Toda la vida es ahora Capítulo 33 Marisol
58%

Capítulo 33 Marisol

—Siéntate, cariño —le ordené a mi marido con severidad; recurrí al español, el idioma de mi juventud, para reunir el valor necesario de decir las palabras que aún necesitaba encontrar.

Kem colgó el hacha en la pared, justo al lado de la puerta de malla del porche y apoyó el mango rojo contra la cabaña. Llevaba dos semanas trabajando doble jornada.

Me temblaban las manos mientras entrelazaba mis dedos con las suyas, callosas, y lo guiaba hacia la silla de madera rayada, una de las dos que componían el pequeño juego de comedor de nuestra cocina.

Me miró, sin saber muy bien qué le iba a decir, pero intentando tranquilizarme sin palabras.

Lo miré a los ojos, dos pozos oscuros de color marrón intenso.

Esos ojos se habían convertido en mi refugio.

Le agarré ambas manos y apoyé los codos en los bordes redondeados de la mesa.

—Estoy embarazada —solté, ansiosa por liberarme de las palabras que había estado reprimiendo.

Kem me miró, con los ojos muy abiertos y desconcertado.

—¿Cómo te sientes? —preguntó y escudriñó mi rostro en busca de alguna señal que le indicara lo que creía que debía decir.

Tragué saliva, sin saber muy bien cómo responder.

Desde que nos dimos el «sí, acepto» en una pequeña iglesia a las afueras de la ciudad, tres años después de bajar de aquel barco, Kem sabía que yo no quería tener hijos.

No me los merecía.

¿Qué tipo de mujer era yo? ¿Una madre que había abandonado a su hijo a cambio de sobrevivir? ¿Por qué debería merecer una segunda oportunidad?

Habían pasado casi dieciséis años desde que escuché los llantos de mi hijo atravesar el cielo de la noche por última vez.

En ese tiempo, Kem y yo nunca habíamos hablado de los horrores concretos que me trajeron hasta aquí, los que me pusieron en su camino.

Pero en lo más profundo de mi ser, sospechaba que él lo sabía; los gritos ahogados que me despertaban sobresaltada, los jadeos agudos que me invadían cuando su tacto me pillaba desprevenida.

Durante años, entre nosotros convivieron preguntas sin respuesta, una danza intuitiva entre lo dicho y lo no dicho.

Kem nunca indagó; intuía, supongo, que cualquier movimiento brusco me alejaría aún más de él.

En cambio, aceptó lo que yo podía darle y juntos construimos una vida nuestra.

Me retorcí las manos; la piel alrededor de las uñas se me pelaba por los productos químicos tan agresivos que utilizaba para limpiar.

Hacía tiempo que había dejado morir el sueño de tener un hijo sano, de tener una familia completa.

Ahora, aquí estaba, a mis treinta y cuatro años, contemplando mi penitencia.

—No puedo hacerlo —susurré.

—Sí que puedes, Mari. —Kem me tomó la mano, tal y como había hecho años atrás en el porche de la pensión cuando me pidió que me casara con él—. Podemos hacerlo. —Hizo una pausa—. Si quieres.

Miré mis pechos hinchados, mis tobillos adoloridos.

El cuerpo tiene una forma de recordarnos lo que la mente ha olvidado.

¿Era tan fuerte como para soportar otra pérdida si me volvía a suceder?

Cerré los ojos y alcé la mano para acariciar la mejilla de Kem. Luego, coloqué su mano con suavidad sobre mi vientre.

Vi cómo se le iluminaban los ojos al sentir el aleteo de la vida que crecía dentro de mí.

Y mientras sostenía su mano entre las mías, sobre el pequeño milagro invisible que habíamos creado, lo único que podía oír eran los llantos de un niño perdido a kilómetros de distancia, un niño que llamaba a una madre que nunca conocería.