Toda la vida es ahora Capítulo 48 Marisol
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Capítulo 48 Marisol

Marisol se quedó mirando la pantalla del computador que tenía delante.

La biblioteca pública de Elk River tenía una fila de seis ordenadores que habían sido donados y en cada uno había conexión gratuita a Internet durante una hora. Marisol se sentó rígida en su duro asiento de plástico.

No había nadie más en el vestíbulo a esas horas de la mañana. . . con excepción de Kem.

Su marido permanecía sentado junto a la ventana con los codos apoyados en las rodillas, mientras retorcía entre las manos su gorra a cuadros.

Estaba preocupado por ella.

Kem sabía que había una respuesta que Marisol necesitaba con desesperación y que la había obligado a pasar la mañana lejos de los Mitchell, algo que no había hecho en casi cuarenta años.

Kem podía sentir su miedo, su ansiedad tácita.

No sabía a derechas qué los causaba, pero estaba seguro de que quería estar allí para recogerla si se caía.

Lily había llamado la noche anterior para decir que había encontrado un nombre.

—Creo que tenemos una pista, mami —le había dicho por teléfono; un leve tecleo se oía en el fondo.

Marisol enrolló el cable del auricular alrededor de su dedo.

—Hay una monja —dijo Lily—. Te envié una foto. Se murió ya, encontré un obituario. ¿Puedes ver si la reconoces?

—¿A la monja? —dijo Marisol incrédula, con un nudo en la garganta.

—Sí, mami.

Marisol luchaba por contener las lágrimas.

¿Le había mencionado a Lily lo de la monja cuando le contó lo sucedido?

Había pensado en ella a lo largo de los años; cada cierto tiempo recordaba sus ojos azules claros delimitados por la gruesa franja blanca de su hábito y recordaba también la cruz con tres monedas de oro que colgaban de su cuello cuando se inclinaba para agarrar al bebé.

El mismo colgante que Marisol llevaba desde entonces.

En la desgracia que fue aquella violación, ella asumió que la monja había sido una mera agente, alguien destinada a conducir al bebé desnutrido hacia una muerte prematura o un futuro incierto.

Pero ¿habría tenido algo que ver en su sobrevivencia? ¿Sabía dónde estaba?

Marisol miró sin parpadear la tosca máquina blanca que tenía delante. Creía haberse preparado para lo que Lily pudiera encontrar, pero ahora ya no estaba tan segura y por eso temblaba mientras agarraba el ratón del ordenador.

Marisol respiró hondo y abrió el archivo adjunto en su bandeja de entrada. Esperó a que se descargara la imagen.

En cuestión de segundos, una foto borrosa en blanco y negro apareció en la pantalla: una joven monja con un hábito blanco y negro, con los brazos alrededor de tres niños pequeños, de pie frente a una escuela. Una bolsa médica negra descansaba a sus pies; tres monedas de oro colgaban de su cuello.

San Nicolás. El santo patrón de los niños.

Marisol se sujetó el estómago.

Le corrían lágrimas por la cara.

¿Cómo Lily pudo encontrarla?

Después de tantos años, Marisol había empezado a preguntarse si la monja no habría sido una aparición o un producto de su deshidratación, de su desesperación, la noche del parto.

Pero allí estaba, mirándola de frente, con esos mismos ojos tranquilos y penetrantes que le habían traspasado el corazón hacía tantas décadas.

Marisol apoyó la mano en el escritorio descascarado que tenía delante y se sujetó de una de sus puntas.

La monja era la única persona en la sórdida historia de Marisol que sabía si su bebé había vivido o no.

¿Había muerto la verdad con ella?

Pero si Lily la había encontrado, ¿significaba que también lo había encontrado a él?

Kem corrió al lado de Marisol y la tomó del codo cuando vio que le costaba ponerse de pie. Le secó la mejilla y la acompañó hasta el pequeño sofá en la esquina del vestíbulo.

—¿Estás bien, Mari?

Lo único que quería saber era si ella estaba bien, entera. Incluso después de tantos años, supo concederle espacio para vivir su propia historia.

Sus propios secretos.

Pero ahora Marisol necesitaba compartir. Necesitaba sentir la levedad de la esperanza.

Sabía con una certeza que no podía explicar —con el mismo instinto que la llevó a confiar en aquel hombre que la escoltó fuera del barco tanto tiempo atrás— que él la sacaría adelante una vez más.

Con lágrimas en los ojos, Marisol tomó la mano de su marido. Sus venas ahora sobresalían por la edad; las oscuras manchas que le había dejado el sol se expandían como círculos irregulares a lo largo de su piel delgada.

—Kem —susurró—, hay algo que necesito contarte.