Toda la vida es ahora Capítulo 50 Osvaldo Hijo #2
88%

Capítulo 50 Osvaldo Hijo #2

—¿Era cierto? ¿Nunca tuvieron un hijo propio?

—Sí —susurré—. Después de que mi padre se marchara enfadado, fui donde mi madre estaba sentada y llorando en el balcón.

Estaba cansada de esconderse, demasiado torturada al ver lo que los secretos podían hacer cuando se mantenían guardados.

Me dijo que yo nunca había sido hijo ni de ella ni de él, que no era su hijo biológico.

Y quizás tampoco lo fuera de manera legal.

—¿Qué quieres decir? —preguntó la muchacha y se inclinó hacia delante en su silla, con los codos apoyados en la estrecha mesa de la cafetería.

—Pues, me confirmó todo. Dijo que era cierto: su hermana era monja y enfermera aquí, en La Habana.

Se matriculó en la escuela de enfermería del Hospital Calixto García y comenzó a hacer rondas en la prisión.

Una noche, asistió el parto de una de las mujeres a las que había atendido.

La madre biológica había sido violada, era evidente.

El bebé estaba débil y desnutrido. La mujer tuvo que huir; mi tía sabía que su hermana no podía tener hijos y que el bebé no tenía hogar, entonces le dio el bebé a mi madre después de haberlo cuidado hasta que se recuperó.

Mi madre, a su vez, mantuvo la «adopción» en secreto, salvo por un artículo en Bohemia.

No le importaba hablar de la adopción en general, porque nunca decía de dónde había sacado al bebé y nunca implicaba a su hermana.

Además, suponía que algún día también tendría sus propios hijos biológicos.

Pero ella y mi padre lo intentaron todo para concebir, sin éxito.

Mi padre, quien se sentía cada vez más impotente como médico, descargó su desgracia sobre ella.

Una lágrima rodó lenta por la mejilla de la mujer. ¿Era esta la respuesta que había estado buscando? ¿La confirmación que deseaba?

—Para empeorar las cosas, después de años de ocultarlo y toda una vida de mentiras, mi padre decidió que el bebé, este bebé, no merecía la pena.

La joven tenía lágrimas en los ojos.

—¿Tú?

Asentí con la cabeza.

Recordé la noche en que murió mi padre; vi a mi madre llorar sobre su cuerpo frío y rígido. Ella, de cierto modo, tenía un conflicto, no sabía muy bien cómo sentirse.

Pero yo no.

Sabía que cuando él muriera, también morirían mis sueños de escapar.

Los hombres como yo no vivimos con libertad en Cuba.

Nos escondemos en las sombras hasta que nos descubren o nos matan.

Mi padre también lo sabía.

Para entonces, yo había estado trabajando en el Ministerio del Interior porque él me obligó a hacerlo desde que me gradué.

Pasaba los días en una oficina destartalada, trabajando duro en el departamento que Castro había rediseñado en 1961 para garantizar la seguridad y el «orden público».

Era responsable de implementar los ideales de la revolución en todas nuestras empresas nacionales, desde escuelas y hospitales hasta el Ejército.

Ascendí rápido, como correspondía al hijo de un médico de alto rango con privilegios.

Lo cual significaba que, una vez que mi padre murió, todas las miradas se volvieron hacia mí.

Esperaban a ver qué hacía a continuación, cómo iba a cumplir las expectativas de mi nuevo cargo.

Peor aún, trabajaba de manera directa con las personas que, si intentaba huir, me perseguirían.

Me había acercado demasiado al núcleo del poder.

Fue entonces cuando me di cuenta de que, incluso después de muerto, mi padre me había atrapado con sus expectativas. El hombre que ni siquiera me había dado la vida, de repente me la había quitado.

Había aceptado esto, me había resignado a la monotonía de una vida predestinada hasta que, esta chica de postura perfecta sentada frente a mí, me entregara una nota críptica. Ahora permanecía desplomada en su silla y la verdad de mis palabras perforaba su comportamiento antes inescrutable.

—En pocas palabras —concluí—, no era el hijo que mi padre quería. Solo era el que cumplía con su deber.

La chica parecía estar a punto de llorar otra vez.

—Pero, ella sí —susurró en voz baja, con una intensidad ardiente detrás de sus ojos.

—¿Quién? —pregunté.

—Mi madre —respondió—. Ella te quiere. Nunca ha vuelto a sentirse completa desde que subió a ese barco, desde que te dejó atrás.

Ahora, las lágrimas inundaban mis propios ojos.

Tragué saliva con dificultad, traté de recuperar el aliento.

Levanté la vista para encontrar la mirada de la mujer.

—¿Cómo se llama? —pregunté; no quería mostrar la herida abierta que era mi corazón, ni la espinosa verdad que sus palabras acababan de sacar de mi interior—. ¿Cómo se llama tu madre?

—Marisol —respondió la mujer—. Mari.

—Bueno, Liliana —respiré hondo—. Dile a Marisol que se le olvidó la primera regla de ser cubano: nunca nos arrepentimos de las cosas que debemos hacer para sobrevivir. Marisol hizo lo único que podía hacer para seguir viva y para salvarme.

Cogí mi maletín y me levanté para marcharme.

Me daba vueltas la cabeza.

No podía soportar más verdades, más lágrimas.

—Dile a tu madre que siento mucho los horrores que ha sufrido. Mi vida es su absolución.

Volví a mirar a la joven sentada frente a mí, unos quince años menor que yo.

Al contemplarla tras su revelación, sentí como si la viera por primera vez.

Sus rizos eran densos y abundantes, sus ojos profundos y penetrantes.

Su piel era cobriza, más oscura que la mía.

Y aunque mi cabello era más rubio que castaño y mis ojos de un verde intenso, la chica me resultaba familiar.

Nos parecíamos.

—¿Me permites? —preguntó y extendió su mano hacia mí.

Me quedé de pie junto a la pequeña mesa bistró, paralizado.

—Me gustaría empezar de nuevo —sonrió con los ojos vidriosos—. Soy Liliana, tu hermana. —Una sola lágrima rodó por su mejilla—. Y me gustaría que conocieras a nuestra madre.