Capítulo 29 Marisol
El barco que me llevó a cruzar aguas desconocidas fue uno de los tantos que salían Cuba.
Partió esa noche a las ocho en punto, tal y como había sido prometido.
Yo era la única mujer abordo, envuelta en viejos paños y un sombrero de mi madre; disfrazada para lucir como alguien mayor, como una trabajadora de la ciudad.
Miré al frente cuando el motor hizo el ruido típico de echar a andar.
Mi mente estaba en blanco.
Mi corazón estaba vacío.
Al observar las olas inquietas golpear la proa, pude también contemplar lo incierto de mi futuro: mi amado había sido asesinado, mi hijo había dejado un hueco en mi pecho que nunca podría llenar y sabía que pasaría el resto de mis días expiando el haber tomado la decisión de sobrevivir.
Me senté en silencio mientras la embarcación avanzaba a trompicones. Las escenas que había vivido en los últimos días y los horrores del último año me mantenían despierta.
Después de lo que pudieron ser minutos u horas, me di cuenta de que un trabajador cruzaba la resbalosa cubierta y venía hacia mí. Sus botas grises chillaban al contacto con la madera laqueada a medida que se acercaba al borde donde estaba sentada.
Debió de haber advertido en mis ojos lo abatida y débil que me encontraba.
—¿Señorita, está bien? —preguntó con timidez y mantuvo la distancia entre nosotros.
Me quedé en silencio, con la mirada fija en la piel agrietada de mis manos.
El desconocido se sentó a mi lado con cuidado y con un español precario me preguntó hacia dónde me dirigía.
Por respuesta lo miré con desgano, no quería ninguna intrusión o discordia en lo que ya era mi imposible viaje.
Para entonces ya reconocía la crueldad en los ojos de los tipos rotos con intenciones brutales.
Sin embargo, cuando me volví hacia él, algo dulce en su mirada me advirtió que no sería una amenaza.
El hombre me contó que había sido designado para trabajar en el sistema de trenes y vías en Camagüey durante seis meses, como fogonero para Batista. Trató de explicarme que la paga aquí era mejor que la que recibía en su país, donde la gente de su color recibía menos dinero.
El hombre lucía como mi padre. Tenía la piel morena como la madera luego de una copiosa lluvia, los ojos profundos y marrones, tan oscuros como una noche sin estrellas. Sus brazos eran largos y vigorosos, sus músculos parecían cuerdas.
Se dio cuenta de que yo necesitaba el silencio y permaneció tranquilo a mi lado. Se limitó a mirarme, tímido, dudando de si en verdad estaba bien.
Pasaron las horas hasta que por fin el barco atracó en Miami; nuestros cuerpos tropezaron en la cubierta cuando, entre algunos hombres, lo ataron al muelle.
Casi todos los pasajeros se pusieron de pie para recoger sus pertenencias.
Yo permanecí inmóvil.
—Señorita —se atrevió a decir el desconocido—, ¿no es aquí donde quiere bajarse? —Esta vez habló en inglés, con un acento diferente al tono equilibrado que había escuchado en los extranjeros de la radio.
Lo miré, sin saber qué decir.
Ni adónde ir.
—Señorita, no puede viajar sola —dijo mirando a su alrededor, casi con nerviosismo—. No es seguro. Este barco atracará en Virginia y eso está muy lejos.
No entendí la mayor parte de lo que dijo.
Pero no importaba.
No tenía destino alguno.
—Mire —tragó saliva y volvió a intentarlo en español—.
Yo voy a Carolina del Norte; es un viaje que puede hacerse en tren desde Virginia.
Es en las montañas. Hay una señora en mi pueblo que renta una pensión para mujeres solteras.
Mi madre se alojó allí poco después de darme a luz.
—Miró sus manos con las que retorcía su gorra azul marino de trabajador, y una expresión de vergüenza inequívoca hizo que se le frunciera el ceño por un segundo—. Quizás ella pueda ayudarla.
Lo miré con los ojos llenos de lágrimas.
No le entendí del todo, pero asentí con la cabeza.
¿Desprendía yo el inconfundible hedor de la tragedia? ¿Había percibido mi vulnerabilidad? ¿O solo se compadecía de una mujer soltera que viajaba sola en un barco de trabajadores?
Hasta el día de hoy, sigo sin saber qué lo llevó a ofrecerme compañía, ni qué me impulsó a mí a seguir a ese desconocido hasta el siguiente puerto y coger un tren hacia una montaña de la que nunca había oído hablar.
Al fin y al cabo, yo no era responsabilidad de nadie.
Tras bajar del barco en Virginia, con los pechos aún doloridos por el parto, el hombre, para mi sorpresa, nunca se apartó de mi lado.
Me ayudó a recoger mis pertenencias, que no eran más que un saco raído donde llevaba mis harapos sueltos, mi carné y mi foto.
Luego se detuvo y volvió hacia mí.
—Señorita, no sé quién es usted ni de qué está huyendo. Pero empezar de nuevo es difícil —dijo en voz baja—. Yo lo he hecho. Y si me lo permite, me gustaría ayudarla.
Me tendió la mano.
—Me llamo Kem.