Toda la vida es ahora Capítulo 38
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Capítulo 38

L ily llegó a su puerta convertida en la sombra de la hija que Marisol recordaba. Había perdido peso, sus caderas se habían reducido y los pómulos lucían más protuberantes de lo habitual.

Pero lo peor eran sus ojos.

La luz de sus ojos había desaparecido. Esa luz, el brillo centelleante de Lily, siempre había sido su estrella polar, la que le confirmaba a Marisol que su hija estaba bien; que, sin importar cuánto hubiera cambiado, Lily seguía siendo la misma niña por dentro.

Pero ahora no lo era.

Marisol había enviado a una niña brillante y curiosa a Cambridge y más tarde a Nueva York; la había visto convertirse en una mujer perspicaz y curiosa.

Pero ahora, después de tantos años separadas, años dedicados a protegerla y a dejarla volar, el mundo le devolvía una hija en peores condiciones que cuando se la entregó.

Marisol mantuvo la puerta abierta mientras Lily cruzaba el umbral en silencio y le ofrecía un brazo flácido a modo de abrazo.

Kem entró detrás de ella y dejó la maleta azul marino al pie de la escalera; allí continuaba la alfombra beige deshilachada por el uso y el paso del tiempo.

Marisol puso, con cierta duda, una mano sobre el hombro de Lily, pero su hija permanecía en silencio, de pie sobre el tapete de bienvenida.

Lily miró a Marisol, con sus grandes ojos marrones llenos de lágrimas a punto de empezar a descender por su rostro.

Marisol atrajo a su hija hacia sí para darle un abrazo más profundo; ninguna palabra se interpuso entre ellas.

Lily inclinó la cabeza y sus lágrimas por fin cayeron sobre los rizos apilados en la cabeza de su madre. Dejó escapar un sollozo. Marisol acarició el cabello de su hija, lacio y áspero por las horas que debía de haber pasado alisando sus rizos, alisando su historia.

Marisol lloró en silencio con su hija.

Quería protegerla.

Era lo único que siempre había querido.

Marisol llevó a Lily al sofá donde habían pasado tantos años en silencio, viendo reposiciones de programas de televisión por cable con familias que se parecían a la suya: The Cosby Show, Living Single, Hangin’ with Mr. Cooper, pero cuyas relaciones juguetonas reflejaban una ligereza que la suya nunca había logrado.

Marisol escuchó cómo Kem subía las escaleras con la maleta de Lily y la dejaba en el suelo de su dormitorio.

Luego oyó sus pasos cruzar el pasillo hacia su propio dormitorio, justo antes de que el rasgar de su tocadiscos cobrara vida.

Los sonidos de Marvin Gaye flotaban hasta la sala de estar.

Era la señal tácita de Kem para Marisol, su modo de decirle que estaba sola con su hija, que les concedía, sin necesidad de palabras, permiso para compartir un momento sin él.

Kem sofocaría con música la conversación de ellas, se sumergiría en su propio mundo para concederles privacidad.

Era uno de sus gestos amables, una de las muchas razones por las que Marisol lo apreciaba y por las que sabía que siempre lo amaría.

Abajo, Marisol mecía a su hija llorosa en sus brazos.

¿Cómo podría haber evitado la fractura, tan interna, tan profunda, que había destrozado a su hija?

—Era mi mejor amiga, mami —dijo Lily y se balanceaba en los brazos de Marisol—. Ella me conocía. Me ayudó cuando vagaba sin rumbo por el campus. Me hizo un hueco. Me incluyó. Nunca volveré a tener a nadie que me entienda así.

—Lo sé, querida. . . —dijo Marisol en voz baja.

—No, mami —dijo Lily de repente, y se apartó para mirar a su madre a los ojos—. No puedes saberlo.

Su repentina frialdad tomó a Marisol por sorpresa.

—Después del bebé, no puedo soportar más pérdidas —dijo Lily y miró su regazo sin pestañear.

—¿Qué bebé? —preguntó Marisol—. ¿Hana estaba embarazada?

—No —respondió ella tras una pausa—. Yo lo estaba.

Ahora fue Marisol quien se apartó y colocó ambas manos sobre los hombros de su hija para poder ver todo su rostro.

—¿Estabas embarazada, querida? ¿Cuándo?

Lily volvió a bajar la mirada; lágrimas silenciosas le corrían por las mejillas. Jugueteó con las manos, presionó las cutículas con las puntas de las uñas.

Marisol se acercó y le acarició la mejilla y le colocó tras la oreja un mechón suelto que le caía sobre la cara.

—Hace dos años —respondió Lily, en un susurro apenas audible—. Después de la boda de Hana. Pero lo perdí.

—¿Cómo, querida?

—No lo sé —Lily volvió a sollozar y la angustia de no saber volvió a invadirla en oleadas—.

Ocurrió cuando fui a cubrir el juicio de Simpson.

El médico dijo que podría haber sido el estrés, el viaje, la altitud, el avión.

Coño, no lo sé. Pero cuando fui a la clínica, el bebé ya no estaba. Lo había abortado.

Marisol abrazó a su hija con una intensidad que incluso a ella le sorprendió.

—Pero tú no tienes la culpa. . . —le susurró al oído.

—Claro que es culpa mía —respondió Lily con brusquedad, con un destello de ira en los ojos—. No debí haber aceptado ese trabajo. . . ni haber subido a ese avión. . . ni haber vuelto con él.

—¿Con quién? —preguntó Marisol, todavía tratando de encajar las piezas de información que le llegaban de golpe.

—El muchacho de la universidad. El de la clase de Francés. —Lily tragó saliva—. Pero yo lo quería, mami.

Empezó a llorar de nuevo.

—Ay, querida —dijo Marisol y acercó a su hija más a su pecho. Marisol recordó la carta, aquella en la que Lily decía que había vuelto a encontrar el amor.

Pero nunca había dicho su nombre.

—Igual sigue sin ser culpa tuya, Liliana. . . —le aseguró Marisol y la apretó más para enfatizar su promesa.

—Soy la única culpable, mami. Me avergüenzo tanto de haberme metido en esa situación, de haber creído en sus promesas. Ni siquiera se lo pude contar a Hana. . .

Lily volvió a llorar al recordar su pérdida.

—Lo entiendo —susurró Marisol.

—¡Pero no puedes entenderlo! —Lily se incorporó de repente, indignada, y se soltó de los brazos de su madre—. No puedes saber lo que es perder a tu mejor amiga. . . perder a un hijo.

Marisol tragó saliva y miró fijo a los ojos de su hija.

Este era el momento que había temido, el que sabía que no podría evitar, el momento al que habían conducido todos los anteriores y las cartas con fragmentos de recuerdos no contados.

—Acuéstate, cariño —dijo Marisol y le sacó la almohada de detrás de la espalda para colocarla en su regazo, una invitación para que su hija se acostara.

Lily miró a su madre, al principio con recelo, pero luego se ablandó.

Sus hombros se encogieron, demasiado cansados para soportar su ira, demasiado cansados para decidir si confiar o no confiar.

Marisol se acercó a su hija, acortando la distancia entre ellas.

Con delicadeza, la atrajo hacia sí y le apoyó la cabeza en sus piernas.

Lily se tumbó y dobló las rodillas contra su pecho.

Marisol le secó los ojos a su hija con los dedos, tal como solía hacer cuando era niña, y respiró hondo.

—Lily. . .

Lily volvió a levantar la vista al notar un cambio en la voz de su madre.

—Hay algo que tengo que contarte.