Toda la vida es ahora Capítulo 47
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Capítulo 47

C hris y yo corrimos casi medio kilómetro hasta el Meliá Cohíba, el hotel internacional de más reciente construcción en el Vedado.

Mostramos nuestros pasaportes para entrar; de inmediato me escabullí entre un grupo de turistas europeos para saltarme la cola y comprar una hora de acceso a Internet en la recepción.

Esperé varios segundos angustiosos mientras la conexión telefónica del hotel cobraba vida.

Chris se mantuvo sentado a mi lado en un sofá cuadrado de cuero en el modesto centro de negocios.

El teclado de plástico chirriaba mientras tecleaba el nombre del joven teniente en el buscador: Osvaldo Vidal Zayas, hijo.

Esperé ansiosa mientras se cargaba su foto.

Píxel a píxel, el mismo rostro que había visto solo una hora antes se fue enfocando para dejar ver esos ojos llamativos, esos pómulos bien delineados y esos rizos gruesos bajo una gorra militar.

Me desplacé hasta la parte inferior de la página y pulsé el primer hipervínculo de la lista.

Me llevó a un artículo de Granma que decía que Zayas tenía cuarenta y un años y se había graduado de Economía en la Universidad de La Habana.

No había mucho más.

Mi pulgar se deslizó dudoso sobre la barra espaciadora. Escribí «padres» en el cuadro de búsquedas relacionadas.

De repente, la página se llenó de una cantidad impresionante de datos.

El Dr. Osvaldo Vidal Morales, el mayor de los Vidal, fue la mano derecha de Castro durante la Revolución, su médico personal y un alto directivo del Ministerio de Salud.

Mi mente no paraba de girar.

Me quedé mirando su foto, busqué similitudes en su rostro, busqué pistas. ¿Era este su padre? ¿El hombre que lo crio? ¿O el hombre que violó a mi madre?

El siguiente enlace cargó otro artículo de Granma de noviembre de 1971. Decía que Vidal nunca tuvo hijos biológicos. Él y su esposa criaron a un niño que, según ellos, fue rescatado durante la Revolución: el único heredero de Vidal.

El nombre de la madre era Emilia Lorena Zayas.

Zayas.

El mismo apellido de la monja que dirigía la escuela para niñas.

Chris extendió la mano y me indicó que le pasara el teclado; el cable quedó estirado y él inclinado hacia delante.

—Veamos algo —dijo y tecleó otro nombre sorprendentemente rápido —. Si María Inés Zayas era la monja que dirigía la Academia Merici. . .

El reloj de arena digital parpadeó mientras se cargaba la página.

—¡Ahí está! —exclamó Chris.

La Casa de Beneficencia, una institución histórica para «niños no deseados», fundada a finales del siglo XVIII .

Esa era la socia no oficial de la Academia Merici, una escuela para niñas dirigida por María Inés Zayas, enfermera del Hospital Calixto García y madre reverenda de la Orden de las Ursulinas de La Habana.

Mis ojos se abrieron como platos.

—Así que era enfermera. . .

—Eso parece —se maravilló Chris.

—¿Hay alguna información sobre su procedencia? ¿Si sigue viva?

—Aquí dice que murió en 1982 en las afueras de La Habana.

—Pero entonces, ¿habrá alguna relación con la otra Zayas? —me pregunté en voz alta—. ¿Con la madre del primer teniente?

Buscamos los resultados de Emilia Zayas y una foto de su obituario apareció en la página. Había muerto en 1988.

Leímos las palabras en silencio; su parecido con la monja era asombroso.

—Esto es una especie de triángulo —dijo Chris en voz baja, casi para sí mismo—. Tienen que estar relacionadas.

Asentí.

—Pero ¿qué hay con Osvaldo? Si mi madre es su madre. . . ¿quién es la mujer que lo crio?

—Imprimamos esto y llevémoslo a tu tío. Quizás él pueda ayudarnos a atar cabos.

***

Una hora más tarde, estábamos de vuelta en la mesa de la cocina de mi tío; le mostramos la pila de papeles impresos.

Mateo miró con detenimiento la foto de Osvaldo, sus ojos querían penetrarlo todo.

—Es increíble lo que has descubierto —susurró y volteó los documentos— y en tan poco tiempo.

—¿Crees que. . .? —Tenía demasiado miedo para terminar la pregunta.

—Sí —respondió Mateo, rescatándome de mí misma—. Sí.

Nos quedamos en silencio, los tres mirando la mesa cubierta de hojas sueltas, con mis notas garabateadas en los márgenes.

—Es difícil no imaginar que podría haber sido uno de mis alumnos —dijo Mateo, sin apartar la mirada de la foto del joven primer teniente—.

Se licenció en Economía en el ochenta y dos.

Por entonces yo era profesor adjunto en el Departamento de Historia.

Los estudiantes de Economía tienen que cursar una asignatura obligatoria sobre la historia de Cuba, que yo imparto.

—¿Y qué hay de esto, tío Mateo? ¿Has oído hablar de la Casa de Beneficencia?

Bajé la mirada con una media sonrisa. A pesar de la prisa por obtener respuestas, me gustó que Chris llamara «tío» a Mateo. Él también era hijo de inmigrantes y comprendía que cierta nomenclatura podía devolver la dignidad que de otro modo era negada.

—La Beneficencia era un orfanato aquí en La Habana —confirmó Mateo y agarró la página que Chris le extendía. Luego agarró su bastón, que descansaba en el borde de la mesa y con gran esfuerzo se acercó al aparador donde tenía su viejo televisor.

Rebuscó entre una pila de periódicos viejos en la gaveta de abajo.

—Recuerdo haber visto un artículo en la revista Bohemia sobre el orfanato.

Causó un gran revuelo en ese momento porque nadie hablaba realmente de la adopción formal en aquella época.

A principios de los años sesenta, justo cuando el régimen tomó el poder, agradecieron de manera pública a las organizaciones benéficas católicas que los habían ayudado a «rescatar» a la próxima generación de niños cubanos.

Fue un hecho importante, porque Castro ya estaba comenzando el lento proceso de nacionalización de las propiedades de la Iglesia.

No entendí por qué las reconocía cuando a la par quería silenciar la religión.

Pero, al parecer, había una red de monjas que dirigían una escuela en La Habana, junto con el orfanato, y que acogieron a muchos bebés al comienzo de la Revolución.

Se trataba de hijos de viudas y solteras, gente del campo que fue víctima colateral en zonas donde se libraron algunas batallas.

Por eso Fidel destacó el poder de la Iglesia para rescatar a miles de criaturas que, con el tiempo, se convertirían en miembros del Partido Comunista.

Por eso tomé nota; era inusual desde una perspectiva histórica.

Juraría que guardé ese artículo aquí en alguna parte. . .

Chris se acercó a la vitrina pulida y se agachó; quería ayudar a Mateo a revisar aquellos viejos papeles. Levantó un folleto brillante de la pila de recortes en blanco y negro.

—¿Es este? —preguntó Chris.

—¡Ese! —exclamó Mateo y le quitó la revista de las manos.

Me acerqué a donde estaban ellos y me senté en la alfombra ovalada, con sus espirales azul marino y rojas deshilachadas por los bordes.

Mateo me entregó la revista.

—Emilia Lorena Zayas, esposa de Osvaldo Rosario Vidal, adopta a un bebé —leí en voz alta para traducirle a Chris.

Se me erizaron los finos pelos del brazo.

—Sí se parece mucho a la monja —exclamó Chris.

—¿Qué monja? —preguntó Mateo.

—Había una monja que dirigía una escuela de inglés para niñas. . .

—¿La Academia Merici? —interrumpió Mateo—. ¿Por qué es importante?

—Porque mi madre dijo que una monja, que también era enfermera, se quedó con el bebé después de dar a luz. Estaba demasiado débil y pequeño para viajar.

Mateo abrió mucho los ojos.

—¿Crees que esta. . .?

—Sí —respondió Chris al intuir que yo estaba demasiado abrumada para seguir hablando—. Nuestra hipótesis es que están emparentadas. ¿Quizás le dio el bebé a su hermana? ¿O a su prima? Quizás por eso tienen el mismo apellido materno.

—Bueno, solo hay una persona que nos lo puede decir —susurré, abatida, mientras miraba la foto de la monja—, y está muerta.

—Pero tu mamá está viva —exclamó Mateo y me rodeó los hombros con el brazo—. Tu madre está viva y puede decirnos si se trata de la misma mujer.

—Tienes que enseñarle la foto a tu madre, Lily —coincidió Chris y colocó con delicadeza los papeles sobre la mesa—. Es la única forma de saber si todo esto tiene sentido.

—¿Y si nos equivocamos? —pregunté—. No tengo valor de darle falsas esperanzas.

—Quizás lo mejor es que no le enseñes la foto de Osvaldo todavía. Solo enséñale la de la monja. Necesitamos saber si vamos por buen camino.

—Así sabremos —añadió Mateo.

Me quedé mirando las fotos pixeladas que tenía delante.

¿Quiénes eran estas mujeres?

¿Y quiénes eran. . . para mí?