Capítulo 52
C hris accedió a recogerme en el aeropuerto cuando llegara con motivo de mi conferencia.
Desde que regresamos de La Habana dos años antes, habíamos hablado casi todas las semanas: nos poníamos al día sobre el trabajo, recordábamos nuestro viaje y planeábamos otra ocasión en la que pudiéramos encontrarnos en la misma ciudad.
Él había retomado su trabajo en el Chelsea Ladies Football Club y había sido ascendido a entrenador jefe hacía poco.
Por teléfono parecía feliz y estable, más parecido al Chris que había conocido en la universidad y al Chris que había empezado a resurgir en La Habana.
Las jugadoras se habían emocionado mucho cuando regresó de su licencia por duelo e incluso alquilaron un camión de mudanzas para ayudarlo a trasladarse de la casa que había compartido con Hana a su propio apartamento en Westminster.
Disfrutaba de su nueva vida de soltero y sospechaba que quizás incluso había empezado a salir con alguien.
El altavoz de la cabina sonó cuando el piloto nos dio la bienvenida a Londres.
Todavía no podía creer mi suerte.
Ahí estaba yo, una chica que había viajado por primera vez en avión cuando estaba en la universidad, ahora sentada en primera clase e invitada a hablar sobre su experiencia en el periodismo, un pasatiempo que nunca había soñado que pudiera convertirse en su profesión.
Cogí el maletín que había comprado en la terminal de salidas del aeropuerto JFK con la esperanza de parecer más profesional, y puse las notas para mi conferencia en el bolsillo exterior. Me abrí paso entre los pasajeros que desembarcaban y me dirigí al pasillo avanzando por el puente de abordaje.
En cuanto salí de la aduana, allí estaba él.
—¿Es usted, señorita Walker? —gritó Chris desde el mar de rostros expectantes; su cabeza sobresalía por encima de la multitud—. ¿Me da un autógrafo? —preguntó alegre, esta vez más alto para dar acuse de recibo de mi vergüenza.
—¡La única e inigualable! —le respondí entre risas, con el pesado maletín ralentizándome el paso.
Chris se apoyó en la barrera metálica que separaba a los pasajeros que llegaban de sus seres queridos. Llevaba un ramo de tulipanes en una mano.
Mis flores favoritas.
¿Lo había mencionado antes?
Chris estaba allí, sereno, con un abrigo lana de doble botonadura color caramelo. Llevaba una bufanda de seda color crema envuelta con holgura alrededor del cuello, parecía una versión europea de su antiguo yo. Elegante, seguro de sí mismo, sofisticado.
Extendió los brazos para darme la bienvenida con un abrazo; olía a pino fresco y Old Spice.
Era la misma fragancia que había notado cada vez que salíamos de nuestra casa particular en La Habana; un recordatorio de que, bajo los nuevos hilos de seda y el cuello abotonado, era el mismo chico que yo recordaba.
Ese en quien yo seguía pensando a diario.
—Cuánto tiempo sin verte —dije y me sonrojé. ¿Por qué de repente me costaba tanto mantener el contacto visual?
—¿Me permites? —preguntó y agarró el maletín que colgaba de mi hombro.
Di un saltito al sentir que me rozaba.
—Sí, claro —sonreí mientras él se colocaba mi bolso bajo el brazo.
—Son para ti —dijo y me entregó los tulipanes—. Pensé que toda autora novel se merece sus flores favoritas.
Hice una reverencia en broma y acepté el ramo.
—¿Vamos a comer algo? Conozco el sitio perfecto.
***
Chris me abrió la puerta de un pequeño restaurante en High Street.
En cuanto entramos, me sentí transportada a La Habana de los años veinte por el sonido de las trompetas de una banda que tocaba en vivo en una esquina.
El humo espeso de los puros se elevaba desde el pequeño patio situado en la parte trasera del restaurante; la puerta estaba entreabierta y los camareros pasaban apurados entre las mesas, hablando en un español veloz y redondo que me recordaba a mi madre.
Era el paraíso.
—¿Cómo has encontrado este lugar? —le pregunté, maravillada por las miniaturas de palmeras en macetas que se apostaban en las cuatro esquinas.
—Mucha búsqueda y un poco de suerte —sonrió—. Además, alguien me dijo una vez que era un buen asistente de investigación.
Me eché a reír.
—Bienvenidos —dijo un señor mayor con una guayabera blanca y dos menús en las manos.
Justo cuando iba a responder, Chris me puso la mano en el hombro.
—Buenas tardes, compadre. Una mesa para dos, por favor.
Me quedé boquiabierta por la sorpresa.
—Por aquí —respondió el camarero.
Seguí con la boca abierta mientras nos dirigíamos a la mesa.
Chris me apartó la silla y, tan pronto como me senté y el camarero se marchó, se echó a reír.
—¿Qué? —preguntó con exagerada sorpresa—. ¿No sabías que hablaba español?
Negué con la cabeza, incrédula.
—¿Te dejo solo dos años y aprendes mi lengua materna? —Me incliné sobre la mesa y le di un golpecito en el hombro en tono juguetón—. ¿Cuándo y cómo ocurrió eso?
—Bueeeeeeeno —respondió con un acento cubano perfecto—. Es increíble lo que se puede conseguir con Rosetta Stone y las ganas de impresionar a una chica guapa.
Casi derramo el agua helada que tenía delante.
¿Impresionar a una chica? ¿Era yo esa chica?
—¿Vas a venir a la charla de esta noche para presumir de tu español perfecto? —le pregunté para tratar de desviar la atención.
—Ojalá pudiera —respondió—. Pero tenemos una cena de pretemporada con el equipo en casa del propietario. Si no, ya sabes que no me la perdería.
Al percibir mi decepción, Chris se inclinó sobre la mesa y me tocó la mejilla, me levantó la cara para mirarme a los ojos.
—Pero ¿qué te parece si te recojo a primera hora de la mañana y nos vamos a la ciudad? ¿Visitamos los viejos lugares?
El tacto de su mano me resultaba agradable en la cara.
La oferta era aún más tentadora. ¿Horas a solas con él para solo. . . estar?
Sonaba perfecto.
—Ya estoy ansiosa —respondí.
Chris sostenía el menú en sus manos e hizo un gran alarde al leer los platos.
—Entonces —hizo una pausa—, ¿cómo se siente estar de vuelta en donde todo se derrumbó?
Extrañaba la forma en que Chris siempre iba directo a la esencia de las cosas.
Directo a la esencia de mi corazón.
Jugueteé con la servilleta de tela blanca que tenía en el regazo; miré con detenimiento los pintorescos cuadros de la pared. Me sentía nerviosa por mi charla, triste por volver a visitar los lugares que sin duda me recordarían a Hana.
Y a Chris.
La verdad era que no podía entender los sentimientos que me habían desordenado el corazón desde que aterricé.
O, para ser más sincera, desde La Habana.
Con cada conversación que Chris y yo teníamos por teléfono, mis sentimientos se hacían más claros: esperaba con ilusión nuestras llamadas, me sentía emocionada cuando veía su número en mi identificador, despejaba mi agenda cada vez que sabía que podíamos hablar.
Aun así, tenía sentimientos encontrados, insegura de lo que todo esto significaba, de lo que todo esto podía significar.
¿Era justo desearlo?
Me sentía culpable y confundida, atraída y seducida.
Y, sin embargo, cada vez que estaba con él, me sentía en paz. Nuestra relación me guiaba, me tranquilizaba. Confiaba en él.
Chris parecía percibir cada pensamiento que pasaba por mi mente.
—Lily, todo esto es inesperado. La confusión. La emoción. Caramba, la culpa. Nada de esto es fácil. Nada de esto es territorio conocido. Y, sin embargo, tiene todo el sentido del mundo.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Cómo? —respondí—. Estoy bastante segura de que los cuentos de hadas infantiles no comienzan cuando te enamoras del marido de tu mejor amiga muerta.
Chris se inclinó sobre la mesa y puso su mano sobre la mía.
—No —respondió con suavidad—. Así es como comienzan las historias de adultos, para quienes hemos vivido experiencias reales y tenemos las cicatrices que lo demuestran. Es allí donde quienes tenemos el valor de empezar de nuevo y volver a amar encontramos la esperanza.
Cogí la servilleta y me sequé el rabillo del ojo.
¿Había sentido eso todo el tiempo?
Chris me apretó la mano.
—Llevo seis meses esperando verte. Desde que dijiste que volverías, supe que era nuestra oportunidad.
Tenemos algo, una facilidad que fluye entre nosotros.
Quizás siempre estuvo ahí y no lo sabíamos.
Pero tal vez ahora debemos aceptar esta mala jugada que el destino nos ha hecho, perder a alguien que significaba más de lo que cualquiera de nosotros puede expresar con palabras, y permitirnos que ese amor, esa magia que ella nos trajo, tenga un nuevo propósito.
Al mencionar a Hana, perdí toda pretensión de compostura.
Las lágrimas corrían por mis mejillas.
—¿Nos odiaría? —susurré, mientras las lágrimas caían sobre mi plato vacío.
—Lily —murmuró Chris y me acarició la mejilla—. En el fondo, sabes cuál es la respuesta. El amor es libertad —agregó con dulzura—. Y el amor es encontrar un hogar. De nuevo.