Capítulo 34 Lily
—¿Señorita Walker? —me llamó una voz detrás de mí mientras bajaba por la escalera mecánica. Me giré y vi a un hombre negro mayor sosteniendo un cartel con mi nombre delante de la zona de recogida de equipajes.
—¿Sí? —respondí.
—Soy Virgil, su chófer. Me envía la señora Francie Martínez.
¿Francie había pedido un chófer? Debía de estar muy interesada en esta historia, en tenerla con urgencia. No era una buena señal.
—Sí, por supuesto. Esto es todo lo que tengo —respondí y señalé la pequeña maleta azul marino que tenía a mi lado.
Virgil cogió el asa y me sacó de la terminal con aire acondicionado para llevarme al calor árido. Siempre se me olvidaba que Los Ángeles era un desierto hasta que el sol me lo recordaba. Busqué las gafas de sol en mi bolso.
Me subí con cuidado al asiento trasero del auto, un Mercedes gris oscuro con asientos de cuero claro, y noté que Virgil me miraba por el espejo retrovisor. Nos quedamos en silencio durante los primeros kilómetros, entrando con lentitud en la I-105.
—¿Eres de por aquí? —preguntó y el tono azulado de sus cataratas se hizo visible en el espejo.
—No, para nada —respondí con una sonrisa—. Soy de las montañas. De Carolina del Norte.
La cara de Virgil se iluminó.
—¡No le creo! —dijo con un acento muy marcado—.
¡Tengo familia por allá! —Su sonrisa llegó hasta las comisuras de los ojos dejando al descubierto una amplia dentadura amarillenta—.
La familia de mi padre es de las montañas Blue Ridge.
Llegaron allí desde Jamaica. Eran trabajadores ferroviarios. Tengo un montón de parientes por allá.
—No hay muchos de nosotros por estos lares —dije con una sonrisa—. Mi abuelo también era de Jamaica. Emigró a Cuba cuando era niño y allí tuvo a mi madre. Pero la familia de mi padre es toda de Carolina del Norte. Trabajaban en los ferrocarriles y, antes de eso, en las minas de carbón.
—Vaya, fíjate —dijo Virgil con nostalgia—. Y no lo olvides nunca.
—¿Olvidar qué, señor?
—El sacrificio que fue para ellos llegar aquí y el sacrificio que fue quedarse.
Me quedé callada.
¿Quién era este sabio al timón?
Virgil continuó.
—Somos el fruto de sobrevivientes. La prueba de la redención. La historia de tus antepasados es la única historia que te pertenece en todo este mundo caótico y es la única que tendrás para contarles a tus hijos.
Mis hijos.
Asentí con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas, mientras posaba mi mano con distracción sobre el vientre.
Apoyé la cabeza en la ventana; sobre el cristal se reflejaban las palmeras y mansiones que salpicaban los cañones sinuosos.
Esto era todo lo que tenía, me repetí a mí misma, este pequeño ser que crecía dentro de mí.
Este pequeño ser humano llevaba consigo las esperanzas y los sueños de todas las personas que lo habían precedido.
Pero por grandioso que fuera ese pensamiento, por embriagadoras que fueran las implicaciones del legado y el deber, el momento no podía ser peor.
Hubiera preferido esperar, al menos hasta poder permitirme una de esas mansiones que me miraban desde la autopista.
Pero ¿cuánto control tenía realmente? Al parecer, había llegado mi momento, el orden cósmico de las cosas.
Solo que no quería hacerlo sola.
¿Tendría que volver a Elk River como madre soltera? ¿Otra chica negra a la que la gente descartaba por ser pobre y necesitada? ¿Irresponsable?
Pensé en mami.
¿Se había sentido así cuando estaba embarazada de mí? ¿Era yo la culminación de sus sueños, o solo se había quedado atrapada en un pueblo y en un matrimonio en el que sin más tenía que sobrevivir?
Ahora, yo seguiría su mismo ciclo de fracasos: dos generaciones después, su nieto crecería en la misma cabaña al pie de la montaña de la que había soñado escapar durante tantos años.
Esperaba que algún día me perdonara.
Porque solo sabía una cosa con certeza: este niño era mío como yo fui suya.
Y no me iba a ir a ningún lado.