Toda la vida es ahora Capítulo 55 #2
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Capítulo 55 #2

—¿No te atreviste a buscar los anuncios de boda?

¿A buscarme en Internet? —sonrió Vikram y dio un sorbo a su copa de champán—.

Lo entiendo. Aunque debo confesar que yo sí buscaba obsesivamente cualquier mención de tu nombre.

Incluso invité a Hana y a Chris al estreno de la película en Londres solo para tener noticias tuyas.

Dudé. ¿Por qué Hana no me lo había dicho?

—Nunca vinieron —añadió Vikram de inmediato—. Hana dijo que estaba muy ocupada y declinó de forma educada en nombre de ambos. Supuse que tal vez quería demostrarte su lealtad manteniendo la distancia conmigo.

Claro que era un acto de lealtad.

Imaginé que Hana intuía que yo seguía destrozada por dentro y por eso, a su manera, había querido que yo viera en qué se había convertido Vikram.

Que en el matrimonio fracasado que mostraba la película vislumbrara, plasmada de una manera artística, la posibilidad de su arrepentimiento. ¿Lo supo todo el tiempo?

—En ese momento, no podía sospechar que esa invitación sería la última vez que estaríamos en contacto —continuó Vikram—. No podía creerlo cuando me enteré de la noticia. No tenía ni idea de lo que estaba viviendo.

—Ninguno de nosotros lo sabía —suspiré—. Pero creo que ese era el punto. No quería llamar la atención. Quizás fue la única vez que no quiso llamar la atención.

Los dos nos reímos.

—¿Sabes? Me colé en la parte de atrás de la iglesia durante el funeral —dijo Vikram—. No me quedé mucho tiempo. Quería ofrecer mis respetos, pero sentía que me entrometía en algo en lo que no debía participar. Además —tragó saliva—, no quería arriesgarme a verte. No estaba preparado.

Recordé haber creído que mi mente me estaba jugando una mala pasada cuando vi una figura delgada parecida a él deslizarse por las puertas de la iglesia.

De verdad había estado allí.

—¿Qué fue de Chris? —continuó Vikram—. Escuché que lo afectó muchísimo.

—Sí. Fueron unos años bastante duros para él. Trabajó, viajó. Pero creo que puede que haya vuelto a encontrar el amor —sonreí con suavidad.

—i Qué maravilla! —exclamó Vikram y extendió una mano hacia la cesta de pan en el centro de la mesa—. ¿Una bonita joven de Costa de Marfil? ¿O de Bélgica, para hacer feliz a mamá?

—De Carolina del Norte, en realidad. De Elk River.

Vikram empezó a sonreír y, de repente, vi cómo se le transformaba el rostro al darse cuenta.

—¿Hablas en serio?

El color se le fue de las mejillas.

—Por supuesto —dije y di un último sorbo a mi copa de champán antes de dejarla sobre la mesa con más fuerza de la que esperaba.

—¿Cuándo? ¿Cómo? —balbuceó Vikram—. ¿Fue antes de. . .? Quiero decir. . . —Lo observé mientras luchaba por articular una frase.

—Solo. . . sucedió —respondí—. No nos habíamos conocido de forma independiente.

Pero supongo que el dolor tiene una curiosa forma de unir a las personas.

Cuando la intensidad del shock comenzó a disminuir y el polvo empezó a disiparse, frente a mí quedó una persona completamente nueva, una a la que nunca había tenido la oportunidad de conocer o de ver en su justa dimensión.

—Pero Lily, ¿cómo pudiste. . .?

—¿Cómo pude qué? —lo desafié; mi actitud defensiva le ganó a mi contención.

Sabía que salir con el ex de mi mejor amiga no era algo propio de las novelas románticas. Quizás le parecía reprochable desde el punto de vista moral a alguien que no conocía la petición personal que nos había hecho Hana de redefinir el «hogar» a partir del cuidado mutuo, de la libertad infinita.

Pero Vikram conocía a Hana.

Y me conocía a mí.

—Es que. . . —Vikram luchaba por articular sus pensamientos.

—¿Qué? —exigí, sorprendida por la dureza de mi voz—. ¡No estabas allí! ¡Me abandonaste! —grité y golpeé la mesa con la palma de la mano abierta, haciendo que el tenedor y el cuchillo se sacudieran en mi plato vacío.

Ahí estaba.

La ira que había reprimido durante tanto tiempo.

Vikram bajó la mirada hacia su regazo, donde tenía las manos cruzadas e inmóviles.

¿Era una lágrima lo que veía formarse en el rabillo de su ojo?

—¿Por qué no esperaste? —murmuró Vikram y la emoción hizo que temblara su voz; el agotamiento, puro y sentido, se hacía notar.

—¿Esperar qué, Vikram?

—Esperarme a mí, Lily —levantó la mirada—. ¿Por qué no me esperaste?

Nos quedamos en silencio.

Mi corazón latía con fuerza, mi pecho se elevaba con cada exhalación agitada.

El camarero se acercó para tomar nota, pero después de echar un vistazo a nuestras caras, regresó a la cocina. Los pequeños aperitivos que habíamos pedido una hora antes se habían enfriado.

—Ni siquiera sé por dónde empezar. . . —dije—. ¿Qué hago ahora con lo que me dices, Vikram?

—Tú eres la razón por la que estoy aquí, Lily. Quiero empezar de nuevo. Eso es lo que he venido a decirte.

Lo miré impasible, incapaz de encontrar las palabras.

—¿Perdón? —logré decir—. ¿Por qué ahora? Esa es la parte que no entiendo, Vikram. ¿Qué te ha hecho alzar la mirada hoy y decidir de repente aprovechar el puto momento?

—¡Todo, Lily! —gritó y alzó la voz por primera vez—.

Cuando murió mi padre, supe que no podía seguir envejeciendo sin felicidad, solo para caer muerto en mi escritorio a los sesenta y cinco años.

Esa no es la vida que quiero. No es la vida que me merezco.

Y no es la vida por la que he trabajado. . .

—Pero tú tomaste esas decisiones —le espeté—. Tú la elegiste a ella.

Ahí estaba.

Mi corazón latía con fuerza. Lo miré, sin pestañear; esperaba una respuesta.

—Sí, bueno, elegir pareja es un poco como elegir un asiento en el tren, ¿no?

—Vikram me devolvió la mirada, con una profunda tristeza en sus ojos atormentados—.

Todo el mundo va en la misma dirección y, en algún momento, tienes que sentarte.

Te sientas en un puesto libre y, con suerte, junto al pasajero más simpático que ves en ese momento, en ese vagón. Y te comprometes.

—Qué romántico —me burlé.

—A ver, ¿qué quieres de mí, Lily? Esa es la verdad.

Y no olvides que el único modelo de matrimonio que he conocido es el concertado.

Carajo, ni siquiera me di cuenta de que tenía otra opción hasta los veintitrés años.

Y en ese momento, pensé que tal vez había dos mujeres con las que podría pasar el resto de mis días: tú y Radhika.

Con ella, podía anticipar cómo sería la vida, cómo encajaría en mi estructura.

Era segura y predecible. Pero al final no pude hacerlo, porque. . .

—¿Porque qué, Vikram?

—¡Por ti! —gritó.

Vikram soltó un profundo suspiro de frustración y se pasó los dedos por el pelo.

—Escucha, no puedo sacarte de mi cabeza, Lily Walker.

Nunca me he sentido más vivo que cuando estábamos juntos, cuando paseábamos en la noche desde la biblioteca o cuando bailamos bajo las estrellas en la boda de Hana.

Entonces no tuve el valor de imaginar una vida menos prescriptiva, menos coreografiada.

Estaba demasiado asustado. Y aunque entonces fui muy cobarde, ya no puedo seguir viviendo así.

No puedo sobrevivir así, en mundos separados.

Quiero recuperar la historia que nos pertenece por derecho y terminar de escribirla.

Nos lo debemos a nosotros mismos. Nunca he vuelto a sentir esa misma magia, esa chispa, con nadie más desde entonces. ¿Y tú?

Vikram extendió la mano hacia mí al otro lado de la mesa.

Quería moverla. Sabía que debía hacerlo.

Pero no pude.

Me quedé allí sentada, paralizada, con su pregunta flotando entre nosotros.

Dejé que su mano encontrara la mía y nuestros dedos se entrelazaron despacio.

—¿Qué se supone que debo hacer ahora, Vikram?

Llegas tan. . . tarde. Tuvimos una oportunidad hace nueve años en la universidad.

Y luego otra vez en la boda. De hecho, hemos tenido todas las oportunidades para cambiar nuestro destino, para reclamarlo.

Y, sin embargo, aquí estamos, en mundos separados, con nuevas opciones y posibles futuros entre nosotros —suspiré con lágrimas en los ojos—.

¿Por qué no dijiste nada entonces, Vikram?

—¡Lo hice! —se quejó, exasperado—. ¡Lo intenté! ¿No recuerdas cómo lloriqueaba en esa maldita tetería como un tonto?

—Basta, Vikram —dije con sequedad; perdí la paciencia—. No es que te rechazara. Solo tuve el valor de hacer lo que tú no pudiste y de decir lo que tú no dijiste. Nunca me habrías aceptado.

—¿Aceptarte? —Vikram apartó la mirada de nuestras manos entrelazadas y levantó la vista para mirarme—. ¿Por qué dirías algo así?

—¡Porque soy negra! —grité. La pareja de la mesa de al lado se volvió hacia mí y la mujer se sonrojó.

Me moví incómoda en mi silla, percatándome entonces del volumen de mi voz.

Cuando levanté la vista, Vikram seguía mirándome fijo.

—Dios mío —dijo con voz débil—. Lily, ¿eso es lo que pensabas?

Los dos nos quedamos en silencio. Me quedé allí sentada, inmóvil, tratando de descifrar la mirada de sus ojos.

¿Era la primera vez que Vikram pensaba en eso? ¿Que se veía obligado a afrontar la realidad de la raza y el abismo que eso creaba entre nosotros?

La conmoción en su rostro parecía inequívoca, genuina, y su total asombro me tomó por sorpresa.

—Sí, Vikram. ¿Todas esas veces que hablaste de tu familia?

¿Los planes para la boda de tu hermano? ¿El orgullo de tu madre por organizar la boda india perfecta con la novia india perfecta?

¿Qué crees que estaba diciendo ella en realidad?

¿Y qué crees que escuchaba yo? No podía cumplirle ese sueño a ella y mucho menos a ti.

—¡Pero yo no necesitaba ese sueño, Lily!

—¡Sí que lo necesitabas! —lo espeté con los ojos encendidos—.

¡No solo lo necesitabas, Vikram, lo elegiste!

—Una risa seca escapó de mis labios—. ¿No es eso lo que está detrás de todo esto?

¿El hecho de que lo necesitabas tanto que arruinaste tu propia vida por ello?

Y ahora estás molesto por el precio que tuviste que pagar.