Toda la vida es ahora Capítulo 49 Lily
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Capítulo 49 Lily

Desde fuera, el edificio parecía estar derrumbándose.

Las grietas recorrían los lados de la fachada amarilla y se detenían justo antes de llegar a sus ventanas decoradas con rejas de hierro forjado.

Nos acercamos a la entrada de la izquierda, cuyo marco abierto revelaba una empinada escalera de granito.

Subí los escalones de dos en dos y sentí cómo me ardían los muslos al llegar arriba.

Chris me siguió hasta que llegamos a la azotea del edificio, un patio en el segundo piso con mesas al aire libre.

Los camareros, con delantales blancos, pasaban corriendo a nuestro lado y les gritaban a los empleados de la cocina.

El restaurante estaba muy animado, con macetas verdes por todas partes y luces blancas de cafetería colgadas como tendederos sobre nuestras cabezas.

Las paredes estaban decoradas con obras pintorescas, imágenes de rostros distorsionados en colores primarios y la bandera cubana recreada sobre madera desgastada.

Era impresionante: la decoración vibrante, los detalles, el cuidado que tantos propietarios habían puesto en mejorar el poco espacio que tenían.

Este era el paladar del que me había hablado mi tío, un restaurante privado situado encima de una casa que aún tenía que declarar sus ingresos al Gobierno.

Era una joya escondida, como tantas cosas en esta enigmática ciudad,.

—¡Bienvenidos a ChaChá, Casa Caribeña! —Una mujer que llevaba dos platos humeantes se detuvo al pasar—. Siéntense en cualquier sitio libre que encuentren.

—¿Vamos? —dijo Chris, señalando una mesa junto al balcón. Nos acercamos al borde del hormigón y nos asomamos por la barandilla: las calles laterales de La Habana Vieja rebosaban de energía en el aire húmedo de la noche.

Chris haló una silla para mí.

—Gracias —dije y me deslicé hacia la pequeña mesa bistró; el mantel blanco me rozaba las rodillas.

—De nada —respondió en español, con una sonrisa pícara que acusaba recibo de su intento de aprender el idioma. Desdobló la servilleta de tela que tenía delante y se la puso en el regazo—. Bueno, ¿estás lista para mañana?

Solté un profundo suspiro y el aire que salió de mi boca hizo que los pequeños mechones en mi frente se dispararan hacia el cielo. Rara vez me recogía el pelo en un moño, pero el calor aquí era tan intenso y la humedad tan sofocante que tenía que hacer cualquier cosa para aligerar mi carga.

—No estoy segura —respondí con sinceridad—. Pero supongo que es ahora o nunca.

Mi vuelo de regreso era en cuarenta y ocho horas y el día antes de irme tenía previsto reunirme con Osvaldo.

Después de averiguar dónde trabajaba —un edificio en La Habana Vieja que albergaba el Ministerio del Interior— lo vigilé tal y como había hecho durante los primeros días del juicio a Simpson.

Recurrí a las viejas tácticas y canalicé todas las que se ven en las películas, las que había empleado con timidez cuando era una corresponsal independiente que intentaba empezar su carrera.

Me puse las gafas de sol y saqué un ejemplar de Juventud Rebelde de ese día y me senté en un banco frente a la entrada del inmueble gubernamental con la esperanza de pasar desapercibida.

Pasé horas bajo el sol abrasador; para refrescarme solo contaba con la sombra de un árbol y mi botella de agua Ciego Montero que, aunque caliente ahora al tacto, alguna vez estuvo fría.

Allí esperé.

Y esperé.

Hasta que por fin lo vi.

Osvaldo Vidal Zayas, hijo, el hombre que estaba detrás del presidente en la rueda de prensa del Gobierno, el hombre que era difícil de encontrar y sobre quien se había escrito muy poco en los periódicos.

El hombre que creía que era mi hermano.

En cuanto salió del edificio, me levanté del banco y traté de no llamar la atención. Tiré el periódico a la papelera y me protegí los ojos del sol mientras cruzaba la calle. Él salió a la acera y rebuscó entre los papeles de su maletín; trataba de encontrar algo.

Justo cuando levantó la vista, tropecé con él.

—Ay, perdón —dije y me quité las gafas.

Pareció sorprendido e intentó recuperar la compostura.

—No pasa nada —murmuró y ajustó su bolso al hombro.

Cuando empezaba a darse la vuelta, le agarré del brazo. Con fuerza. Con la mano libre, le puse una nota en la palma de la mano abierta.

Sus ojos se agrandaron.

Nos miramos.

Luego eché a correr por la acera hacia el Capitolio y desaparecí entre la multitud de turistas que abarrotaban el Parque Central.

Ahora solo tenía que esperar.

—¿Salió bien la entrega? —preguntó Chris para devolverme al presente.

—Ya lo veremos mañana, supongo —sonreí nerviosa—. Espero haber despistado a quien intentara seguirme. De lo contrario, nunca vendrá.

Era bien sabido que los turistas y periodistas con permisos especiales de viaje eran vigilados en secreto por agentes vestidos de civil.

Los teléfonos de sus hoteles y casas particulares solían estar intervenidos y sus cartas eran abiertas y revisadas.

Por eso teníamos que entregar nuestros pasaportes al registrarnos en cualquier bed and breakfast, incluido el de Yoanka, para que los empleados pudieran enviar los detalles de nuestro alojamiento, actividades y fechas de salida al Gobierno.

Como si no los tuvieran ya.

Había oído el clic en el teléfono cuando intenté llamar a mi madre, por lo cual empecé a llamar desde una pequeña cafetería clandestina con internet en La Habana Vieja que me recomendó mi tío. Dijo que esta cafetería en particular estaba diseñada para gente que «buscaba discreción».

Aun así, eso no fue suficiente. Vi a unos hombres, a veces los mismos, merodeando de manera casual fuera de nuestra pensión cuando Chris y yo tomábamos nuestro café matutino. Se apoyaban en la farola, fumaban un cigarrillo, fingían no mirar en nuestra dirección.

Quién podía saber con certeza si los habían enviado allí para vigilarme.

Pero lo que sí sabía era que el Gobierno cubano vigilaba de cerca a los periodistas extranjeros y, con más precisión, a las personas con las que hablaban esos periodistas.

Tenía la obligación legal de registrar los nombres de cada entrevistado y conservar una copia de mis notas, por si me las pedían al salir del país.

Y eso era solo para el Gobierno cubano.

Para el estadounidense, tenía que llevar un registro de cada dólar que gastaba y demostrar que apoyaba a restaurantes privados, no a establecimientos financiados por el Gobierno cubano de manera directa.

Por ley, tenía que conservar esos apuntes durante un máximo de diez años por si el Gobierno estadounidense me pedía verlos.

Lo que significaba que quién sabía quién me seguía y, como oficial militar, quién sabía quién seguía a Osvaldo.

Con todos estos pensamientos dándome vueltas en la cabeza, le pedí a Chris que visitara el Museo Nacional de Bellas Artes mientras yo iba a reunirme con Osvaldo, con la esperanza de que él distrajera a quienquiera que me estuviera siguiendo.

Divide y vencerás.

—Creo que aparecerá mañana —me aseguró Chris—. El universo no nos dejaría venir hasta aquí y hacer toda esta investigación para que no sirviera de nada. Además —dijo mirando el menú de plástico que tenía delante—, los dos necesitamos una victoria ahora mismo.

Había una tristeza implícita que nos había impulsado a emprender este viaje, algo que ambos habíamos intentado evitar discutir desde aquella tarde en el portal.

—Escucha, Chris. . .

—Por favor, no —me interrumpió.

—¿No qué?

—No termines esa frase.

—¿Cómo sabes lo que iba a decir?

—No lo sé. Pero tengo la sensación de que es alguna advertencia, alguna negación de lo que hemos pasado juntos aquí.

Sea lo que sea, por favor, déjame vivir este momento.

Lo necesito. Estoy a cuarenta y ocho horas de volver a una casa vacía, lo cual es una cruel torcedura del destino después de estas últimas cuatro semanas, porque justo ahora empezaba a sentir que me reanimaba, que resurgía, que podía volver a respirar.

Bajé la mirada, agarré el mojito que acababan de traer a nuestra mesa en un vaso que goteaba por los lados.

Chris luchó por terminar de expresar sus pensamientos.

—A breves intervalos, ya fuera caminando por el Malecón por la noche o cuando encontré un nombre en un periódico desconocido, o cuando vi cómo se iluminaban los ojos de tu tío en el segundo en que apareciste en su puerta, sentí que tenía un propósito, que tenía una misión.

Como si estuviera en un lugar que bien podría ser. . . mi casa.

La verdad era que yo también me había sentido como en casa: cuando sudaba junto a desconocidos en la parte trasera de una máquina, o mientras viajaba apretujada entre cuerpos que se empujaban por calles llenas de baches de camino a hojear páginas polvorientas en la Biblioteca Nacional.

El sabor del jugo de guayaba fresca en mis labios, los sonidos familiares de la timba flotando a través de las ventanas abiertas, las camisas húmedas tendidas entre patios, colgadas al viento.

Todo me hacía sentir como en casa, aunque nunca hubiera estado aquí.

Y luego estaba Chris.

Este antiguo y misterioso conocido de la universidad, callado y sarcástico, quien se convirtió en el marido de mi mejor amiga.

El hombre que veía en silencio los partidos de fútbol en bares abarrotados, que nos dejaba a Hana y a mí dos Tylenol y un vaso de agua fría después de largas noches en el pub.

Nunca había llegado a conocerlo en realidad.

¿O es que lo había «conocido» todo el tiempo?

Levanté la vista. Chris me estaba mirando.

—Yo también —susurré.

De repente, el pequeño cuarteto que había estado afinando sus instrumentos desde que llegamos comenzó a tocar y los tres primeros acordes de «El que dé más se muere», de Mirta Silva, cobraron vida.

El sonido familiar me arrancó una sonrisa.

Mi madre siempre ponía La Sonora Matancera cuando limpiaba.

—Todo llega a su fin, supongo —añadió Chris con una sonrisa triste—. Al menos esta vez, estoy seguro de que el final será bueno.

Chris apuró su mojito; las hojas de menta verde brillante se doblaron hacia adentro y los cubitos de hielo se fueron al fondo.

—Conseguiremos lo que viniste a buscar, Lily. Te lo prometo.