Toda la vida es ahora Capítulo 45
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Capítulo 45

P asé las siguientes tres semanas en La Habana y se me estaban agotando el dinero y el tiempo.

Aprendí de inmediato lo difícil que era ser periodista en Cuba y hacer el tipo de investigación que en mi país se daba por sentado.

No podía consultar los registros policiales, ni acceder a las listas de presos, ni presentar una solicitud en virtud de la Ley de Libertad de Información.

¿Cómo iba a localizar a mi hermano, un misterio esquivo entre el mar de cubanos que luchaban por sobrevivir, abandonados por promesas incumplidas?

En cada larga caminata hasta una nueva oficina de Gobierno municipal, me resultaba raro ver el país natal de mi madre, el lugar donde ella podría seguir, donde yo podría estar, si no hubiese sido por la violencia que la obligó a marcharse.

Toda la ciudad era una dicotomía andante: casas coloridas, niños jugando fútbol y bebiendo jugos de fruta fresca que sabían como recién sacados de la vid.

Y luego estaba el Malecón, el encantador paseo marítimo que se extendía a lo largo de la ciudad.

Cobraba vida por la noche: adolescentes que exploraban el amor prohibido bajo la cálida brisa del anochecer, familias con niños pequeños que corrían por el hormigón agrietado, las risas de todos que se perdían en el viento.

Y, sin embargo, había una cúpula invisible de decepción que cubría la ciudad y que atrapaba los sueños que flotaban como papalotes en el cielo nocturno.

Había muy pocos puestos de trabajo, muy poca industria y demasiados jóvenes sin empleo.

No había ningún sitio adonde ir. Las escuelas eran gratuitas, pero no había oportunidades.

Los médicos llevaban a los turistas en taxis con forma de coco y ganaban más dinero que cuando atendían a sus pacientes.

Era una ciudad de enigmas, la resistencia de un pueblo vibrante y dinámico atado por la cuerda invisible del poder sin control.

No podía entenderlo.

Pero, aunque mi corazón estaba confuso, mi propósito estaba claro.

Pasé horas en la Oficina del Registro Civil entre polvorientos catálogos de fichas abriendo los cajones ordenados por orden alfabético y sus correspondientes números.

Revisé montones de documentos —partidas de nacimiento y certificados de defunción— encuadernados con cinta de color.

Mientras tanto, Chris se sentaba a mi lado y analizaba en silencio las páginas en busca de cualquier referencia al nombre de mi madre o a bebés encontrados entre 1957 y 1958, después del ataque al palacio.

Chris se había convertido, de forma inesperada, en un compañero de viaje prometedor. Yo había llegado a apreciar mucho su firme creencia en la nobleza de mis actos, en la necesidad de rescatar esta historia y en la lucha por sanar a mi familia.

En la práctica, su compañía me permitió acceder a lugares a los que no podría haber entrado sola.

Él fue el primero en abrirme la puerta, en indicarles en silencio a los hombres que me miraban con lascivia desde las esquinas, mientras yo garabateaba distraída en mi libreta, que estaba protegida, que él estaba allí, vigilando.

Les dijo, a los funcionarios de la biblioteca y de los edificios gubernamentales, que no me miraban a los ojos que lo hicieran.

«Ella es la jefa», les ordenaba, con firmeza y sin ambigüedades.

Exigía que el mundo me tratara con el respeto que él consideraba que me merecía.

Y escuchaba.

Al final de un largo día o al comienzo de uno nuevo, Chris se sentaba tranquilo y sereno, tomaba notas mientras yo exponía nuestros planes y me sentía animada al contar y volver a contar las pistas que había recopilado.

Me ayudaba en silencio a encajar las piezas del mosaico de información, en apariencia aleatorio, que estábamos recopilando, hasta que de a poco dicha información comenzó a tener sentido.

En nuestra cuarta semana, encontré algo inusual.

Un artículo del Diario de la Marina, con fecha del 11 de julio de 1961, mostraba una foto de un edificio en ruinas en La Habana con siete monjas de pie frente a sus puertas dobles.

«Escuela de niñas será demolida a finales de mes», decía la leyenda.

El párrafo siguiente decía que el edificio había sido propiedad y estaba gestionado por una orden de monjas ursulinas.

Recordé a mi madre sentada en nuestro sofá en Elk River, con lágrimas corriendo por sus mejillas mientras temblaba como una niña en mis brazos, contándome los detalles de su historia.

Algo que había dicho aquella noche, una pequeña mención que casi había olvidado, era que la enfermera del hospital que la había convencido para que se marchara también era monja.

—¿Has oído hablar alguna vez de las monjas ursulinas? —le pregunté a Chris, que miraba un mapa de la parte oriental de la isla anterior a la Revolución—. Al parecer, dirigían una escuela para niñas en La Habana.

Chris dejó el mapa con cuidado sobre la gran mesa metálica y se acercó a donde yo estaba sentada. Se asomó por encima de mi hombro para ver la foto en color sepia que había entre las páginas.

—¿Son ellas? —preguntó y señaló otra foto justo debajo del pliegue, en la que el mismo grupo de siete personas estaba sentado en un banco con el nombre de la escuela. Una monja sentada delante sostenía un rosario grande. El grupo de mujeres miraba a la cámara, sin sonreír.

—«La hermana María Inés Zayas dirige la Academia Merici, una escuela para muchachas en La Habana» —leí en voz alta—. «La academia fue fundada en 1941 para ofrecer educación en inglés y servicios sociales a mujeres jóvenes. El edificio cerrará a finales de julio por orden del Gobierno».

—Muy interesante —se maravilló Chris—. Servicios sociales específicos para mujeres jóvenes.

—Exacto —coincidí—. Me llamó la atención porque mi madre mencionó que una enfermera la había ayudado, pero también dijo que llevaba una especie de hábito religioso. Como una monja.

—A juzgar por la descripción de la escuela —Chris pasó los dedos por el pie de foto—, parece que si había una joven necesitada, por ejemplo, una que había tenido un bebé bajo coacción, este grupo en particular se habría inclinado a ayudarla, ¿no?

—Quizás hemos dedicado demasiado tiempo a buscar al hombre que engendró al bebé, ese tal Silva, ¿y no el suficiente a buscar a la mujer que lo salvó? —pregunté en voz alta.

—¿Deberíamos investigar la escuela? —preguntó Chris—. Anotemos el nombre de la monja y, cuando encontremos conexión a Internet, podremos echar un vistazo. Es una pista bastante sólida, Lily. —Chris anotó los detalles en su libreta.

—Es que todavía no tenemos confirmación de que esta monja en concreto fuera enfermera, ni de que estuviera cerca de la prisión en ese momento, ni. . . —Empecé a dar vueltas y el miedo al fracaso se apoderó de mí.

—Lily —me interrumpió Chris y me puso la mano en el hombro—. Esto es algo. Es más de lo que teníamos antes.

—Es solo que. . . Me siento más lejos y más cerca al mismo tiempo. Como si estuviéramos a punto de descubrir algo y, sin embargo, más lejos de lo que estábamos cuando llegamos.

—Solo necesitamos una cosa para abrirnos camino, Lily. Lo encontraremos. Lo presiento.