Capítulo 51 Lily
«Por favor, abróchense los cinturones de seguridad mientras nos preparamos para el aterrizaje —anunció la azafata mientras el avión daba una sacudida hacia delante—. Hay turbulencias que no esperábamos en nuestro descenso a Heathrow».
El Aeropuerto de Heathrow.
Han pasado dos años desde la última vez que vine a Londres.
¡Qué diferencia marcaron esos años!
Miré el grueso libro que tenía delante y lo agarré justo antes de que se deslizara de la bandeja.
Una foto en blanco y negro de Rodney King tomada en la cárcel me miraba desde la portada.
Una bandera estadounidense ondeando aparecía debajo del título: Sostenemos estas verdades: El complejo legado de la libertad y la protección de la igualdad en las Américas.
Le di la vuelta al libro y me quedé mirando la foto de la autora en la contraportada: una sonrisa brillante, unos rizos salvajes enmarcando un rostro perfilado y unas gafas finas.
Liliana Soto Walker.
Por fin había publicado mi primer libro, una recopilación de entrevistas, fotoperiodismo e investigación histórica sobre el Movimiento por los Derechos Civiles y los complejos mitos y héroes improbables que surgieron de este.
Francie me había animado a recopilar todas mis historias publicadas en una sola obra (ella, por supuesto, se quedaba con el veinte por ciento de los ingresos de la publicación), y, caramba, funcionó.
Mi libro resultó de mucho interés para los académicos y, dentro de ese nicho, se convirtió en un éxito que se vendía en universidades de todo Estados Unidos.
Los profesores universitarios compraban cientos de ejemplares, con la esperanza de presentar el período posterior al Movimiento por los Derechos Civiles a través de los ojos de sus testigos directos.
Y gracias al enfoque más amplio del libro, que abarcaba las Américas, para nadie fue una sorpresa —salvo para mí— que HarperCollins solicitara los derechos para incluirlo en sus publicaciones académicas en el Reino Unido, con la intención de que se convirtiera en una herramienta para enseñar —y reelaborar— el currículo internacional de historia estadounidense.
Por esa razón estaba sentada en el asiento 1F rumbo a Londres.
Iba a dar una charla en la London School of Economics sobre el ajuste de cuentas racial de los años noventa y la perspectiva para los derechos civiles en este nuevo milenio.
¿Ocurrirían más eventos como los disturbios de Los Ángeles de 1992?
Esos momentos de injusticia incendiaron el mundo y le recordaban a la gente por qué las poblaciones que habían quedado atrás seguían luchando.
Además de ser un triunfo profesional para mí, este libro era, sobre todo, una victoria personal.
Era un cierre.
Miré por la ventana mientras la silueta gris de Londres se acercaba. Las hojas habían cambiado de color, la nieve había llegado y se había ido.
Y yo seguía pensando en él todos los días.
No podía creer que hubiera pasado tanto tiempo desde la última vez que me despedí.
De él, de ella. . . de todo.
Cada vez que cerraba los ojos, revivía la escena en mi mente: mi madre reencontrándose con su único hijo, su hijo perdido. Allí, en las costas de Miami. La vi plena; plena de una forma que nunca la había visto; plena como no creía que fuera posible para ella.
Quizás es eso lo que hace la redención.
Nueve meses después de regresar de La Habana, sostuve la mano de mi madre mientras nuestro avión descendía en el Aeropuerto Internacional de Miami, su segundo vuelo desde mi graduación.
Estuvo nerviosa durante todo el trayecto; besaba las cuentas de su rosario y susurraba oraciones a un Dios al que había cuestionado durante mucho tiempo y en cuya voluntad rara vez confiaba.
Su nerviosismo empeoró sentada en el vestíbulo del Hotel Fontainebleau; giraba las pulseras de su brazo y volvía a acomodarse los rizos sueltos que le caían sobre la cara.
Miraba fijo por las ventanas que iban del suelo al techo y daban al océano Atlántico, esperando. Anticipándose.
Fue entonces cuando entró él.
Osvaldo se acercó a nosotros con paso firme, con una sonrisa que se extendía por su rostro mientras trataba de ocultar las lágrimas que le resbalaban por las mejillas.
Se veía alto y esbelto, más moreno de lo que yo recordaba, con las mejillas bronceadas por el sol, lo que resaltaba el verde frío de sus ojos.
Mi madre se levantó del banco de linóleo donde estábamos sentados, con los ojos muy abiertos e incrédulos. Sus hombros, como los de un pájaro, se encogieron cuando las lágrimas brotaron de su pequeño cuerpo. Por reflejo, buscó mi mano para estabilizarse.
Osvaldo acortó la distancia que los separaba y la envolvió en sus brazos.
—Mi hijo —fue todo lo que mi madre pudo decir; repetía las palabras una y otra vez, como si lo invocara y bendijera. Le tocó los lados de la cara, sintió los rizos que le caían sobre la frente, sin saber si podía confiar en lo que tenía ante ella. Él era el sueño que no se había atrevido a tener.
Osvaldo dejó caer su pesado maletín; los hombros le temblaban por los sollozos que en silencio soltaba.
Sabía, de pie sobre el suelo de mármol blanco del hotel, que ese momento era tan invaluable como fugaz.
Osvaldo había conseguido llegar a Miami con un visado de trabajo temporal de tres días luego de haber prometido a sus jefes en La Habana varias reuniones «de alto nivel» con operadores de la ciudad.
Sabía, tan bien como yo, que lo vigilarían y, lo que es más importante, que tenía que volver.
Gracias a nuestras llamadas —las varias que mantuvimos cuando lo contactaba en la trastienda de la tabaquería— me di cuenta de que Osvaldo estaba desesperado por marcharse.
Soñaba con Miami como cualquier otro cubano.
Pero también conocía la realidad: el régimen nunca lo dejaría salir de su punto de mira.
Osvaldo era demasiado valioso. Era lo que Castro necesitaba para inyectar una visión de juventud y la promesa de vigor en el agonizante grito de guerra de la Revolución.
Sin el apoyo de Castro, Osvaldo no tendría visado de trabajo ni empleo y, al menos en el mercado internacional, se vería expuesto por haber tenido un rango alto dentro de un régimen comunista.
Lo que significaba que, como tantos cubanos, estaba atrapado y había renunciado a la promesa de la libertad.
También significaba que Osvaldo se veía obligado a ser testigo de la lenta decadencia del país que le habían ofrecido; cada capa moribunda revelaba la crueldad de sus limitaciones: acceso comprometido a Internet, denegación de bienes y servicios básicos o de alimentos frescos que el cubano medio no podía permitirse.
Osvaldo había alcanzado la mayoría de edad cuando el sueño de lo que era Cuba —y de lo que podía ser— aún se estaba gestando; pudo atestiguar ambas cosas: tanto la voluntad de hacerlo realidad como la codicia que lo había impedido.
Allí, en medio del vestíbulo, envuelto en los brazos de su madre, Osvaldo sabía, tan bien como yo, que era la primera y quizás la última vez que vería a su madre. Los funcionarios que pagaban sus facturas preferirían verlo muerto antes que libre en las costas de Miami.
Me sequé los ojos; la amargura de esa verdad se posó como una piedra en mi estómago.
Pero mami no lo sabía.
Al menos, no todavía.
Nuestra única tarea era protegerla en ese hermoso momento, permitirle disfrutar de cómo lo imposible se hacía posible.
Mi madre se apartó de los brazos de Osvaldo, le agarró la cara y le apretó las mejillas con las palmas abiertas.
Tocó el medallón de plata que llevaba alrededor del cuello, las tres monedas de oro en la parte inferior, iguales a las suyas.
—Cumplió su promesa —susurró, sin dejar de mirar a Osvaldo con asombro.
—¿Qué promesa? —preguntó Osvaldo, con una lágrima cayéndole por la mejilla.
Los observé con curiosidad.
Mi madre seguía mirando a Osvaldo; sus ojos recorrían su cabello rubio y rizado, su nariz redonda y sus labios carnosos, para después posarse en sus ojos.
Esos grandes ojos verdes.
—Dijo que nunca se iría —susurró—. Y mírate —murmuró y le pasó los dedos por la mandíbula, donde había una pequeña cicatriz en forma de «v» justo debajo de la oreja—. Cumplió su promesa. No se fue.
—¿Quién? —pregunté.
Pero tan pronto como la pregunta salió de mis labios, sentí la verdad de la respuesta antes de que ella la pronunciara.
¿Cómo no lo había visto antes?
—Tu papá —sonrió mi madre, y miró sin pestañear a Osvaldo—. José Antonio Echeverría.
***
La calma que se apoderó de mi madre ese día se prolongó durante los meses siguientes. Observé en silencio cómo encontraba pedazos de sí misma y los recopilaba de modo lento y constante.
Ella y Osvaldo hablaban todas las semanas sin falta. Los domingos eran su noche para las llamadas telefónicas, igual que hacía conmigo durante los años de la universidad.
Y empezaron a escribirse cartas.
Mi madre me dijo en el avión, cuando volvíamos de Miami, que agradecía no haber sabido durante todos esos años que Osvaldo era hijo de José.
Si los hombres de Batista lo hubieran descubierto, no habrían tenido ningún motivo para mantenerla con vida, me explicó, y si ella lo hubiera sabido, la posibilidad de que el hijo de su primer amor estuviera en el mundo, sin rumbo, sin sus padres, habría hecho sus años de separación mucho más insoportables.
Ahora, mientras escuchaba sus reflexiones, historias sobre su infancia y su tierra natal que fluían con mayor facilidad, vi surgir una versión diferente de mi madre. Con cada historia que contaba, se reconectaba con una parte de sí misma.
Y, si soy sincera, se reconectaba conmigo.
Me vi a mí misma, quizás por primera vez, en su reflejo.
Vi a la mujer que ella había querido ser —libre y curiosa, feroz y tierna, abierta y expresiva—, pero no pudo, atrapada por circunstancias ajenas a su voluntad: un Gobierno que había reprimido su libertad de expresión, la promesa de una revolución que le robó su libertad y una violación que le arrebató su inocencia.
Pero en mí, y tal vez a través de mí, de alguna manera había encontrado la redención.
A través de Osvaldo, había encontrado absolución.
Y yo también.
Ese día, cuando el motor del avión rugió poniéndose en marcha antes de despegar de Miami, solo había una persona a la que quería llamar.
Saqué mi flamante Treo y esperé a que se cargaran las barras que medían la inestable recepción de mi teléfono móvil.
Era el teléfono de la empresa que me había regalado Francie, la única ventaja que me había concedido cuando decidí seguir trabajando a tiempo completo en NPR a pesar del éxito de mi libro.
Mi madre estaba sentada solemne a mi lado; miraba por la ventana, sin duda aún procesando todo lo que acababa de pasar.
Pero yo no podía esperar.
El teléfono sonó dos veces antes de que él contestara.
—¿Hola? —su voz barítona resonó a través del auricular.
—Era José —solté sin pausa ni preámbulos.
—¿Lily? —podía oírlo sonreír a través de la línea—. ¿Qué pasa con José?
—Es el padre de Osvaldo. Mi madre lo supo en cuanto lo vio. No era su abusador.
Chris inhaló con fuerza.
—Dios mío. —Incluso a través del teléfono podía oír cómo le daba vueltas al asunto: las implicaciones del silencio, del dolor, de décadas de suposiciones, se habían hecho añicos.
—Necesito verte —le dije sin rodeos.
—Me encantaría —respondió.