Capítulo 37 Marisol
Sonó el teléfono de los Mitchell.
Marisol miró el aparato negro, montado en la pared de la cocina.
—Buenas tardes, residencia Mitchell —respondió y apoyó el mango astillado de la fregona contra la pared.
La voz al otro lado era confusa, se entrecortaba.
—¿Lily? —preguntó Marisol y contuvo la respiración; tenía ahora el cable enrollado en la palma de la mano—. ¿Eres tú?
—Mami. . .
Lily estaba sollozando.
—¿Qué te pasa, querida? ¿Dónde estás? —Una serie de preguntas, ardientes y urgentes, brotaron de los labios de Marisol. El corazón le latía en el pecho con fuerza.
—Está muerta, mami —gimió su hija.
—¿Quién, Liliana? —gritó Marisol presa del pánico, recurriendo a su lengua materna para soltar las palabras lo más rápido que pudo—. ¿Quién está muerta?
—Hana, mami. Hana se murió.
El silencio se apoderó de la línea. Solo la respiración pesada de Marisol y los llantos de Lily rompían la quietud.
—Ay, querida. . .
Marisol no sabía qué decir, pero suspiró aliviada.
Su hija estaba bien.
Su hija estaba viva.
—¿Qué quieres decir con «murió»? ¿Cuándo? ¿De qué?
—Cáncer, mami. Chris acaba de llamarme. Ella no le dejó decírmelo. . .
Marisol podía oír el sufrimiento en la voz de su hija. Sonaba desorientada, perdida en un mar de confusión.
—Ven a casa —la interrumpió Marisol—. Ven a casa ahora mismo.
—Dale —sollozó Lily—. Pero mami. . .
—¿Qué pasa, querida?
—Se ha ido. . . para siempre —dijo y tragó saliva, como si la nueva realidad acabara de golpearla por primera vez.
Lily sollozó, con gritos entrecortados que revelaban un dolor profundo como Marisol no había oído en casi medio siglo, cuando gritos similares brotaban de sus labios.
Marisol supo entonces con exactitud lo que le esperaba a su hija.