Capítulo 53
–S eñoras y señores —comenzó el moderador—, bienvenidos al simposio sobre dinámicas raciales poscoloniales con nuestra invitada, la galardonada periodista Liliana Soto Walker, autora de Sostenemos estas verdades.
El público estalló en aplausos. Contemplé el mar de rostros, cegada por las luces del estudio que se reflejaban en la madera brillante del escenario. Era un público mucho más numeroso de lo que esperaba.
—Para ayudarnos a contextualizar esta historia, contamos con dos miembros célebres de nuestra querida facultad, nuestros profesores titulares de Economía Occidental y Estudios Afrobritánicos.
Otra ronda de aplausos.
Sonreí y me giré para mirar al moderador.
Empezó con una serie de preguntas sobre mi trabajo más reciente, una mirada a la actualidad del régimen de Fidel Castro en medio de los rumores sobre su delicada salud.
En concreto, me preguntó sobre la aparición de Castro como un héroe imperfecto e incongruente para algunos sectores de la diáspora negra.
—Era dos cosas diferentes para diferentes personas —comencé—.
El mito de su heroísmo de cara a las relaciones raciales nació de sus acciones fuera de la isla: alojarse en el Hotel Theresa de Harlem durante su visita a las Naciones Unidas o reunirse con Malcom X.
Pero en su país, en la isla, ha permitido la desigualdad a lo largo de todo su gobierno.
Continué mi conferencia y señalé las diapositivas de mis entrevistas en Camagüey con personas mayores que llamaban a Castro “el abuelo de Cuba.” Pasé a la siguiente y mostré una foto a color de un joven cubano recostado en un árbol.
El muchacho señalaba hacia el edificio del Consejo de Estado, que alberga a los funcionarios del Gobierno que se quedan con las ganancias de la producción y no las comparten con personas como él.
Funcionarios como mi hermano.
Hice todo lo posible por mantener la concentración; seguí pasando las diapositivas y contando las historias de la resistencia que ganaba terreno en la comunidad artística cubana. Al fondo, desde las sombras, algunas personas aplaudían.
Hablé durante casi media hora y dejé otros diez minutos para preguntas.
Tras varios interrogantes sobre el futuro de la isla, el embargo en curso y las relaciones raciales en Estados Unidos, el moderador dio por concluido el simposio.
—Podemos aceptar una última pregunta del público —anunció y se acercó al borde del escenario. Una sombra emergió de la parte trasera de la sala y caminó hacia el micrófono situado en el centro del pasillo.
Me puse una mano en la frente para bloquear la luz del escenario, con la esperanza de ver mejor al orador.
El participante ajustó la altura del soporte del micrófono.
—Y entonces —una voz conocida resonó en el auditorio—. Esta es una pregunta para la señorita Walker.
Se me hizo un nudo en el estómago.
El interlocutor salió de la sombra y se colocó bajo el haz de luz que incidía de manera directa sobre el micrófono.
—¿Ha visto algún progreso, digamos, desde los años noventa? —sonrió y se acercó el micrófono a sus labios—. ¿Le parece que puede existir, quizás, una oportunidad para la redención?