Capítulo 43
N uestra casa particular, un pequeño bed and breakfast que había conseguido después de leer varias guías de viaje, solía ser una residencia para trabajadores agrícolas.
La casa pertenecía a la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños y en la entrada había un letrero que decía ANAP, con la letra «P» desprendida, colgando de la fachada de hormigón.
En la entrada había una pequeña carpeta, o mostrador de bienvenida, donde una mujer llamada Yoanka contestaba el único teléfono del edificio.
Yoanka era joven y rellenita; tenía el pelo negro azabache y un casquillo de oro cubría uno de sus dientes incisivos.
Se balanceaba de un lado a otro mientras caminaba por el pasillo para mostrarnos nuestras habitaciones.
Una al lado de la otra. Cada dormitorio estaba medio vacío: paredes blancas, una cama doble y un televisor.
Sábanas lisas, sin mantas, y una almohada delgada encima de cada cama.
En la esquina había un cuarto de baño estrecho con un cabezal de ducha oxidado atornillado a una altura muy por debajo de lo habitual. Tendría que ducharme de rodillas.
—Gracias, hermana —sonreí y me volví hacia Yoanka—. Muy amable.
Acepté el liviano juego de llaves que me tendió.
—Cualquier cosa, me llaman —nos indicó por encima del hombro mientras desaparecía por el pasillo, ansiosa por seguir leyendo la revista extranjera en la que estaba sumergida cuando llegamos.
Miré a Chris.
—Sé que no es gran cosa —dije a modo de disculpa— pero cuando consulté las opciones con mi madre, ella estuvo de acuerdo en que aquí estaríamos más seguros, ya que este sitio lo gestiona un sindicato de trabajadores.
Hay más gente y más supervisión, lo cual significa más seguridad.
Y el dinero va directamente a los agricultores. ¿Sobrevivirás?
—¿Bromeas? —preguntó Chris emocionado y puso su maleta en el suelo—.
¡Esto es genial! ¿Un dormitorio de agricultores?
—Cogió un ejemplar de Granma, el periódico oficial del partido comunista, que estaba sobre la cama—.
Además, ¿quién ha estado antes en Cuba? —dijo y alargó las dos sílabas para darle más énfasis—.
Ya quiero contárselo a mis padres. De hecho, me recuerda mucho a Costa de Marfil.
—¿En serio? —pregunté.
—Sin duda. La vegetación, las vacas caminando al azar por la carretera, las mujeres que llevan sombrillas para protegerse del sol brutal. Diablos, los colores del lugar, los colores de la gente —sonrió.
—Vaya. Nunca lo había pensado. No he visto antes nada así. . .
Recordé el trayecto desde el aeropuerto.
Había viajado bastante por trabajo desde la universidad, incluso a otras partes del Caribe, pero esto era diferente.
Todo parecía antiguo, como reliquias de otra época.
Los coches, de todos los colores del arcoíris, eran más viejos que yo.
Los edificios eran bajos y de hormigón, salvo algunos monumentos de mayor altura que pasamos cuando el conductor anunció que estábamos en la plaza de la Revolución.
Pero a pesar de todos los colores de la gente y la vegetación, no pude dejar de notar un velo gris sobre todo lo «oficial»: las autopistas, las carreteras, los edificios.
Toda la ciudad parecía una foto de San Petersburgo, Rusia, como si la hubieran dejado caer en medio del mar Caribe.
Busqué el trozo de papel doblado en el bolsillo trasero de mis jeans blancos.
En el papel estaba garabateado el número de teléfono que me había dado mi madre, su único contacto para localizar a mi tío.
No me dijo cómo lo había conseguido ni cuánto tiempo hacía que lo tenía.
Solo me dijo que llamara al número y hablara con él en cuanto aterrizara.
—Creo que mi tío sabe que estoy aquí, o al menos que iba a venir —le dije a Chris, quien estaba de pie en el marco de la puerta de su nueva habitación—. A ver si Yoanka nos permite usar el teléfono unos segundos.
Dejé mi equipaje dentro de la habitación y me dirigí a la recepción.
Yoanka estaba fuera, en el portal, hablando con unos amigos y eso significaba que el teléfono estaba libre. Marqué el número de seis dígitos.
Esperé varios tonos, hasta que respondió la voz de un anciano.
—¿Hola?
—Buenas tardes, soy yo, Liliana Soto —carraspeé—. Estoy buscando al señor Mateo Soto. . .
—¿Liliana? ¿Estás aquí? ¿Ya llegaste? —respondió la voz con una serie de preguntas.
Miré a Chris, quien se había acercado silencioso por el pasillo para ver cómo estaba. Me observó con ansiedad; trataba de reconstruir la información a partir de mis reacciones.
—Creo que es él —articulé con los labios, cubriendo el auricular con la mano—. Me está preguntando si he llegado.
—¿Aló? —comenzó la voz, preguntándose si yo todavía estaba allí.
—Sí, sí, disculpe —respondí—. ¿Es usted? ¿Señor Mateo?
—Sí —respondió la voz—. Soy Mateo. Soy tu tío.
Mi tío, dijo.
El hermano pequeño de mi madre.