Toda la vida es ahora Capítulo 36 Hana
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Capítulo 36 Hana

Mi querida Lily:

Hay un trozo del futuro para el que nadie se prepara.

No a los veintiséis años.

Ese «para siempre» que se pierde en la letra pequeña.

Miro por la ventana, envuelta en los suaves flecos de lana de mi manta, y me maravillo así ante los pequeños milagros de la vida; los invisibles, aquellos que dejamos pasar de camino al trabajo cuando vamos con tanta prisa por alcanzar metas y tener éxito que perdemos, en la vorágine, las pequeñas bendiciones.

Ahora, en la quietud, observo la nieve caer sobre el camino empedrado justo fuera de nuestra casa victoriana, una de las más luminosas de la calle Lancaster y me maravillo ante el breve prodigio —la intención divina— de cada uno de los copos de nieve.

Nunca olvidaré tu rostro cuando viniste a visitarnos por primera vez, la mirada de asombro cuando viste la pintura azul brillante de la fachada y los tapices aún más brillantes que había colgado justo al otro lado del umbral.

«Esto estaba destinado a ser tuyo», dijiste, de pie entre los ladrillos desnudos de nuestro vestíbulo en obras.

«Es tan. . . tú,Hana».

Tenías razón, Lily.

Este era mi destino.

Esta era la casa con la que soñaba. Una de cálidas chimeneas, carcajadas y el repiqueteo de los pasos de los niños, pasos que ahora sé que nunca llegarán.

Porque esta es la última casa que conoceré.

Me estoy muriendo, Lily.

No voy a «esconder el titular», o como sea que lo llamen ustedes los periodistas.

Pero la verdad es que no sabía cómo decírtelo, ni siquiera si debía hacerlo.

No podía soportar la idea de que me miraras con tus enormes ojos marrones, con miedo de dejarme ver tus lágrimas. No podía soportar escuchar tus palabras de afirmación, frases bienintencionadas destinadas a darme esperanza para un día más.

Porque tengo esperanza, Lily, pero no de la forma que tú crees, no como nos enseñaron a tenerla.

Tengo la esperanza de que, al final, todo saldrá bien.

Tengo esperanza de que encontraremos la paz y de que el legado de la vida que he vivido se asentará como el polvo, como un sutil brillo de protección sobre aquellos a quienes más amo.

Cuando pensé en cómo decirte esto, esta verdad insoportable, me vino a la mente un recuerdo claro: te vi, era otoño, volvías del correo a nuestra habitación en la residencia y traías un sobre con tu nombre.

Tenías una leve sonrisa en el rostro, una que sugería que no estabas feliz, per se, sino que sentías algo más profundo.

Satisfacción.

Te pregunté de quién era la carta y por qué parecías tan. . . no sé, tranquila. En paz.

Fue entonces cuando me contaste sobre las cartas que tú y tu madre se habían estado escribiendo desde el día en que ella te dejó en la universidad, el mismo día que nos conocimos.

Te pregunté por qué tú y tu madre se escribían cartas tan largas si estaban en el mismo país y se podían llamar por teléfono. Me miraste sin comprender, como si te hubiera hecho la pregunta más obvia del mundo: «Porque ella no puede», respondiste. «Estas son las palabras que no puede decir».

Ahora lo entiendo, Lily.

Yo tampoco soy capaz de decir estas palabras.

Necesito decirte adiós, pero no con la tristeza que acompaña a la inminencia de la muerte.

Así que, por favor, perdona mi falta de originalidad, pero he pensado en tomar prestada una página de tu madre para decirte todo lo que yo tampoco puedo.

Le he pedido a Chris que te entregue esta carta cuando ya me haya marchado, lo cual significa que, si estás leyendo esto, te toca a ti decir adiós.

Déjame ir en paz, Lily, y ten por seguro que fui amada y que dejé este mundo siendo plena.

Tú fuiste parte de esa plenitud.

Estoy segura de que Chris ya te lo habrá contado, los dolores de estómago cuando íbamos camino al baile de primavera, los «calambres» que precedieron a la fatiga, la inexplicable pérdida de peso después de la boda. . . todo eran señales.

Señales que pasé por alto, que detecté demasiado tarde.

Por favor, no te enfades con él por no habértelo contado; le hice jurar que guardaría el secreto.

Fue mi último deseo, por decirlo de alguna manera.

¿Quién puede discutir con una esposa postrada en la cama?

Pero aquí estamos, mi dulce Lily.

Te dejo esta carta con la esperanza de lograr solo dos cosas:

1. Hacerte saber la manera absoluta en que eres amada.

2. Pedirte un favor.

En primer lugar, señorita Walker, eres la mejor amiga que jamás tuve.

Eres valiente, honesta, sin miedo ni favoritismos. ¿Sin complejos? No sé qué es, pero desde que te conocí he pasado todos los días intentando ser más como tú en ese sentido.

Eres un faro de determinación, ves y dices verdades que a veces el mundo no está preparado para reconocer.

Por favor, no cambies.

Estás muy lejos de ser la chica con zapatillas Keds gastadas que se paraba en la entrada del C-22.

Te he visto evolucionar hasta convertirte en la mujer decidida que ahora eres.

Reconoce el largo camino que has recorrido, Lily, con tu carrera, tu sentido de propósito, tu personalidad. Eres más poderosa de lo que crees.

Y alégrate de que, para ti, aún quede mucho tiempo.

Por último, te pido un favor: cuida de mi madre y de Chris. Ahora necesitan apoyarse mutuamente.

Interactúen entre ustedes, Lily.

La vida rara vez es lo que esperamos, pero también es lo que hagamos de ella.

Chris es un santo. Durante estos últimos meses oscuros, después de trabajar, ha corrido a casa para sostener en sus brazos mi cuerpo escuálido, parecido al de un pajarillo.

Me abraza con fuerza en su pecho como si fuera una bebé recién nacida, me aleja de mi sitio junto al fuego, que ahora arde de continuo sin importar la estación del año.

Y, sin embargo, a pesar de mi fragilidad, del cuerpo, antes robusto, que ahora se consume ante sus ojos, nunca me ha mirado distinto.

Me sigue tratando como a su igual, su confidente.

Me ve como alguien fuerte.

Pero necesito que lo ayudes a que también él se mantenga fuerte, Lily. Necesita un propósito, un propósito para superar los días que le esperan. De lo contrario, el dolor lo consumirá por completo y no se lo merece después de haber luchado durante tanto tiempo.

La verdad, cuando nos mudamos aquí, no estaba segura de si Chris podría superar la gran pérdida que supuso no seguir jugando en un equipo profesional, pero hay que reconocer que, siempre práctico y lógico, nunca perdió el impulso.

En algún lugar, en lo más profundo de su ser, debió sentir que las luces del estadio tenían como destino el ser compartidas.

Y eso es justo lo que hace. Para él, entrenar al equipo profesional femenino ha sido fantástico.

«¡Entrenador Chris!», siempre oigo gritar a las chicas después de una victoria.

Se ha ganado su confianza y su admiración, y tiene que seguir desempeñando la tarea diaria de vivir según su designio y de actuar según su pasión.

Tiene que seguir adelante.

Y eso también te lo digo a ti, Lily.

La semana en que viniste a visitarnos después de la boda y te alojaste en nuestra casita de huéspedes, recorrimos todo Londres, como dos gallinas en su mejor momento, ¿lo recuerdas?

Saltamos de bar en bar, tomamos chupitos de tequila y cantamos en el karaoke a todo pulmón.

Fue como volver a 1991; revivimos nuestros días de gloria en la universidad, pero sin el frío y sin el Kong.

Volvíamos a casa tambaleándonos y le contábamos a Chris el relato de nuestras travesuras en la ciudad; él se reía con nuestras locuras y nos esperaba con dos vasos de agua fría y un frasco de Tylenol para los dolores que sí o sí vendrían (ahora sabemos por qué).

Recuérdame así, Lily.

Recuérdanos así.

Eufóricas de juventud y esperanza.

Necesito que ambos se lleven ese recuerdo, esa instantánea cubierta por la vitalidad de nuestra juventud, hacia un futuro que es incierto, pero no por eso menos luminoso.

Queda magia por descubrir.

Deben ser libres para encontrarla. Encuéntrenla y síganla, adondequiera que los lleve.

He aprendido que cuando amas a alguien, Lily, cuando lo amas de verdad, confías en su voluntad porque es libre e inquebrantable.

Confías en que tomará una decisión que, de algún modo, hará que no quedes detrás.

Una decisión que no te borrará, a pesar de que no pueda conducirte hacia un futuro tan amplio y expansivo como para albergarlos a los dos.

Sé valiente, mi querida amiga.

Sé tan valiente como para coger la pluma y encontrar otra alma gemela que vea cuánto vales; relájate y disfruta, cuando y dondequiera que tengas la suerte de encontrarla.

Encuentra tu hogar.

Te estaré esperando, al otro lado, sin remordimientos ni resentimientos.

Porque te amo desde la libertad.

Y esa es la única manera, mi querida hermana, en la que podré amarte en la eternidad.

Tuya, siempre.

Hana