Capítulo 44
C hris y yo nos dirigimos a la casa de Mateo, la misma en la que había vivido y fallecido su tío Camilo.
La vivienda estaba situada en el Vedado, un bullicioso barrio residencial a pocos metros del Malecón, el paseo marítimo que rodeaba la ciudad.
Era una construcción baja de dos pisos, con las paredes exteriores pintadas de amarillo, escondida detrás de una valla de hierro negro en cuyos barrotes se enredaba una hiedra verde.
La puerta se abrió en cuanto me acerqué al portal delantero.
Un hombre alto, con gafas, estrecho de hombros y una camisa holgada de franela apareció en el umbral.
Tenía el pelo corto y gris, y sus gruesas ondas me recordaban a las de mi madre.
Y luego estaba su piel, de un marrón dorado, eternamente bañada por el sol y reluciente gracias a la fina capa de sudor y humedad que la recubría.
Mateo dio un paso hacia el portal, se ajustó las gafas y sus labios carnosos esbozaron una pequeña sonrisa.
—¿Liliana? —preguntó incrédulo y se agarró de la barandilla. En la otra mano llevaba un bastón de madera tallada.
—Sí, soy yo —dije, abrí la reja y me acerqué al portal.
Él avanzó con paso débil hacia el primer escalón. Chris se inclinó para ayudarlo mientras yo le tendía la mano. Mateo la tomó entre las suyas, con ansias y avidez, y me miró con nostalgia. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Se parecía tanto a mi madre.
De repente, Mateo me abrazó y con un golpe sordo su bastón cayó al suelo. Su cuerpo se estremeció mientras tragaba saliva para contener los sollozos que brotaban en silencio; sus lágrimas caían sobre mis rizos, manchas oscuras que se extendían por la tela roja brillante de mi cintillo.
—Pero eres igualita a tu mamá —logró decir y se separó para mirarme mejor—. Idéntica a Marisol cuando tenía tu edad.
Mis ojos se abrieron con sorpresa. Su inglés era perfecto.
—Ah, sí —dijo—. Hablo inglés. Soy profesor en la universidad.
Sonreí y el alivio de saber que podía comunicarme en mis dos amados idiomas se extendió por todo mi cuerpo.
—¿Y a quién tenemos aquí? —preguntó Mateo señalando con la cabeza a Chris, quien ahora estaba apoyado en la columna de mármol del portal—. ¿Tu noviecito?
—¡ No! —dije al tiempo que Chris negaba vehemente con la cabeza. ¿Cómo había entendido Chris esa palabra?—. Es un amigo —le expliqué—. Es el marido de mi mejor amiga. O, bueno . . .
Miré a Chris con dolor. ¿Qué era él para mí, ahora que había desaparecido el único vínculo que nos unía?
—Dale, compadre. Pasa. No te escondas en los arbustos. Tengo un cafecito esperándolos a ambos.
Seguimos a mi tío al interior de su casa, que olía a café caliente y azúcar.
Las paredes estaban desnudas, con la salvedad de unas pocas fotos enmarcadas.
En una de ellas, vi a quienes debían ser sus padres, mis abuelos.
Una mujer delgada, de piel morena, estaba sentada con recato detrás de una mesa con un mantel de encaje doblado en forma de triángulo.
Detrás de ella, un hombre, algo rudo, miraba con severidad a la cámara.
—Tus abuelos —dijo Mateo y sirvió el café humeante en un vaso pequeño.
—¿Y esa? —señalé una foto cuadrada en blanco y negro justo debajo, con dos niños de risas idénticas y rizos abundantes.
—Tu madre —dijo y se sentó gimiendo por el esfuerzo—. Y yo.
Toqué el cristal del marco que protegía la única imagen que había visto de mi madre en su niñez. Con los ojos soñadores y curiosos, y una amplia sonrisa, se estiraba hacia el cielo mientras su hermano la observaba.
Me volví hacia Mateo.
¿Cuándo se había convertido la niña de la foto en la mujer que era mi madre?
—Estoy buscando a mi hermano —solté, todavía de pie en el pasillo.
—Lily, ¿por qué no te tomas primero un sorbo de café? —sugirió Chris con delicadeza y haló una silla de la mesa de la cocina.
Mateo suspiró y miró la pequeña taza; su débil mano temblaba un poco. No parecía molesto por mi pregunta. Al contrario, casi creí percibir una oleada de alivio.
—Tenía el presentimiento de que dirías eso —dijo y colocó el bastón en el borde de la mesa—. O más bien, temía que lo confirmaras.
—¿Qué quieres decir?
—Ella nunca me dijo nada —respondió Mateo, con una voz cada vez más exasperada y triste, con el dolor grabado en las acentuadas arrugas de su rostro—.
Marisol nunca dijo con exactitud qué era, pero la noche en que huyó mencionó que había dejado algo atrás.
Su partida de la isla fue dolorosa, pero ese dolor iba más allá de dejarme a mí o a nuestros padres.
Ella estaba diferente, no solo a nivel emocional, sino también físico.
Parecía ausente, vacía. Y su cuerpo hinchado, más pesado.
Sangraba, claro; tenía cortes en la cara por el viaje nocturno y por las cosas infernales que sin duda había sufrido a manos de esos monstruos.
Pero también había sangre en la parte trasera de sus pantalones.
Mi madre le dio algunos de sus viejos pañuelos y blúmeres para que se embarcara, pero apenas le servían, pobrecita.
Hice una mueca al oír a mi tío describir el estado de mi madre. Quería llorar, gritar, correr hacia ella y abrazarla. ¿Cómo podía alguien hacerle eso al hijo de otra persona? ¿A una mujer que acababa de dar a luz?
Recordé mi propio vientre hinchado y mi cuerpo adolorido.
Sufrí durante semanas después del aborto espontáneo y mi bebé no había llegado a término.
¿Cuánto debió de sufrir mi madre, que sostuvo las diminutas manos abiertas de su primogénito y se vio obligada a dejarlo atrás, mientras él todavía la procuraba?
—¿Nunca te lo contó? —le pregunté a Mateo—. ¿Lo del bebé?
—No, pero lo sospechábamos. Mis padres y yo nunca hablamos de ello.
La verdad, fuera cual fuera, era demasiado dolorosa de soportar.
Resultaba obvio que Marisol no tenía al bebé con ella, y conociendo a mi hermana, nunca lo habría dejado atrás de forma voluntaria.
Algo no cuadraba en toda la historia, algo desesperado, devastador, incorrecto.
—¿Sospechas qué le pudo pasar al bebé? —preguntó Chris en voz baja. Era la primera vez que hablaba. Estaba sentado frente a mi tío tomando su primer sorbo de café cubano.
Mateo lo miró.
—Para ser sincero, he intentado no pensar en ello. Hacerlo habría sido reconocer mi propio fracaso. ¿Qué clase de hermano habría sido si hubiera dejado que mi propia sobrina o sobrino, la sangre de mi única hermana, desapareciera en un futuro incierto en algún lugar de la misma isla?
Mateo se quedó en silencio y miró su taza sin moverse. Luchaba por contener las lágrimas.
—Yo solo tenía quince años en ese momento.
En cuanto Mari se marchó, supe que no podía quedarme.
Culpé a mis padres de muchas maneras por su partida; habían intentado retenerla en Camagüey, lo que solo hizo que la universidad le resultara aún más atractiva.
Mi padre creía que las mujeres no debían trabajar fuera de la casa, y mucho menos meterse en la polícon una preocupación;tica.
Él había participado en las huelgas laborales de los años treinta y más tarde me diría que, por lo que vio, el movimiento clandestino en La Habana era demasiado peligroso para una mujer. Y mira lo que pasó.
Mateo bebió un sorbo de su taza.
—Nunca pude entenderlo —continuó—: la renuencia de mi padre a dejarla ir, la necesidad de Marisol de involucrarse tan de cerca en el derrocamiento de Batista.
Pero, aunque no lo entendía del todo, necesitaba alejarme de casa, de la culpa, del trauma, de los secretos.
Y, en cierto sentido, supongo que quería hacer realidad su sueño, completar en parte lo que ella había empezado, dejar Camagüey para venir a La Habana, para que su viaje no hubiera sido en vano.
Llegué aquí tan pronto como cumplí los dieciocho.
Para entonces, la Revolución había triunfado y la universidad había reabierto sus puertas.
Años más tarde, en 1976, Castro se convirtió en presidente y yo en profesor de Historia de Cuba.
De alguna manera, creo que, en mi fuero interno, intentaba comprender todos los acontecimientos que habían moldeado y deformado mi propia vida.
—¿Qué pasó con tus padres? —volvió a preguntar Chris, intuyendo de alguna manera que aún no estaba preparada para hablar.
—Murieron hace casi veinte años. Volví para enterrarlos y, lo juro, seguían esperando que Marisol regresara a casa. Murieron con pocos meses de diferencia.
—Lo siento mucho —dijo Chris con una preocupación sincera—. ¿Alguna vez conseguiste las respuestas que buscabas? ¿Sobre lo que sucedió en aquel entonces?
—No muchas —admitió Mateo—. Contraje la polio en los años sesenta, antes de que la vacuna llegara a Cuba.
—Señaló su bastón—. Pero yo era estudioso y seguí aprendiendo, buscando respuestas.
Cuando me convertí en profesor, con edad suficiente para ser padre de la mayoría de mis alumnos, me sorprendí a mí mismo escudriñando sus rostros, buscándolo a él. O a ella.
—¿A quién? —pregunté por fin y me senté en la silla de mimbre.
—A mi sobrina. O a mi sobrino —suspiró Mateo—. Supuse que el niño ya tendría edad para ir a la universidad. Pero no tenía ni idea de si había sobrevivido. Aun así, empecé a preguntármelo, buscaba con obsesión cualquier rastro de Mari, o de mí mismo, en mis alumnos.
—¿Viste algo? —preguntó Chris y se deslizó hacia el borde de su asiento.
—Por desgracia, no —respondió Mateo y se volvió hacia mí.
Aparté la mirada; no quería que viera las lágrimas que resbalaban silenciosas por mis mejillas.
Chris se inclinó sobre la mesa.
—Paso a paso —susurró con suavidad.
Respiré hondo.
—Quizás puedas echar un vistazo en la Biblioteca Nacional. ¿O en el Registro Civil? —sugirió Mateo—. Necesitarás un nombre y un municipio para hacer cualquiera de las dos cosas. Quizás con los detalles que te haya dado tu madre encuentres algo en los registros.
—Es un buen comienzo —asentí y me levanté de la mesa—. Volveré para contarte lo que encuentre.
—No, sobrina. Te quedas a almorzar. —Mateo dio un golpecito en el brazo de mi silla para indicarme que me sentara—.
Soy un anciano y vivo solo. Acabo de encontrar a la única hija de mi hermana, mi única pariente viva.
Primero, comerás. Luego, me contarás todo lo que hay que saber sobre ti.
Y solo después de eso empezarás a buscar, con mi ayuda y con el poder de los antepasados que te acompañan.