Toda la vida es ahora Capítulo 50 Osvaldo Hijo
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Capítulo 50 Osvaldo Hijo

Me senté en la parte trasera de la polvorienta tabaquería, sin saber muy bien por qué estaba allí. ¿Le creía a esta mujer que decía conocerme? ¿Que decía saber de mí?

Hace dos días salí de mi oficina, soñando despierto con una nueva vida a solo noventa millas de distancia.

Acababa de aflojarme el cuello de la camisa, las rígidas solapas que nos obligaban a llevar me pellizcaban la piel del cuello, una piel que, según había notado en los últimos tiempos, se había vuelto más flácida con la edad.

Cuarenta y uno. Esa es la edad en la que dejan de enviarte pretendientes y empiezan a hacerte preguntas.

Acababa de salir a la acera frente al edificio del Ministerio del Interior, con carteles de Che, Martí y Fidel clavados en la pared exterior. Busqué la llave en el fondo de mi maletín; esperaba no haberla dejado dentro de mi escritorio.

Fue entonces cuando la sentí.

Una desconocida me chocó con fuerza y casi me dejó sin aliento.

Una mujer.

En cuanto me eché hacia atrás, ella me tomó del brazo con una mano. Con la otra, puso una carta doblada en el centro de mi mano. Por un instante, expectantes, nos miramos. Entonces, tan pronto como había aparecido, se alejó corriendo.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

¿La conocía de antes?

Alcancé a ver la parte trasera de su camiseta gris descolorida cuando dobló la esquina detrás del edificio de ladrillos estilo colonial. Parecía más alta que la mayoría de las mujeres de aquí, casi como una extranjera.

¿Alguien había sido testigo de lo que me había entregado?

Debía haber una razón para que me lo diera de esa manera.

Rápido, metí la carta en mi bolsillo para no llamar la atención, tal y como nos habían enseñado en el entrenamiento.

Nunca sabía cuándo nos vigilaban los superiores; siempre enviaban al palacio informes del terreno, registros detallados de su personal más valioso.

Por desgracia, yo era uno de ellos.

Caminé las siete cuadras que me separaban de mi apartamento en Centro Habana dejando atrás el caos del centro de la ciudad.

La puerta crujió al abrirla y mi gato Gonzo se me escabulló entre las piernas.

Su ronroneo se hizo más fuerte cuando dejé las llaves en el plato con forma de concha que tenía en la entrada.

Me lo había regalado mi madre.

La única madre que, al menos, había conocido.

Una vez a salvo, en mi casa, me recosté en la puerta, saqué la mano del bolsillo y con ella la carta.

En la parte delantera de una hoja blanca, casi como el papel arrancado de los cuadernos que nos obligaban a usar en la escuela, la mujer había escrito el nombre de una tabaquería y la hora a la que debía reunirme con ella.

Conocía bien la tienda; estaba en San Isidro, el barrio de los artistas, y tenía una sala privada en la parte de atrás.

Había estado allí antes, en busca de anonimato.

Le di la vuelta al papel en mi mano.

¿Cómo me había encontrado? ¿Y cómo podía saber la verdad sobre mi madre?

Me sequé la piel encima de las cejas con un pañuelo de seda, tratando de calmar los nervios.

Mi mente empezó a acelerarse. ¿Era una trampa?

¿Alguien se había enterado de mis planes de irme a Miami?

¿Uno de los antiguos compañeros de mi padre estaba pinchando mi línea?

O peor aún, ¿el hombre con el que hace poco había pasado una noche habría compartido nuestro secreto con las personas equivocadas?

Si así era, estaba terminado.

Me desaparecerían sin dejar rastro, me encerrarían en las entrañas del Combinado del Este, la infame prisión que nunca había visto, pero de cuya existencia siempre supe.

Por eso no estaba seguro de qué fue lo que al fin me dio el valor o la curiosidad suficientes para conocer a la misteriosa mujer dos días después.

¿Quizás fue imprudencia? ¿O esperanza? Llegué temprano y me senté en silencio en un rincón de la tienda para ver si alguien me había seguido.

Después de observar con ansiedad cómo los clientes entraban de a poco, me levanté para irme: había decidido que el riesgo era demasiado grande.

Fue entonces cuando la misma mujer alta y con el pelo rizado entró en la tienda.

—Hola, Osvaldo. ¿Cómo te va? —preguntó y de manera inmediata haló la silla frente a mí—. Gracias por venir.

Mi nombre en su boca me detuvo en seco. ¿Por qué me sonaba tan. . . familiar?

Me incliné una vez más y me senté.

—No hay problema —respondí—. Leí tu nota —agregué en inglés y eché un vistazo a mi alrededor para asegurarme de que no había nadie más sentado cerca.

—Dale, pues, gracias por venir —respondió ella, volviendo al español—. Soy Liliana.

¿De dónde era? Su español era bueno, pero desconocido, como si hubiera crecido rodeada de cubanos, pero no fuera originaria de la isla.

La observé mientras se apartaba los rizos sueltos de la cara y se los colocaba detrás de la oreja. Se movió incómoda en su asiento.

—Bueno. Nunca he hecho esto antes y no estoy muy segura de por dónde empezar —hizo una pausa—. Pero —continuó y respiró hondo—, creo que eres mi hermano.

La miré sin parpadear.

—¿Tu hermano? —repetí para asegurarme de que la había oído bien.

—Sí —dijo con serenidad y me miró directo a los ojos.

El corazón dejó de latir en mi pecho. Solo podía sentir la vena gorda que me palpitaba en el cuello.

—Pero. . . ¿cómo? —logré decir.

—M madre. Bueno, nuestra madre. Creo que te dejó atrás, se vio obligada a dejarte atrás cuando huyó.

—Huyó —repetí—. ¿Cuándo?

Ella me miró con vacilación.

—En 1957 —respondió.

Esperaba a ver si yo reconocía el año. Por supuesto que lo reconocí, pero no estaba dispuesto a revelar nada.

—Creo que te dio a luz mientras estaba cautiva. Fue prisionera política en la cárcel de El Príncipe en 1957, tras el ataque a Radio Reloj y al palacio presidencial.

Se me revolvió el estómago.

Una presa política.

Al percibir mi sorpresa, o tal vez cómo reconocía lo que estaba diciendo, decidió atacar.

—¿Puedo preguntarte —prosiguió educada—, quién era tu madre?

—Murió —respondí sin más.

—¿De qué? —volvió a preguntar rápida, sin fingir ya amabilidad. Su urgencia la delató.

Necesitaba saberlo.

—De un tumor cerebral —respondí—. Pero eso ya lo sabías. Has podido encontrarme fuera de mi oficina. Lo que significa que, si me has encontrado, ya sabes quién soy. . . y quién era mi madre —hice una pausa y la miré.

Se inclinó y juntó las manos sobre la mesa de granito que nos separaba.

—Es cierto —admitió—. Pero no es eso lo que te he preguntado.

La miré, sorprendido. ¿Quién era esta muchacha? Directa. Quizás un poco grosera.

—¿Era tu madre biológica? —continuó—. ¿La mujer que te crio?

—No lo creo —admití y miré mis zapatos recién lustrados. Me tenía acorralado. Cualquier buen militar sabía que la primera regla de la batalla era saber cuándo admitir la derrota.

—¿Qué sabes? —preguntó.

Parpadeé. Nunca había pronunciado esas palabras en voz alta, nunca había contado lo que mi madre me dijo aquella noche en el balcón, mirando el palacio desde el segundo piso de nuestro apartamento, ahora vacío. Pero algo en esta chica, algo en su desesperación, me decía que esto era diferente.

Algo estaba a punto de cambiar.

—Mi madre dijo que su hermana me encontró, que me había rescatado de una mujer que estaba demasiado enferma para llevarme —comencé; intentaba buscar las palabras adecuadas.

—¿Quién era su hermana?

—Una monja. Una enfermera. Trabajaba en una escuela para niñas y, además, dirigía un orfanato para niñas que se habían metido. . . en problemas.

—¿La Academia Merici?

¿Cómo sabía ella todo eso?

—Sí —admití—. Pero me mantuvo fuera de los registros.

—¿Por qué?

—Porque la muchacha huía de algo. Si el hombre que la había puesto en esa situación me hubiera encontrado, me habría llevado con él.

—¿Sabes quién era?

—No. Al menos no de manera personal. Trabajaba para Batista. Mi tía le dijo a mi madre que dirigía la prisión de El Príncipe y que tenía claro que era el padre del hijo de una reclusa. De esa reclusa.

Al oír esto, la mujer pareció estar a punto de llorar.

—¿Cuándo te enteraste?

—¿A qué te refieres? —pregunté.

—¿Quién te explicó todo esto?

—En realidad, fue mi padre.

Ella se recostó en su silla, confundida.

—Mi padre me contó la historia unos días antes de morir; estaba demasiado borracho para saber lo que decía.

Hizo muchas cosas durante la Revolución, cosas malas, cosas complicadas, tanto para Castro como para sí mismo.

Esos actos le costaron su dignidad y su conciencia.

Y, encima de todo, no creo que pudiera aceptar el hecho de haber tenido que criar a un bebé que no era suyo.

No tenía un heredero legítimo por quien, según él, su sacrificio valiera la pena.

Hice una pausa, me aseguré de que la chica seguía prestando atención, de que era capaz de seguir los detalles de una historia que me había llevado casi dos décadas comprender y aún más tiempo creer.

—Cuando tenía diecisiete años, el día antes de partir para el servicio militar, él y mi madre tuvieron una discusión.

Ella había acudido a mi padre para suplicarle que restableciera la escuela en la que había trabajado su hermana.

Era la única escuela para niñas de la ciudad y Castro la había cerrado, como parte de la ola de nacionalización de las organizaciones religiosas bajo el nuevo Gobierno.

Pero esa escuela era la vida de mi tía, era todo lo que conocía.

Así que cuando mi madre le gritó y le dijo a mi padre que tenía que ayudar, él se volvió loco.

Fue la gota que colmó la copa. Le dijo a mi madre que no haría nada más por esa solterona que lo había cargado con el bebé de un traidor.

Mi madre lloró, pero eso no impidió que ráfagas de insultos salieran volando de su boca.

Me moví incómodo; aún me dolía recordar la verdad de aquella noche.

—Era culpa suya, le dijo mi padre a mi madre, que ella no pudiera cumplir con lo único para lo que había venido a este mundo: darle un hijo propio.

La muchacha me miró con los ojos muy abiertos y atónita.