Toda la vida es ahora Capítulo 40 #2
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Capítulo 40 #2

Sabía que esa era su lógica. Siempre lo había sido.

Recordé una noche en la que estábamos sentadas en la alfombra de nuestra residencia, Hana hojeaba un artículo de la revista Glamour sobre el envejecimiento de los padres y la decisión de ingresarlos en residencias de ancianos.

Esa fue la noche en la que me habló de los funerales coreanos.

«¿Harías eso alguna vez?», preguntó Hana y dio unos golpecitos en el respaldo de mi silla mientras yo garabateaba mi libro de francés en nuestro desordenado escritorio.

«¿Hacer qué?»

«Llevar a tus padres a una residencia de ancianos».

«No, la verdad es que no —respondí con sinceridad—. No es propio de nuestra cultura. Se considera un honor amar a alguien en la vejez, cuidar de ellos al final de sus vidas, tal y como ellos cuidaron de nosotros cuando iniciábamos las nuestras».

«Sí —asintió—. Es igual para nosotros. No solemos hacer eso, al menos no en Corea. En esencia, nos apoyamos en la familia. Pero la verdad es que yo no quiero morir así. Prefiero que me atropelle un autobús antes de estar rodeada de gente que me mira con ojos tristes y compasivos».

Se estremeció.

«Por Dios, Hana —dije con una risa sombría—. ¿Podrías no tentar al destino con un autobús Greyhound?».

Hana se rio.

«Pero sabes a qué me refiero, Lily —continuó—. Quiero morir de pie».

Y así fue.

Hana no tuvo la muerte que esperaba, un final imprevisto. Así que tomó el control donde pudo, y se negó a dejarse mirar con tristeza, con lástima.

—¿Estás bien, Chris? —pregunté.

—Nunca estaré bien —admitió—. Y nunca volveré a ser el mismo. Quienquiera que fuera antes, ya no existe. Coño, ni siquiera recuerdo cómo era mi vida antes de Hana.

No sabía qué decir.

Tenía razón.

Yo sentía lo mismo.

—Pero no puedo hacer más que seguir adelante —continuó Chris—.

Eso fue lo único que ella me pidió. Me conocía lo suficientemente bien como para saber que, sin ella, querría echarlo todo por la borda.

Ella era mi mayor motivación: para hacer dinero, para jugar fútbol, para vivir aquí.

Era mi razón de ser. Esto era todo lo que quería —dijo, y señaló la casa a su alrededor.

—Tienes razón —dije. Chris me miró—. En todo.

Es una mierda. Es horrible. Y estamos solo al principio del túnel del duelo, en la parte más oscura, donde ni siquiera hay un atisbo de luz al final.

Pero en el último mes he aprendido que la gente sobrevive incluso a lo más jodido de la vida y de alguna manera, gracias a algo que solo puede explicar la magia que hay implícita en la humanidad, sobrevive.

Chris se secó el rabillo del ojo.

—Mi madre —dije y me senté en el extremo más alejado del reposapiés— tiene otro hijo.

Chris levantó la mirada.

—No lo supe hasta la semana pasada, cuando fui a casa a contarle lo de Hana. Al parecer, alguien abusó de ella en los años cincuenta, justo cuando estaba comenzando la revolución en Cuba. La mantuvieron cautiva. La violaron varias veces. Y tuvo un hijo.

—Dios mío, Lily. . .

—El asunto es que sé que su historia no puede terminar ahí. No debería. Ella no se lo merece. Sobrevivió a una situación horrible, la peor que uno se pueda imaginar, y me niego a dejar que ese sea su final. Por eso voy a volver para encontrarlo, si es que aún está vivo.

—¿Lo está? —preguntó Chris.

—No tengo ni idea. Pero esa no es la cuestión. El asunto es buscar la respuesta. Lo que te dijo Hana: hay que seguir adelante. Y tú, Chris, al igual que mi madre, al igual que yo, tienes que hacerlo.

Chris bajó la mirada hacia sus manos, llenas de páginas en blanco con preguntas sin respuesta y documentos incompletos. Esperaba que mis palabras le hubieran proporcionado algo de consuelo.

Al menos el suficiente consuelo como para continuar.

Chris y yo pasamos las dos noches siguientes preparándonos junto a la familia de Hana.

Hasta el padre voló desde Seúl con su nueva novia.

Me di cuenta de que Hana no se habría enfadado.

Sus padres al fin se habían divorciado después de que nos graduamos.

Su matrimonio, una actuación orquestada más para su comunidad que para ellos mismos, había llegado a su fin.

«Muy a tono», habría bromeado Hana al ver a la joven del brazo de su padre, ataviada con marcas de lujo europeas.

«Deja que la gente sea quien es», casi podía oírla decir.

Incluso Eric voló a Heathrow con Mario; tenían planes de visitar a la familia de Mario en España después del funeral.

—Tu familia es mi familia —me susurró al oído cuando llegó al velatorio, dejando su suave bolsa de cuero junto a la puerta.

En cuestión de segundos, me rodeó con sus brazos. Hundí mi rostro en su pecho y las lágrimas brotaron incontrolables de mis ojos; era la primera vez desde que visité a mi madre que me permitía derrumbarme de verdad.

El peso de la pérdida de Hana me golpeó sin remedio.

Ese domingo, tuvimos un funeral digno de una reina: un gran surtido de barbacoa coreana, un coro gospel con rostros diversos y voces estremecedoras, un arpista que tocó sus canciones favoritas.

La iglesia donde lo celebramos —a la que ella y Chris asistían de vez en cuando los domingos— estaba a reventar: gente de su programa de posgrado en Arquitectura, algunos compañeros de la universidad y las chicas del equipo de fútbol de Chris.

En un momento dado, hacia el final del servicio, vi un destello de cabello oscuro salpicado de canas, un hombre con una chaqueta gris entallada que se dirigía hacia la salida.

Algo en su manera de moverse me resultó familiar.

¿Podría ser. . .?

Negué con la cabeza. No era momento para fantasmas. Me aseguré a mí misma que Vikram no se habría atrevido a asistir a algo tan personal, tan importante.

Pero, por otra parte. . . no importaba.

Tenía trabajo que hacer.

Había conseguido el visado para Cuba y volvería a Nueva York para hacer las maletas. Volaría a finales de mes.

Después de compartir lágrimas y abrazos con la solemne señora Kang, que a pesar de su tristeza parecía aliviada por haberle dado a su hija el funeral que merecía, Chris se ofreció a llevarme al aeropuerto.

—Escucha —me dijo, mientras nos acercábamos a la terminal de salidas, con los tarros de kimchi que la señora Kang insistió en que llevara zarandeándose en mi maleta—. Necesito distraerme. No puedo hacer esto solo. No puedo volver a la rutina habitual. No lo soportaría.

—Lo sé, Chris. Solo tienes que dar un paso. . .

—¿Puedo ir contigo? —me interrumpió.

—¿Ir adónde? —le pregunté y me giré hacia su asiento, a mi derecha.

—A Cuba. Para ayudarte a encontrar a tu hermano.

—¿Cómo? —pregunté, atónita y sin saber si hablaba en serio.

—No puedo limitarme a entrenar la temporada regular como un tipo normal —continuó—.

Soy un viudo de treinta años, coño. Necesito un cambio, una distracción mientras entiendo qué hacer con todo esto.

Y, qué carajo, quizás te venga bien un amigo por si acaso, no sé, por si haces la pregunta equivocada y Castro envía a sus camaradas por ti.

. . —Se rio, tratando de aligerar el ambiente, de ocultar lo absurdo de su petición.

Me cubrí la cara con las manos.

¿Qué diablos estaba pasando?

Sabía que Hana no querría que él se quedara solo, sentado con la mirada perdida en la chimenea que mantenía encendida en su honor. ¿Era esto lo que significaba cuidar de él? ¿Hacer por ella lo que haría una hermana?

—Claro —respondí con fingida naturalidad, sin darme demasiado tiempo para pensarlo—.

Me voy el catorce. El aeropuerto es el José Martí.

Te inscribiré como «colaborador», algo así como asistente de investigación, para el visado.

Le prometí a mi jefa que escribiría dos artículos estando allí, como si tuviera que cumplir una penitencia por mi ausencia.

Le diré que eres un miembro del equipo y que no supones ningún gasto.

Chris sonrió por primera vez desde que llegué.

—Me parece bien. Lágrimas y mojitos.

Hice un gesto de negación con la cabeza y bajé del auto.

Chris sacó mi equipaje del maletero y lo dejó con cuidado en el asfalto, en medio de ambos.

—Nos vemos en La Habana —dijo y se despidió con un gesto torpe antes de volver al asiento del conductor.

Levanté la mano para decir adiós y lo vi alejarse; entonces me pregunté en qué acababa de meterme.