Capítulo 46
C hris y yo regresamos a nuestra casa particular, empapados en sudor tras la larga caminata.
Demasiado cansados para entrar, nos sentamos en el portal, en un par de mecedoras de madera situadas detrás de dos grandes columnas de mármol.
Yoanka preparó un café muy fuerte y colocó dos pequeñas tazas de cristal en la mesa redonda que había entre nosotros.
Noté que algo le preocupaba a Chris.
—A ella le habría encantado esto —susurró Chris en voz baja, hablando por fin luego de un largo silencio. Se reclinó en la mecedora, meciéndose con suavidad en el aire quieto.
—Le habría fascinado —coincidí y asentí con la cabeza mientras observaba a los niños con sus uniformes escolares azules y blancos patear un balón de fútbol desinflado por la acera—.
Habría amado el Malecón, sobre todo. La cálida brisa nocturna.
El baile. Pero. . . —Hice una pausa—. ¿Aquí hay Coca-Cola Light?
—imité la voz grave y resonante de Hana y alargué las vocales como toda una chica californiana.
De inmediato nos echamos a reír y Chris escupió el agua que acababa de sacar de su mochila. Nos reímos hasta que nos dolió el estómago, reímos hasta llorar.
—La prohibición de los productos Coca-Cola la habría destrozado —admitió Chris y su risa estrepitosa se convirtió en una leve sonrisa.
—Las gaseosas Ciego Montero no habrían sido suficientes —sonreí y sacudí la cabeza mientras imaginaba el horror de Hana ante el azúcar cubano sin refinar.
Ambos sonreímos.
—Fue la mejor amiga que he tenido en la vida —dije con lágrimas en los ojos.
—Yo también —dijo Chris y miró sin pestañear la pintura verde descascarillada del portal—.
Me siento estancado, Lily. Me despierto cada mañana pensando en la distancia entre la vida que habíamos planeado y la vida que tengo.
Sueños destrozados y potencial truncado.
Todo lo que veo es un espacio en blanco.
Un espacio en blanco, aterrador y vacío.
Ya no sé cómo seguir, cómo avanzar hacia adelante.
No sé si es porque no quiero o porque no sé cómo.
—No tienes que avanzar a ningún sitio, Chris —le dije y crucé las piernas para recostarme en la mecedora—. El duelo es un proceso, no un acto. No puedes hacerlo desaparecer, no puedes acelerarlo. Creo que solo tienes que dejar que se disuelva en ti. A la larga, se convierte en parte de ti.
Me reacomodé en la mecedora y posé la mano suavemente sobre mi estómago.
—No solo sobrevivirás a este dolor, sino que te dará una nueva visión. Verás el milagro de la humanidad que antes ni siquiera notabas: la sonrisa de un bebé, un tulipán recién florecido, un horizonte despejado. Ahí es donde vive Dios. Eso es lo que es sagrado.
Intenté sonreír.
Chris asintió con la cabeza y se secó rápido la lágrima que acababa de caer.
—Me parece una traición vivir esta vida sin ella. Y, sin embargo, me parece una traición no hacerlo. Ella me pidió explícitamente que volviera a «encontrar un hogar».
—¿Qué quieres decir?
—Me dejó una carta. Me dijo que volviera a «encontrar un hogar», que lo recreara. Que encontrara un lugar y unas personas donde mi alma pudiera descansar.
Asentí con la cabeza y pensé en la carta de Hana para mí.
—No tiene por qué tener sentido ahora, Chris.
Nada de esto lo tiene. Pero lo que ella te pidió fue quizás el regalo más generoso.
—Señalé las coloridas y destartaladas casas que nos rodeaban, las aceras descuidadas y la pintura descascarillada—.
El amor, ahora lo sabemos, es libertad. Es permitir que tus seres queridos se dejen llevar por la marea del progreso, que se dejen llevar por la corriente del tiempo, sin mantenerlos atrapados en él.
Honra tu amor amándote lo suficiente a ti mismo como para volver a experimentar las alegrías de esta vida.
Chris apartó la mirada de mí; intentaba ocultar su emoción.
—Vamos —dije porque intuí que necesitaba distraerse—. Es hora de volver al trabajo.
Cuando nos levantábamos, apareció un boletín de noticias de última hora en el televisor instalado en la esquina del vestíbulo. Yoanka vino corriendo desde la cocina al oír la alerta.
Tan pronto como la imagen animada de una bandera cubana apareció en la pantalla, la cámara enfocó un escritorio de madera flanqueado por dos podios más altos.
En el centro, allí estaba: Fidel Castro con su característico chándal de los años ochenta y una gorra militar bien colocada en la cabeza.
«Compañeros. . . —comenzó, con la voz más débil que antes—.
El bloqueo sigue, pero venceremos. . .».
Este era el segundo anuncio del Gobierno que presenciaba desde que estaba allí, conferencias de prensa, aleatorias en apariencia, que por lo general comenzaban de la misma manera: quejas del Gobierno contra Estados Unidos, al que culpaba de paralizar la economía cubana con un embargo comercial «malicioso e innecesario».
Incluso había una serie de dibujos animados para niños que se emitía los sábados por la mañana en uno de los tres canales de televisión estatales, en la que el villano era un hombre canoso y delgado con sombrero de copa que vestía de rojo, blanco y azul. Se llamaba «Tío Sam».
Castro celebró esta conferencia con dos hombres detrás de él.
Había un señor mayor con traje y el pelo teñido de negro que parecía ser algún tipo de asesor.
A su izquierda había un hombre joven y atractivo con gafas finas y una espesa melena rubia y rizada.
Tenía la piel bronceada y los ojos de un verde brillante.
Aparentaba unos cuarenta años, llevaba un corte de pelo juvenil y una mandíbula cincelada.
Vestía el uniforme verde olivo del Ejército cubano, adornado con dos flechas doradas que miraban hacia abajo cosidas en la solapa de la chaqueta.
Eso significaba que era primer teniente.
Castro continuó con su anuncio, una serie de proclamas que no entendí del todo, algo sobre una nueva respuesta al embargo.
A continuación, pidió al joven que se acercara, con la clara intención de mostrar un relevo generacional, un Ejército cubano más joven y revitalizado con una postura inquebrantable contra el «sabotaje y subterfugio» del Gobierno estadounidense.
En cuanto el teniente se acercó al micrófono, algo en su comportamiento me llamó la atención.
Echó una mirada rápida y furtiva lejos de la cámara, casi parecía tímido, como si no quisiera estar allí.
Me fijé en un pequeño colgante de plata escondido dentro del impecable cuello blanco de su uniforme.
Era un colgante redondo con la imagen grabada de un santo con tres monedas de oro en una mano, entrelazadas con las pequeñas manos de un niño.
Muy parecido al de mi madre.
—Chris —le di un codazo en las costillas—. Mira.
Chris levantó la vista del Juventud Rebelde, el periódico que sostenía mientras intentaba pronunciar las palabras en español.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—¿Ves a ese tipo? ¿El más joven? ¿El que está al lado del presidente?
—Sí —respondió, con la mirada fija en la izquierda del podio—. El que se parece a. . . —Se quedó sin aliento—. Coño. El que se parece a. . . ti.
—¿Puedes ver su nombre? —le pregunté, entrecerrando los ojos para detallar la placa de bronce grabada en la solapa de su chaqueta.
—Z-A-Y-A. . . —leyó Chris en voz alta, acercándose al televisor—. No puedo ver el resto.
En ese momento, apareció en la pantalla un subtítulo con los nombres de todos los que estaban en el podio:
Fidel Castro, presidente
Miguel Díaz-Canel, primer secretario del Partido Comunista de la provincia de Villa Clara.
Osvaldo Vidal Zayas, hijo, primer teniente Zayas.
Había visto ese nombre antes.
—Vamos —dije, me levanté y me puse la mochila al hombro.
—¿Adónde? ¿No quieres escuchar el resto de la conferencia? —preguntó Chris.
—Ya hemos visto suficiente. Tenemos un nombre.