Toda la vida es ahora Capítulo 40
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Capítulo 40

L os días siguientes me sentí como si me estuviera ahogando bajo el agua, como sonámbula, aunque estuviera despierta. Todo lo que mi madre me había contado daba vueltas en mi cabeza, atormentaba mis sueños y me perseguía durante las horas de vigilia.

¿Cómo demonios había sobrevivido a todo eso? ¿Por qué no me lo había contado? ¿La había malinterpretado todo este tiempo? ¿La habría tratado de otra manera si hubiera sabido que era. . . una víctima? ¿De una violación? ¿De un secuestro?

Y luego estaba Hana.

Toda mi realidad había dado un vuelco en cuestión de una semana.

Pedí dos semanas de licencia en el trabajo para asistir al funeral de Hana y ayudar a Chris a ordenar sus cosas.

Por suerte Francie fue muy comprensiva: su padre había fallecido de un cáncer óseo terminal cinco años atrás, un secreto que nadie conocía hasta que firmó mi solicitud de licencia temporal.

«Tómate el tiempo que necesites —me dijo—. No puedes recuperarlo».

No me vino mal que mi artículo sobre O. J.

Simpson hubiera vuelto a poner en el mapa a nuestra pequeña oficina de Nueva York.

Había conseguido la única entrevista radiofónica con la familia de Ron Goldman, la familia que demandaba a Simpson, y cuando mi trabajo fue republicado por el Washington Post y el L.A.

Times, Francie pudo colgarse esa medalla.

Ahora me tentaba con historias más importantes, con mejores encargos.

Pero en aquellos días, solo podía pensar en él.

¿Cómo sería mi hermano? ¿Estaría vivo?¿Habría heredado los rizos de mi madre? ¿Su baja estatura? ¿O tendría grabados en su rostro los rasgos del hombre que le había dado la vida —y robado gran parte de la de mi mamá—?

Me consumía el misterio de este hermano, esta otra parte de mi madre que quizás había quedado atrás.

Decidí tomarme una semana adicional de licencia por duelo para organizar mi visado y mi alojamiento; navegué el laberinto de restricciones de viaje que habían dejado medio siglo de embargo estadounidense a la isla y la falta de relaciones diplomáticas entre los dos países.

Tenía que ir a Cuba.

Tenía que encontrarlo.

Pero primero necesitaba despedirme de Hana.

Me senté inmóvil en el avión, oyendo el traqueteo de mi maleta en el compartimento superior mientras las ruedas se plegaban en el fuselaje de la nave. La presión de la cabina aumentó a medida que ascendíamos.

Me dirigía de vuelta a Heathrow.

Una vez allí, las puertas del avión se abrieron y me sumergí en el mar de pasajeros agobiados que se precipitaban por el pasillo mientras hacía el conocido trayecto hacia la recogida de equipajes. Nada más salir por las puertas de cristal, vi a Chris en la sala de llegadas.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté sorprendida.

—Asumí que, como tu mejor amiga no iba a poder ofrecerte una experiencia de chófer cinco estrellas, necesitarías un aventón.

Me reí con tristeza.

—Bueno, no te equivocas, pero me da la sensación de que se trata más de que la señora Kang ha invadido tu casa con «guerreros de oración» que de un gesto magnánimo de generosidad. . .

—Digamos que necesitaba un poco de aire fresco mientras mamá Kang pasa un rato agradable con el Espíritu Santo —confirmó Chris.

—Sabes que vamos de cabeza al infierno, ¿verdad? —le pregunté con carácter retórico y miré a Chris de reojo.

Ambos sonreímos con tristeza y miramos al suelo.

Chris me quitó la pequeña maleta azul marino de las manos.

—¿Esto es todo?

—Sí. De hecho, tengo mucho trabajo que hacer mientras esté aquí. Traje solo un par de prendas cómodas para sentarme a escribir.

—¿Tienes que trabajar? ¿Durante un funeral?

—Bueno, sí, más o menos. Tengo que organizar un viaje.

—¿A dónde?

—A Cuba.

Chris se detuvo y se volvió hacia mí.

—¿En serio? ¿Por qué? ¿Has estado allí alguna vez?

—No, nunca. Es complicado. Llegar es una pesadilla logística, y luego está mi madre.

Ha surgido algo. Y supongo que después de lo de Hana.

. . —Dejé la frase en el aire y bajé la mirada hacia las mismas zapatillas Keds gastadas que me había negado a tirar—.

Me acabo de dar cuenta de que nada está garantizado, ¿sabes? Necesito algunas respuestas.

—¿A qué?

—A preguntas. A preguntas que no son adecuadas para el vestíbulo de la terminal de llegadas y que requieren una copa y unas tortitas coreanas para responderlas.

—Entendido —dijo Chris y colocó mi equipaje en el maletero de su auto— . Entonces vamos de vuelta a la casita de huéspedes. Seguro que alguna de las guerreras de oración de mamá Kang ha metido a escondidas una botella de soju en su maleta y podrás tomarla en calidad de préstamo.

Chris y yo regresamos a la calle Lancaster, que estaba exactamente igual que la última vez que la había visitado, cuando ahí vivía mi mejor amiga, cuando Hana gozaba de buena salud y todos teníamos un futuro por delante.

Juntos.

En cuanto entré, un grupo de mujeres de mediana edad se detuvo y me miró de corrido.

—¡Aigoo! Esta es Lily —la señora Kang emergió del vestíbulo y me presentó a su familia—. Esta es la mejor amiga de Hana, ¿la recuerdan de la boda?

El grupo prorrumpió en un murmullo aprobatorio; tres de las mujeres mayores se acercaron para cogerme la chaqueta y otra el bolso.

La señora Kang bajó la mirada hacia sus manos.

Se quedó quieta un momento; necesitaba tomarse su tiempo, como si intentara reunir el valor para lo que vendría a continuación.

—Ven, ttal. Come algo. Has tenido un largo viaje. Ya hay jeon y tteok en la mesa.

Ttal.

Hija.

Mis hombros se estremecieron. Cuánto le debía doler llamarme así, sabiendo que la suya, la verdadera, la que quería que estuviera allí en ese momento, no volvería.

Me sentí como una impostora.

La señora Kang me llevó a la mesa de la cocina, donde había una gran variedad de pasteles de arroz, sopa de ternera y cerdo hervido cubriendo cada centímetro del mantel.

Una noche, mientras estábamos borrachas hablando de nuestros padres, Hana me contó que en los funerales coreanos parte de la comida se servía para proteger a los invitados de los fantasmas y otra parte para conectarlos con los dioses.

Esperaba que, dondequiera que estuviera ahora, se sintiera conectada.

—Siéntate —dijo la señora Kang—. Sé que has hecho un viaje largo y te lo agradezco.

—Unni, es un honor estar aquí. Solo lamento no haberlo sabido antes —dije.

Todavía me dolía que Hana no me hubiera dicho que estaba enferma, y esperaba que mi amargura por haberme mantenido en la ignorancia, por irracional e inoportuna que fuera, no se notara.

—Ninguno de nosotros lo sabía, Lily —suspiró la señora Kang, quien parecía reconocer mi dolor—. Yo tampoco puedo entender por qué Hana quería mantener esto en secreto, luchar sola.

La señora Kang miró por la pequeña ventana que estaba sobre el fregadero hacia el cuidado jardín trasero.

—Yo también he estado tratando de entenderlo —suspiré mientras me calentaba las manos con la taza de té que la señora Kang había colocado delante de mí—.

Pero estoy segura de que tenía una buena razón.

Mucha gente guarda sus secretos por miedo a ser una carga o a ser rechazada.

Es noble, supongo, pero es un camino solitario.

De repente, la señora Kang me agarró la cara con ambas manos y me miró a los ojos. Los suyos estaban humedecidos por las lágrimas.

—Fuiste una buena amiga para Hana, Lily.

Y ella vivió una vida plena. Amó y fue amada.

¿Qué más puedo pedir como madre? Pero hay una cosa para la que sí te necesito: no soy capaz de revisar sus pertenencias.

Y no creo que Chris pueda hacerlo solo. ¿Puedes ayudarme con su habitación? Hay fotos y. . .

—Por supuesto, señora Kang. Por favor —la interrumpí—, para eso estoy aquí. No hace falta que me dé explicaciones.

La señora Kang sonrió y bajó los hombros con alivio. Se secó los ojos. Luego, se levantó de repente y volvió al fregadero. Se quedó mirando por la pequeña ventana de la cocina, dándome la espalda.

—Gracias, ttal —se secó los ojos—. Ahora debo ir a ayudar a las ajummas con los preparativos.

Se detuvo, recogió su plato a toda velocidad y salió de la cocina con la cabeza gacha; quería ocultar las lágrimas que caían por sus mejillas.

Me quedé mirando la comida que tenía delante. No tenía apetito. Qué día tan difícil debía de ser para quienes estaban en la casa. Me quedé atónita al pensar en el orden antinatural de perder a un hijo y, a la vez, en la resistencia de la naturaleza humana para sobrevivir.

Una experiencia, aprendida con dolor, pero que era más común de lo que había imaginado.

Dejé mi taza en el fregadero y me dirigí a la habitación de Hana. La puerta estaba cerrada, pero un hilo de luz escapaba por la rendija de abajo.

Llamé a la puerta.

—Adelante. . . —oí responder a una voz grave entre un ruido de papeles que salía del fondo.

Chris.

Tenía los ojos enrojecidos. Estaba sentado en la cama, rodeado de montones de documentos.

—El negocio de la muerte —dijo con brusquedad, sin levantar la vista—.

Nadie te dice que el momento en el que se supone que debes estar de duelo es cuando más necesitas tus facultades, cuando más atención tienes que prestar a los detalles.

Una factura, una carta, una escritura cambian el curso de todo. Todo es tan definitivo, tan fatal.

Me acerqué al diván que había a los pies de la cama y cogí la pila de papeles que estaba más cerca de mí. Había talones de billetes de avión por toda Europa, algunos al Caribe, todos fechados en el último año.

—¿Hace cuánto lo sabías, Chris? —le pregunté en voz baja.

—Ocho meses —dijo, y recogió una pila de recibos—. Lo sabíamos desde hacía ocho meses.

—Pero ¿por qué. . .?

—Porque ella se negó, Lily. No quería que nadie lo supiera. —Chris me miró; le latía la vena de la frente.

—Podría haberlos ayudado. . .

—¿Cómo, Lily? Ella quería dignidad. Quería fuerza. Quería que fueras con ella como siempre has sido. Quería vivir. No quería morir de a poco. Quería que su muerte fuera un momento, no un proceso.

Escuché en silencio. No podía discutir con él.

Ni con ella.