Toda la vida es ahora Capítulo 42 Lily
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Capítulo 42 Lily

Miré por la ventana y me encontré con un mar de exuberantes campos verdes, de árboles frondosos, de palmeras con hojas tan largas como mi cuerpo.

¿Y lo mejor?

Podía verlo todo.

No había edificios altos que bloquearan las vistas; ninguna de las construcciones de cemento sobrepasaba los dos o tres pisos. Podía ver el horizonte extendido, la tierra que se alargaba por kilómetros hasta tocar el mar.

Esto era Cuba, el país con el que había soñado, el país del que aprendí a no preguntarle nada a mi madre mientras crecía.

Las ruedas del avión chirriaron al detenerse y el piloto hizo un anuncio en inglés con un acento muy marcado.

Éramos alrededor de tres decenas de pasajeros en nuestro pequeño avión procedente de Miami .

Todos se apresuraron a recoger su equipaje después de bajar muy rápido las pequeñas escaleras situadas directamente en la pista.

Cogí mi maletica y los seguí por el estrecho pasillo hasta llegar al área de migración, una sala casi vacía con suelos de mármol. Un anciano sentado en el centro de la sala, en un viejo escritorio de madera, dirigía a la gente a una de las dos colas: cubanos o extranjeros.

—¿Cubana? —me preguntó con rudeza cuando me acerqué.

Se me paró el corazón. ¿Lo era?

Negué con la cabeza y agarré mi pasaporte azul oscuro con un águila calva en la portada.

—A la derecha —me indicó y me envió al final de la fila para visitantes extranjeros, detrás de tres pasajeros que hablaban entre sí en lo que parecía ser alemán.

Después de una larga espera, llegó mi turno de acercarme al mostrador.

La agente, una mujer mayor de aspecto serio con el pelo teñido de rojo cobrizo, estaba sentada en su cabina detrás de una pantalla protectora de cristal.

Señaló el vidrio y metió la palma de la mano por una pequeña abertura en la parte inferior.

—¿Pasaporte?

Le entregué el pasaporte que había tenido durante los últimos siete años, con una foto tomada en la farmacia Eckerd de Elk River justo antes de empezar la universidad.

La agente de migración lo abrió con lentitud. Miró la foto y luego me miró a mí. Hizo una pausa. Se volvió hacia el ordenador que tenía al lado, un artefacto que parecía una versión apenas actualizada de una máquina de escribir, e introdujo mi nombre en el campo correspondiente.

Empecé a sudar.

¿No era aquí donde mami decía que la policía secreta te detenía si algo no les gustaba? ¿Que te desaparecían sin explicaciones para que ya nadie volviera a saber de ti?

—¿Qué hace usted aquí? —preguntó la agente con hosquedad, lo cual me distrajo de los escenarios catastróficos que se agolpaban en mi mente.

—Soy periodista —respondí, tratando de reunir toda la confianza que pude.

La mujer se quedó en silencio. Me miró de nuevo.

De repente, soltó un silbido y levantó la mano al aire.

—¡Alejandro! Ven pa’cá —gritó. Un hombre más joven con uniforme marrón descolorido, al que no había visto antes, salió de entre las sombras justo detrás del cristal y se acercó corriendo a la cabina de la agente

La mujer señaló algo en la parte superior de la pantalla de su ordenador.

Intenté inclinarme para ver el contenido de la página, pero, cuando la agente percibió mi mirada sobre ella, hizo un gesto sugiriéndome que mejor lo pensara dos veces.

El agente refunfuñó algo y luego señaló la esquina inferior izquierda de la pantalla.

La mujer lo miró y se intercambiaron una pregunta.

—¿Seguro? —preguntó ella.

El hombre asintió con discreción.

—Dale —concedió ella mientras él se daba la vuelta para marcharse.

Con obvia duda, la mujer selló mi pasaporte y me lo devolvió, deslizándolo despacio por la pequeña abertura debajo del cristal.

Recogí mi maleta del suelo y me colgué la mochila al hombro.

—Gracias —murmuré y recuperé mi pasaporte a toda velocidad. Luego corrí hacia la salida antes de que ella cambiara de opinión.

Sentí un nudo en el estómago.

¿Qué había visto? ¿Sería esto algún tipo de prueba retorcida? ¿Habría un guardia armado esperándome una vez que llegara a la terminal?

Mis ojos se posaron en el letrero sobre el pasillo de mármol: Llegadas.

Pasé rápido junto a la cinta de equipajes, solo con mi maleta de ruedas en la mano y entré en el caos de la zona de arribos.

En cuanto salí por las puertas correderas, Chris estaba allí, más allá de la barrera metálica, me esperaba entre la multitud de cubanos que daban la bienvenida a los pasajeros que llegaban.

—¡Lily! —saludó con entusiasmo, como un turista que ve a su guía de safari. Llevaba medias blancas altas y bermudas color caqui, iba vestido como si fuera a una expedición para observar aves exóticas.

—Hola —respondí, avergonzada, en voz baja. No quería llamar más la atención.

—¿Nos vamos de aquí?

—Claro —respondió Chris, confundido y tal vez ofendido.

Atravesé las puertas dobles y salí a la acera, donde la oleada de calor me pilló desprevenida. La humedad no se parecía a nada que hubiera sentido alguna vez. El aire era espeso y cubría mi cuerpo con una capa de vapor que no había experimentado jamás.

Un enjambre de hombres se nos acercó, gritando una cacofonía de órdenes y preguntas:

—¿Taxi?

—¿Máquina?

—¿Dólares americanos?

—¡Veinte pesos!

Chris me seguía de cerca, con su gorra caqui a punto de caerse por lo rápido que iba con tal de mantener mi ritmo.

Me abrí paso entre la multitud, vi la pequeña cabina a cuadros de la parada oficial de taxis y tras intentar regatear acepté pagar diez CUC, que según había leído era la tarifa en moneda cubana para los extranjeros.

Chris y yo cargamos nuestro equipaje en el amplio maletero del taxi, un Ford azul claro de los años cincuenta.

El conductor había hecho todo lo posible por mantenerlo en perfectas condiciones: estaba recién pintado y con las llantas plateadas recién pulidas.

Me metí en el asiento trasero y coloqué mi mochila a mi lado.

Chris se deslizó por el cuero blanco rayado y se enredó con su riñonera, una de esas carteras que las señoras mayores llevaban debajo de la ropa por miedo a los carteristas.

Jesús.

El conductor, un hombre barrigudo de la edad de mi padre, nos miró por el espejo retrovisor.

—¿Listos?

—Sí —respondí—. Al Vedado, por favor. Calle 13 y C. Frente a la embajada de China.

Chris me miró sorprendido.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—No sé —respondió—. Es que nunca te había oído hablar español.

Apoyé la cabeza contra el marco de la puerta del coche y el conductor arrancó. Las ventanillas estaban abiertas y sentía la brisa en mi pelo a medida que el auto ganaba velocidad.

—Sí —respondí con desgana, ya agotada por el viaje—. Supongo que no.

—Lo siento —añadió, de repente cohibido—. ¿Dije algo malo? ¿Te ha ofendido?

—No —respondí con simpleza y aspiré la brisa, el aroma rico de la tierra después de una lluvia intensa—. Supongo que en la universidad no tenía a nadie con quien hablar, salvo con algunos trabajadores de la cafetería y guardias de seguridad. No había muchos estudiantes latinos.

—Bueno, es bonito —aseguró Chris—. Solo que. . . pareces una persona diferente. Es como si te conociera por primera vez.

—Bueno —dije y me reacomodé para apoyarme en la puerta—, si este viaje sale según lo previsto, estoy segura de que descubrirás muchas cosas sobre mí por primera vez.

—¿Estás nerviosa? —preguntó y se apartó de la ventana para mirarme.

—Sí —respondí con sinceridad—. Mi madre cree que es una misión suicida. Mi jefa me ha amenazado con despedirme si malgasto su dinero en un proyecto absurdo. Y no tengo ni idea de a quién estoy buscando.

—Pero sí lo sabes —respondió Chris.

—Ni siquiera sé el nombre de mi hermano —suspiré y me sentí ya algo derrotada.

—Pero tienes el de tu tío. Ese es el primer paso. Y ahora mismo eso es lo único que importa: encontrar a Mateo Soto.

Mis labios esbozaron una media sonrisa.

Chris había recordado el nombre de mi tío.

—Supongo que tienes razón —admití—. Quizás seas un buen asistente de investigación después de todo.

Chris se rio.

Hicimos en silencio el resto del trayecto.