Toda la vida es ahora Capítulo 27 Marisol
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Capítulo 27 Marisol

Marisol miró hacia las montañas, removiendo lentamente la olla de arroz caliente que tenía delante que no cesaba de despedir vapor en el frío.

Se quedó inmóvil a la espera de que su marido girara el pomo de la puerta.

Podía ver su espalda a través de la ventanita de la cabaña.

Observó cómo se sentaba en el taburete de mimbre y se quitaba la gruesa camisa de color azul oscuro, endurecida a causa del revestimiento incombustible que estaba obligado a llevar cuando trabajaba en la caldera del tren.

Kem siempre bromeaba diciendo que se había enamorado del arroz con pollo de Marisol antes que de ella y le decía en tono burlón que debía de haberle echado algo de santería cubana para haberlo seducido desde el primer bocado.

Marisol siempre se reía cuando lo decía y junto a su boca se formaban unas pequeñas medialunas.

Pero ella sabía la verdad: había conquistado su corazón desde mucho antes.

Mientras removía, Marisol recordó la singular aventura que los había llevado el uno hasta el otro.

Al entrar en la casa, Kem besó la frente de Marisol con suavidad y cogió el plato de cerámica que estaba en el borde de la encimera. La abrazó con ternura y ella le sirvió una cucharada de arroz.

Al verlo sentarse a la mesa de madera, esa que los había acompañado a lo largo de tantas vidas, donde cada arañazo representaba un recuerdo que ahora se desvanecía, Marisol se maravilló de lo mucho que Kem se parecía a su hija: un recordatorio físico de la increíble redención que habían encontrado el uno en el otro.

¿Qué pensaría él, se preguntó, si supiera que, en algún lugar del mundo, había un niño que quizás también se parecía a ella?

La Habana, Cuba 20 de noviembre, 1957

Dormí durante todo el trayecto hasta Camagüey.

Débil y desaliñada, tomé la misma guagua destartalada que una vez me había llevado a la universidad, llena de ilusiones y esperanzas, para regresar al mismo lugar de donde había salido.

Cuando se abrieron las puertas, bajé los escalones y, con cada paso, comenzaron a caer trozos de sangre seca de mis pantalones.

Los sonidos familiares de los vendedores regateando fuera de la estación me dieron la bienvenida a casa; el olor a pan caliente llegaba desde los carritos de venta. . . yo permanecí de pie en el andén.

Todo parecía igual que cuando me fui: antes de la escuela, antes de las protestas.

Antes de mi hijo.

Bajé la cabeza y me cubrí con la larga tela de mi túnica con la intención de evitar a la multitud mientras salía de la estación.

Nadie podía reconocerme.

Necesitaba desaparecer.

Después de caminar medio kilómetro entre las altas hojas verdes de las cañas, llegué al pequeño bohío que una vez albergó los sueños de mi infancia.

Mi hogar.

Me quedé delante, mirando las hojas de palma que cubrían nuestro techo y recordé cómo el agua se filtraba por las esquinas cuando llovía fuerte.

Cuando levanté la mano para llamar a la puerta, esta se abrió de golpe. Mi madre estaba allí, con la boca y los ojos muy abiertos por la sorpresa. Me miró, me metió en la casa y cerró muy rápido la puerta.

—Marisol. . . —dijo, incrédula, logrando apenas pronunciar mi nombre.

Caí de rodillas y lloré en el suelo de tierra donde aún se conservaba una áspera estera roja que me raspaba las rodillas. Los sollozos brotaban de mis labios hinchados y mis hombros temblaban por la fuerza de mi llanto.

—Dijeron que tú. . . —mi madre luchaba por hablar, aún sin saber qué pensar de mi estado, de aquella aparición que se había materializado en su umbral. Rompió a llorar, soltó un gemido de agonía y se dejó caer al suelo a mi lado.

De repente, mi padre dobló la esquina y la puerta trasera se balanceó detrás de él.

—Ay Dios Santo, creador de la Tierra. . . —Mi padre sacudió la cabeza con incredulidad.

Mi hermano entró detrás de él; un grito ahogado se escapó de sus labios.

—¿Mari? —Mateo corrió hacia mí, se unió a mi madre y me abrazó—.

Los hombres de Batista vinieron después del ataque a Radio Reloj —dijo sin aliento, en un intento de entender la confusión—.

Dijeron que habías muerto, junto con una chica llamada Mirta.

Dijeron que ustedes eran traidoras. . . —su voz se apagó, sin saber si continuar.

Una confirmación enfermiza se me instaló como una piedra en el estómago. La enfermera tenía razón. Dejarme vivir no estaba en sus planes.

Esos cobardes.

Ya me habían matado frente a quienes me importaban.

—Si ya vinieron aquí, no nos queda mucho tiempo —logré decir—. Volverán. Tienen algo que me pertenece.

Mi padre miró la sangre fresca que se acumulaba en el suelo debajo de mí. Mi madre me miró con horror como si lo supiera todo.

—Me van a matar —reiteré—. Y los van a matar a ustedes si me ayudan.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire entre nosotros; la verdad que encerraban era mortal.

—Mateo, trae los papeles —ordenó mi padre—. Ya sabes dónde están.

Papi guardaba todos nuestros documentos —certificados de nacimiento y los pocos objetos de valor que poseíamos— escondidos bajo las cuerdas deshilachadas de su colchón. Yo todavía podía recordar la carpeta marrón manchada llena de hojas amarillentas.

Mateo regresó con mi viejo carné de identidad y un certificado de defunción.

Mi certificado de defunción.

Mi padre me puso los documentos en la mano.

—Deja el certificado de defunción con nosotros. Solo llévate el carné —ordenó—. Lo necesitas para embarcar.

Me temblaban las manos.

—¿Embarcar adónde?

—Hay un barco que sale esta noche. Un buque de carga. Varios de los hombres con los que trabajo en el campo regresan a Estados Unidos con los americanos que vinieron para la temporada de lluvias. Ve con ellos. Di que vas a vender el azúcar de tu madre. Solo enséñales tu carné.

Le di la vuelta al pequeño documento de papel que tenía en la mano. Había un clip en la esquina superior derecha, donde lo había dejado. En el reverso había una foto mía, de Mirta y de José poco después de conocernos en una reunión del gobierno estudiantil; una foto que le había enviado a mi madre.

Contemplé nuestros rostros, capturados en un momento que parecía haber ocurrido en otra vida.

—¿Sale esta noche? —pregunté, mirando a mi padre.

—Sí —respondió con severidad y me miró con una mezcla de tristeza y desdén. Esto era lo que me había advertido, lo que me había dicho que pasaría si iba a la escuela y me contaminaba con los males de la ciudad.

Perdería mi camino, me lo había advertido.

Pero yo había hecho mucho más que eso.

Mi madre se tapó la boca, tratando de evitar que sus sollozos se escaparan y los vecinos los oyeran. Su única hija, dada por muerta, solo para que regresara y se la arrancaran otra vez.

Me tomó el rostro con ambas manos, me agarró las mejillas.

Me derrumbé en sus brazos.

Juntas, lloramos.

Mi padre se quedó de pie, miró con extrañeza nuestro abrazo y mi hermano desapareció en silencio hacia la cocina. Momentos después, Mateo regresó con un trozo de papel rasgado y un bolígrafo negro.

—Marisol, mira —comenzó Mateo mientras escribía un número de teléfono—. El tío Camilo tiene una casa en La Habana. Si necesitas comunicarte con nosotros, llama primero allí. Él sabrá cómo encontrarme.

Mateo.

Había crecido mucho en los ocho meses que pasaron desde que me detuvieron y el año desde que me fui a la universidad. ¿Por qué se había mantenido en contacto con el primo de mi padre? ¿Cómo tenía contactos en La Habana? ¿También planeaba irse?

Sostuve el papel en una mano. Con la otra, busqué a mi hermano menor, ahora un hombre. Me abrazó; sabíamos que esta vez podría ser la última.

Mi padre se apoyó en el marco de la puerta.

—Debes esconderte en el cobertizo del tabaco hasta que anochezca. No sería seguro que alguien te viera antes de que llegues al barco. Los vecinos te delatarán.

Asentí con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.

Todo lo que decía era cierto. Ningún lugar ni ninguna persona eran seguros.

Pero ¿y yo? ¿Adónde iría?

Me quedé viendo la alfombra desgastada de mi madre, incapaz de mirar a mis padres a los ojos.

Lo había apostado todo.

Y perdí.