.

Descargo sobre la enorme isla de mármol que ocupa el centro de la cocina.

Observo la montaña de platos que aún tengo por meter en el lavavajillas.

Respiro hondo y exhalo una gran bocanada de aire.

No sé si por el esfuerzo, por cansancio o por costumbre.

Nos mudamos siendo aún Pablo un bebé. Yo insistí en llevar a cabo una innecesaria reforma que convertiría el lugar de otros en, ahora sí, mi hogar.

Quedó preciosa. Sergio repetía que no eran necesarias tantas obras y cambios, pero aún ahora, tras tantos años, se acerca de vez en cuando a mí, me besa en el pelo y susurra: «Hiciste un gran trabajo, vivimos en el más maravilloso de los lugares».

Mi padre, siempre mi padre, me salva viniendo a purgar los radiadores esta misma tarde.

Las temperaturas, sin previo aviso, han descendido cerca de diez grados y no pelearé por la salvación de unos troncos.

Pero tampoco moriré congelada en mi chalé.

Menos aún este fin de semana, que viene cargado de trabajo atrasado y finalizará con un lunes de obligada reunión con un cliente importante.

Mi santo progenitor, mi consentidor entre consentidores, pone en marcha ese complejo aparato y hoy cenamos calentitos unos macarrones con queso, especialidad del doctor y plato favorito del adolescente.

Contemplo a mi familia alrededor de la mesa y me siento feliz, satisfecha de un modo cómodo.

En ese momento todavía no atisbo, no imagino o no quiero ver, que algo dentro de mí será capaz de arrasar con todo.

De destruir mi hogar, de destruirlos a ellos. De destruirme a mí.