Capítulo 41 Marisol
Marisol se arrodilló en el armario polvoriento que compartía con su marido, repleto de todas las prendas que había poseído en su vida.
Apartó los vestidos colgados, que eran ya poco más que harapos, pero aun así no podía desprenderse de ellos. En el rincón más oscuro, bajo un montón de viejos suéteres de segunda mano que había comprado por unos centavos en Goodwill, estaba la caja de zapatos, destrozada por el paso del tiempo.
No la había abierto en cuarenta y un años.
Saber lo que había dentro era suficiente tortura, el único portal entre su vida actual y aquella otra que ahora parecía un recuerdo descolorido de otra persona. Nunca había querido volver a abrirla.
Pero esta vez tenía que hacerlo.
Las rodillas de Marisol crujieron cuando alcanzó la caja de cartón y levantó con suavidad la tapa.
Dentro estaban los fragmentos más dolorosos de su pasado.
Un trozo cuadrado de papel amarillento, arrancado de las páginas de su diario de estudiante, yacía sobre una carpeta rota en la que solo había un número garabateado y la mitad de una dirección escrita con tinta negra:
7 832 7314 // Vedado // Calles C y 13
Debajo estaba su carné de identidad, donde el rostro de una joven de diecinueve años la miraba impávida.
Apenas podía reconocerla. En la parte posterior había una pequeña foto Polaroid, sujetada por un clip.
Allí estaba Marisol, con una túnica blanca, una amplia sonrisa y el pelo suelto cayéndole en la cara.
Sus cachetes eran gorditos y redondos. Un joven estaba de pie junto a ella, con el brazo tendido sobre sus hombros.
José.
Marisol respiró hondo y se le llenaron los ojos de lágrimas mientras contemplaba la única foto que tenía de antes: de antes del trauma, de antes de la redención, de antes de su renacimiento forzado.
Marisol lloró. Aún podía sentir cómo le arrebataban a su bebé de los brazos. Aún podía sentir las manos temblorosas de su padre cuando le entregó el carné de identidad, con esa mirada que reflejaba decepción y miedo en igual medida.
Se abrazó a sí misma.
Saber que la caja estaba allí ya era bastante doloroso, pero tener que ignorarla era un castigo diario que ella se autoimponía. Su contenido la atormentaba cada mañana mientras elegía la ropa.
Pensaba que se merecía esa tortura.
Marisol cogió el papel descolorido y lo sostuvo en una mano y con la otra buscó el pomo de la puerta para equilibrar su peso al levantarse despacio.
Los músculos de la espalda se le tensaron al ponerse erguida.
Salió de la habitación y recorrió el pasillo; miró fijo el teléfono negro colgado en la pared de la cocina.
No podía perder los nervios. Tenía que hacerlo mientras Kem estuviera en el trabajo y tenía que hacerlo por Lily.
Para protegerla.
Por supuesto, no hubo forma de disuadir a Lily desde que tomara esa decisión.
Marisol intentó decirle que no era seguro, que Cuba no era la misma que en su juventud.
El régimen sólo se había fortalecido, su poder se había consolidado, solo que esta vez bajo un nombre diferente.
El control del Gobierno sobre su pueblo se había consolidado mientras el país se deterioraba y lo que los hombres estaban dispuestos a hacer con ese poder no tenía límites.
Marisol tenía cicatrices que lo demostraban.
Pero, al final, ¿cómo podía Marisol haber evitado decirle la verdad?
Era imposible ver las lágrimas de su hija, ver su corazón roto, y permanecer en silencio.
No podía evitar preguntarse si el dolor de Lily era un reciclaje de su propio sufrimiento, una cruel retribución cósmica por haber dejado atrás a su hijo.
Y, sin embargo, Marisol conocía el riesgo.
Conocía a su hija.
En cuanto las palabras salieron de su boca, Marisol supo lo que Lily iba a hacer. Y tal vez, en lo más profundo de su ser, esperaba que lo hiciera.
Marisol quería que Lily hiciera con su libertad, con sus privilegios y su distancia, lo que ella misma no pudo hacer.
Quería que encontrara a su bebé.
Marisol se había resignado al interminable sufrimiento de no ver a su hijo nunca más.
Pero ¿y si. . .?
¿Y si pudiera confirmar que estaba vivo? ¿Saber qué había sido de él? Eso le bastaría para vivir el resto de sus días.
Marisol sintió una oleada de esperanza tan poderosa que una sonrisa se dibujó en las comisuras de sus labios.
Era un pensamiento que no se había permitido albergar en más de cuatro décadas.
Y, sin embargo, ahí estaba su hija, una heroína inesperada en la triste saga de Marisol, inyectándole esperanza donde antes solo había desesperación.
Marisol quería confirmar que esa misma desesperación, ese sacrificio, había dado algún fruto. Había servido para algo. Y que su decisión no había sido en vano.
Al fin y al cabo, ese bebé le había salvado la vida.
Al marcharse, ¿le había salvado la suya a él?
Temblando, Marisol cogió el teléfono. Descolgó el auricular y empezó a marcar los números escritos en la página.
La línea cobró vida con un sonido. El largo tono de llamada internacional se hizo eterno entre pausas, hasta que por fin. . .
—¿Dígame?
A Marisol se le llenaron los ojos de lágrimas.
Esa voz.
Era él.
—¿Mateo?
Silencio.
—¿M. . . Mari?
Ahora, con cincuenta y siete años, la inconfundible voz grave de su hermano llegó a través del altavoz. A estas alturas, sabía que tenía que ser un anciano, una versión canosa del chico que una vez conoció, si es que aún le quedaba pelo.
—Sí. . . —respondió Mari—. Soy yo.
Marisol contuvo el aliento. Se llevó la mano a los labios, con la boca abierta y las lágrimas corriéndole por las mejillas.
—Pero. . . —comenzó su hermano, sorprendido.
—Óyeme —lo interrumpió Marisol—. mi hija va a ir para allá, Mateo. Por favor, protégela.