Toda la vida es ahora Capítulo 39 Lily
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Capítulo 39 Lily

No podía entender nada de lo que decía mi madre.

¿Una protesta? ¿Una violación? ¿Un amante asesinado? ¿Un bebé?

Mi cabeza daba vueltas; tenía la mente dividida hacia un millón de direcciones.

—¿Te mantuvieron cautiva? —tartamudeé y fue lo único que se me ocurrió decir. La realidad de lo que describía era brutal e increíble.

—Sí —respondió mi madre sin desviar la mirada.

—Pero ¿cómo escapaste?

—A pie. Después de que la monja me ayudara a salir de allí, llegué a la carretera Central y volví a la parada de las guaguas. Al anochecer ya estaba en Camagüey.

Sonaba como si estuviera contando una historia que no la involucraba, una que le había sucedido a otra persona.

—¿Y tu familia? —pregunté, demasiado aturdida para llorar.

—Me subieron a un barco. Con decenas de personas más.

Sabíamos que los hombres de Batista me encontrarían, y luego a ellos, si me quedaba.

Yo era un cabo suelto, una amenaza para su misión.

Nos habrían matado a todos. No podía haber testigos de su podredumbre, iba en contra de todos los principios que su Gobierno decía defender.

Bajé la mirada. Le temblaba la mano, la única señal de que le dolía pronunciar esas palabras.

—¿Y papi? ¿Lo sabe?

—Sabe que hay. . . algo. Nunca hemos hablado del porqué, pero él sabía que yo no quería tener hijos cuando me conoció.

Se acercó a mí con rapidez, como disculpándose, avergonzada por la verdad que acababa de escapar de sus labios.

—Pero tú fuiste lo mejor que me pasó, Lily, lo mejor que nos pasó —se apresuró a añadir—. Yo solo estaba traumatizada y asustada. Sabía que no podría sobrevivir a la pérdida de otro bebé si pasaba algo.

—¿Pero papá sabe lo de la violación? ¿Lo del bebé?

—Nunca he hablado de ninguna de las dos cosas —susurró y extendió la tela del delantal sobre su regazo como para alisar arrugas invisibles.

Se me partió el corazón. ¿Por cuánto tiempo había llevado sola esa carga?

Pensé en los últimos dos años.

La pérdida parecía estar a la vuelta de cada esquina.

Y todo este tiempo la había llevado sola.

Igual que mi madre.

—Mami. . . —me atreví a decir, acariciándole el hombro.

Ella me miró, como si hubiera estado esperando toda la vida a que yo hablara, esperando a que dijera cualquier cosa.

—Estamos bien, tú y yo. Vamos a estar bien. —La rodeé con mi brazo—. Vamos a salir adelante.

En ese momento, mi madre se derrumbó en mis brazos y comenzó a llorar con una intensidad infantil, con sollozos que se escapaban de sus labios mientras sus hombros temblaban.

Nunca la había visto llorar.

La abracé así, con mis brazos rodeando su pequeño cuerpo, durante un tiempo que me pareció eterno.

Mucho de lo que había dicho en la última hora no tenía sentido para mí. Y, sin embargo, al unirlo con los fragmentos del pasado que había compartido en las cartas, todo empezó a hilvanarse. La persona que era y también la que había sido estuvo siempre ahí, delante de mí.

Solo que yo no la había visto.

¿O sí?

A pesar de la avalancha de preguntas y la confusión, había una verdad que se veía clara como el agua, un hilo que había empezado a desenredar desde que ella comenzó a hablar.

—Mami —le susurré al oído, mientras sus rizos rebeldes me presionaban la cara—, ahora podemos llorar —dije, abrazándola una vez más.

Quería que supiera que estaba con ella, que no me iría a ninguna parte.

Al menos, no ahora.

—Pero por la mañana tenemos trabajo que hacer. . .

Ella levantó la vista, confundida.

—Tenemos que encontrarlo —dije—. A mi hermano.