Toda la vida es ahora Capítulo 55
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Capítulo 55

M i corazón dio un vuelco.

En realidad, latía a toda velocidad.

Vikram y yo caminamos en silencio por Farringdon Road hasta detenernos ante un letrero borgoña con letras blancas que colgaba de una barra de hierro ornamentada: Bouchon Racine.

Un restaurante francés.

Vikram sujetó la puerta y yo me deslicé a su lado hacia el vestíbulo. El restaurante era encantador, un acogedor bistró con suficiente actividad como para saber que la comida era buena y, a la vez, tan tranquilo como para procurarnos intimidad.

—Buenas noches, monsieur —nos saludó el maítre —. ¿Tienen reserva?

—Sí —respondió Vikram—. Desai. Mesa para dos.

Mis ojos se abrieron como platos.

¿Había hecho una reserva? ¿Había dado por sentado que yo diría que sí? ¿Cuánto tiempo llevaba planeando esta pequeña emboscada?

—Por aquí, s’il vous plait —dijo el anfitrión con cordialidad y nos acompañó a una mesa en el fondo del restaurante, situada entre una chimenea y una pared de ladrillos al desnudo.

Conté los pasos mientras lo seguía, tratando de calmar mis nervios. ¿De verdad estaba a punto de compartir la mesa con el hombre que tanto tiempo atrás me había robado el corazón para dejarme sola y llorando en la bañera?

Vikram apartó mi silla cuando llegamos a la mesa. Me senté y esperé a que él tomara asiento.

El camarero comenzó a servir dos vasos de agua.

Vikram extendió la mano.

—Con gas, por favor —dijo con una sonrisa—. Y unas rodajas de limón aparte.

Recordaba mi pedido.

—Sí, monsieur, enseguida —asintió el camarero y se alejó a paso rápido hacia la cocina.

Por fin a solas, Vikram se inclinó hacia delante y apoyó ambos codos en el borde de la mesa.

Me miró fijo durante lo que me pareció una eternidad.

Ninguno de los dos dijo ni una palabra, atrapados en un tira y afloja de pensamientos tácitos, con un silencio cargado de significado, que decía más de lo que nosotros jamás pudimos.

Y, tal vez, más de lo que jamás dijimos.

—Y entonces, señorita Walker —dijo al fin Vikram con un profundo suspiro—. ¿Por dónde empezamos?

—Yo diría que por el principio —respondí, tratando de que mi amargura no me traicionara. Podía sentir el dolor que brotaba, los fragmentos de recuerdos que se agolpaban dentro, después de tantos años de quietud.

De silencio.

—¿Cómo supiste que estaba aquí? —pregunté.

—El Club de Harvard —dijo Vikram con simpleza y siguió porque pudo anticipar mi próxima pregunta—. Tienen una asociación con la London School of Economics. Cada mes envían una lista de ponentes destacados a los correos de exalumnos. No hace falta decir que me sorprendió ver tu nombre.

—¿Por qué te sorprendió? —pregunté a la defensiva.

—Quizás «me complació» sería una forma más adecuada de decirlo —corrigió y agarró el vaso de agua con gas que había aparecido de repente en nuestra mesa—. Me sorprendió saberte de este lado del charco, no tu éxito, para nada.

Vikram pasó los dedos por el mantel bordado.

—Lo has conseguido, Lily. Has hecho todo lo que dijiste que harías.

Vikram sonrió y me miró con una ternura, con una complicidad, que solo podía describirse como orgullo. Él sabía mejor que nadie lo mucho que había deseado este futuro.

Este presente.

Podía sentir su mirada recorriendo mi cuerpo.

Me recosté en la silla y dejé que me observara.

Quería que viera en lo que me había convertido, lo que había perdido.

Mis característicos rizos estaban recogidos en un moño bajo, con algunos mechones sueltos delineando mi rostro.

No me había vuelto a alisar el pelo desde el funeral de Hana: había decidido que el mundo tendría que aceptar esa señal del espíritu salvaje y libre que llevaba dentro.

Unos pequeños pendientes de perlas adornaban mis orejas; los había comprado en mi primer paseo por la Quinta Avenida cuando me pagaron mi anticipo.

Había perdido mucho peso desde la universidad; el precio de la edad adulta me había despojado de la grasa infantil que antes definía mis caderas y mejillas, y ahora tenía un cuerpo alto y esbelto.

Llevaba un vestido negro de crepé con un cinturón dorado.

Me di cuenta de que a Vikram le gustaba lo que veía.

Esa noche decidí que yo marcaría el ritmo.

—Una copa de prosecco —le pedí al camarero que se había acercado a la mesa.

—Que sea una botella —dijo Vikram con una seguridad que de inmediato me hizo sentir culpable por sentirme atraída por él—. Tenemos un lustro que recuperar.

Me miró por encima de la carta de vinos e hizo el pedido al camarero en un francés tan fluido que habría enorgullecido a Madame Carole. Aproveché cuando le preguntaba al camarero por las dos botellas más caras y su procedencia para echarle un vistazo.

Estaba más guapo que antes.

Era increíble, de verdad.

Esperaba que el tiempo hubiera sido cruel con él y lo hubiera convertido en uno de esos hombres de mediana edad con entradas y un poco de barriga.

Pero, para mi sorpresa, nada más lejos de la realidad.

Este Vikram parecía renovado y fresco, una versión moderna de un clásico.

Tenía el pelo más largo, un poco más corto en los lados, como suelen llevarlo los hombres que siguen cuidando su aspecto cuando no desean que se note demasiado.

Sus hombros eran más anchos de lo que recordaba, redondeados de una forma que solo se consigue con proteínas, intención y horas en el gimnasio antes del trabajo.

Los músculos tensaban la camisa blanca que llevaba debajo del traje, esas de alta calidad que no se arrugan cuando las doblas.

Tenía las manos bien cuidadas, varoniles pero limpias; un sencillo anillo de oro reflejaba la luz en su dedo índice .

—Bueno, Lily. . . —Vikram levantó la vista cuando el camarero se marchó y la comisura de sus labios dejó ver una sonrisa pícara—, parece que los últimos años te han tratado bien.

Me recosté en la silla.

—¿Por qué me has buscado esta noche, Vikram? —le pregunté sin rodeos.

Vikram se rio.

—¿Ni siquiera podemos esperar al vino?

—¿Cuatro años no han sido suficiente espera? —le respondí.

—Touché —respondió. Luego hizo una pausa significativa y me miró a los ojos—. Supongo que no me pareció buena idea intentar contactar la chica en la que no podía dejar de pensar, incluso después de haber decidido casarme con otra persona.

Mi corazón se aceleró.

Vikram me observó, tratando de evaluar mi reacción.

—Después de la muerte de mi padre, todo cambió —continuó y sirvió vino de la fría botella que el camarero, en silencio, había colocado en la pequeña cubitera junto a nuestra mesa—. Le falló el corazón mientras estaba en una visita de negocios y yo simplemente no podía imaginármelo.

—¿Imaginar qué? —pregunté.

—Esa vida. Su vida. Había dedicado tres años a la farmacia, pero sentía que me estaba muriendo por dentro. Después de su fallecimiento, supe que era mi única oportunidad de ser libre, así que monté una pequeña productora.

—¿Desai Destinations? —dije, entre burlona y asombrada de recordar el nombre de la empresa con la que había soñado en la universidad.

—Casi —sonrió y giró su copa de champán sobre la mesa—. Patel Productions. En honor a la familia de mi madre.

—Poético —admití.

—Quizás, pero también fue más de lo que esperaba.

Se abrió un capítulo y se cerró otro. Radhika no podía entender por qué quería cambiar de rumbo, ni por qué necesitaba abandonar la estabilidad que había conocido, la estabilidad que una vez le ofrecí.

Ella estaba a punto de dar el «sí, acepto», pero el hombre con el que iba a casarse acababa de dejarla en la estacada.

—Vikram sonrió con tristeza ante lo absurdo de todo aquello—.

Hay que reconocer que le habían prometido una vida con la que yo no estaba cumpliendo.

Ella había aceptado un acuerdo y yo no estaba consumando mi parte del trato.

No sabía qué decir.

¿Qué debía decir?

—¿No te casaste? —pregunté.

—Peor aún: ella dijo que no en el altar.

Me quedé sin aliento.

—¿El día de la boda?

—El día de la boda —repitió Vikram—. Fue el escándalo del siglo para la comunidad india de Yorkshire y, a día de hoy, es de lo único que se habla cuando se menciona el año 1998.

Los dos nos reímos.

—Dios mío, Vikram. Hablando de salir por la puerta grande. . .

—Exacto. Por eso tenía que aprovecharlo.

—¿Cómo?

—Se convirtió en mi primera película. Varios meses después de la boda, para sorpresa de todos, y sobre todo la mía, mi primera película ganó un premio de la Academia Británica de Cine y Televisión; estaba basada, de inicio a fin, en mi relato del día de la boda y también en los meses y años que la antecedieron.

—El amor antes que el matrimonio. . . —susurré.

Mi mente retrocedió a la última visita de Hana a Nueva York para verme, la primera después de tener por fin mi propio apartamento.

Eric se había mudado a España con Mario y Hana insistió en que saliéramos a celebrar mi primera noche de independencia en Hell’s Kitchen.

Había elegido una película en el nuevo cine AMC de la calle 34, una de un cineasta británico que, según los críticos, «ofrecía una visión audaz e interpretativa del matrimonio concertado».

Todavía recuerdo el temor que sentí mientras la seguía, cómo entré en silencio en la oscura sala del cine.

Nunca le había contado a Hana lo del bebé, ni por qué Vikram y yo habíamos roto.

Todavía era demasiado doloroso, demasiado reciente, y sentía que tenía que guardar el secreto, por miedo a que me destrozara si lo revelaba al mundo.

Pero yo sabía lo de la película.

Que era suya.

Yo también había visto el anuncio en el boletín de exalumnos, un folleto brillante y plastificado con su foto sonriente bajo el título «Nuevos egresados destacados».

—Vi la película con Hana antes de que muriera —le confesé a Vikram, quien me observaba en silencio desde el otro lado de la mesa—. Pero no tenía ni idea de que estaba basada en tu vida real. No me atreví a. . .

Mi voz se apagó.