Capítulo 31 Marisol
Cuando nuestro tren nos dejó por fin en Carolina del Norte, bajamos al andén en la oscuridad de la noche, agotados por el viaje nocturno.
Kem se aseguró de que me instalara en la pensión; había una serie de literas apiladas para las mujeres que trabajaban en los campos de tabaco en verano, muy parecida a la Casa de Huéspedes para Señoritas La Bombonera.
Durante los primeros días, sobreviví gracias a la caridad de una iglesia local; me la pasaba rebuscando entre cajas de guantes usados y chaquetas de varias capas de telas.
También, la encargada de la pensión me proporcionaba una comida caliente cada noche.
Fue así como soporté el invierno más cruel y sombrío que alguna vez hubiera imaginado.
Varios días después de nuestra llegada, Kem regresó a la pensión y se ofreció a acompañarme a caminar por entre las destartaladas vías del tren hasta llegar a la ciudad para buscar trabajo.
Kem se quedaba esperando fuera mientras yo giraba con timidez los pomos de las puertas de pequeños negocios con fachadas de ladrillo y de casas particulares.
Pero por cada tienda que lucía un anuncio de «Se busca personal», había otro colgado justo debajo: «No se admiten negros».
Después de que me cerraran esas puertas en las narices, aprendí de inmediato que, al parecer, aquí yo era negra.
En mi país, «negro» se refería a las personas de piel color caoba que trabajaban en los campos de caña de azúcar con mi padre.
Yo, por el contrario, era la definición clásica de una mulata: rizos gruesos y piel cobriza, producto de generaciones de mestizaje entre conquistadores españoles, esclavos africanos y los indígenas diezmados en sangrientas batallas.
Pero esta nueva etiqueta, y el rechazo que la acompañaba, se convertirían en una de las muchas que me enseñarían qué era Estados Unidos y quién era yo al interior de su abrazo hostil.
El trabajo doméstico era lo mejor que podía esperar.
Miré los trapos que tenía entre las manos y me detuve antes de seguir puliendo el candelabro de la señora Mitchell. Ella había sido la primera persona en contratarme cuando el país y sus lecciones eran nuevos para mí.
Yo limpiaba los adornos de cristal que colgaban del techo mientras la señora Mitchell, sentada a mi lado en la mesa de la cocina, echaba cucharadas de azúcar en un café flojo que parecía agua sucia.
Lista para irse a su dormitorio, cerró el periódico que tenía delante y lo deslizó suavemente hacia el borde de la mesa.
Al inclinarme en la escalera, eché un vistazo a la portada.
Los penetrantes ojos marrones que me miraban me dejaron sin aliento.
Era él.
—¿Puedo. . . esto? —pregunté en mi mal inglés, aunque cada vez era mejor, y señalé las páginas en blanco y negro—. ¿El periódico?
—The periodical? —repitió la señora Mitchell—. The newspaper?
Asentí con entusiasmo.
—Por supuesto, cariño —respondió ella y miró la foto para ver qué había captado mi atención.
Allí, en blanco y negro, Fidel Castro saludaba a la multitud reunida frente al palacio presidencial, el palacio que una vez pensamos sería nuestro.
—¿Es ahí de donde eres, Marisol? ¿Kewwww-buh? —preguntó la señora Mitchell, distorsionando tanto el nombre de la tierra que me había dado la vida hasta convertirlo en algo irreconocible.
Quizás ahora lo era.
Asentí con energía, me metí el periódico bajo el brazo y recogí mi cubo y mi delantal manchado.
Eran las cuatro en punto. Le di las gracias a la señora Mitchell y rápida comencé a caminar la milla que me separaba de mi pensión; los mosquitos zumbaban en torno al sudor que desprendía la fina tela que utilizaba para recoger mis rizos espesos, unos que ahora me caían por debajo de los hombros.
Cuando llegué, Kem me estaba esperando.
—Buenos días —me saludó en español, con una amplia sonrisa.
Kem estaba sentado en el columpio rojo brillante que colgaba del porche.
Le devolví la sonrisa, con una pequeña mariposa revoloteándome en el estómago.
Había pasado más de un año desde que me trajo por primera vez a estas costas, protegiendo mi paso por esta ciudad, por mi nueva vida.
¿Por qué se había quedado tanto tiempo?
Cada día, después de terminar su turno en el ferrocarril, traía algún pequeño detalle inesperado —una magdalena recién hecha, una margarita que arrancaba de algún campo— y se sentaba a mi lado.
Decía que quería asegurarse de que yo estaba bien.
De que estaba completa.
Le mostré a Kem el papel que tenía en la mano, lo agité en el aire como había visto hacer a los repartidores de periódicos antes de tirarlo al jardín.
—Sí —dijo—. Lo vi. ¿Quieres que te lo lea?
Asentí con la cabeza.
Kem extendió la mano y cogió las páginas enrolladas. Se deslizó hacia el borde del columpio para hacerme sitio. Me senté a su lado.
—Cuba: primer paso hacia una nueva era —leyó en voz alta el titular y extendió el periódico entre nosotros—. Batista está acabado, Mari —dijo en voz baja—. Parece que ha huido. Se ha ido a la República Dominicana. Castro le ha ganado.
Negué con la cabeza y bajé la mirada hacia la madera agrietada bajo las suelas desgastadas de mis zapatos.
Kem siguió leyendo el periódico:
—Toda la juventud cubana apoyaba a Fidel. Miles de muchachos y muchachas dieron su vida, miles sufrieron torturas abominables a manos de la policía y el Ejército y miles pasaron diferentes períodos en prisión.
Las fotos en blanco y negro que salpicaban la página mostraban multitudes de cubanos detrás de Castro, cubiertos por banderas ondeantes, sosteniendo entre sus manos callosas carteles en los que se leía: «Patria o Muerte».
¿Era eso lo que me había costado la Revolución?
—Parece que los hombres de Batista se han ido —dijo Kem y colocó el periódico entre nosotros—. Se acabó, Mari.
Asentí en silencio.
Pero para mí no se había acabado.
Recordé la isla, el olor a agua salada, el sonido de las risas durante aquellos primeros días en la escalinata de la universidad.
Todo lo que había amado lo había dejado atrás.
Mis amigos, mi familia. . . mi hijo.
Yo nunca volvería.
Me recosté en el columpio oxidado con los pies colgando del banco.
¿Quién era yo entonces? ¿Quién, cuando tuve la energía —y la ilusión— para librar una batalla por mi propia libertad?
¿Quién, cuando pensé que podría terminar la universidad y conseguir un trabajo?
¿Quién, cuando quise que mi madre se quedara con el dinero de su propio café y que los hombres semejantes a mi padre tuvieran la oportunidad de cumplir sus propios sueños?
¿Por qué me atreví a soñar un país con elecciones democráticas que no dependiera de la censura para proteger su frágil imagen?
¿Un país donde pudiera vivir sin miedo a que me llevaran en medio de la noche si molestaba a quienes gobernaban?
Todos los aspirantes a la presidencia nos habían prometido eso.
Castro, el primero de ellos.
Pero ahí fue donde me equivoqué.
Pensar que los hombres, cada uno más prepotente que el otro, podían luchar por el poder, robarlo y luego utilizarlo de forma justa era una fantasía.
El poder está destinado a ser compartido.
Pero solo las mujeres lo saben.
Sin embargo, como tontas, creímos en los hombres.
Los seguimos.
Incluso a los que tenían buenas intenciones.
Y ahora es demasiado tarde.
Para mí no queda nada.
Tuve un hijo que quizás no sobrevivió y que, si lo hizo, no me recordaría.
Mi mejor amiga había partido, sin siquiera una tumba que rememorara su corta vida, y el hombre que me amó, que me prometió un destino muy diferente a la realidad que me rodeaba, nunca volvería a abrazarme.
No tenía ningún recuerdo que no estuviera mancillado por el dolor enfermizo que me infligieron aquellos hombres rotos y de un poder sin límites.
Balanceé las piernas desde el banco mientras contemplaba las montañas frente a mí; el cielo era azul e infinito.
Gusanos, nos llamarían a quienes huimos.
Quizás lo seamos.
Gusanos que se escondieron en la tierra en busca de refugio, esperando a que pasara la tormenta.