Toda la vida es ahora Capítulo 26
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Capítulo 26

C inco años después de que se cerrara la puerta de cristal de aquella tetería, Hana me cogió de la mano.

—Sé que te hicieron daño, Lily —dijo y suavizó la voz mientras se sentaba en su redondel de seda nupcial blanca—.

Créeme, fue duro verte en tu odisea de idas y venidas.

Pero, como tu amiga, debo admitir que nunca te he visto como cuando estabas con él, despreocupada, ligera, sin cargas.

Puede que Vikram no haya cambiado, pero ¿qué tal que las circunstancias sí?

Quizás ahora sea el momento adecuado para que ambos puedan por fin responder esas preguntas.

Me acerqué al borde de la cama con dosel y apoyé la cabeza en su hombro. Había pasado mucho tiempo desde que Hana y yo hablábamos así todos los días, acurrucadas junto al ruidoso radiador de nuestra antigua residencia.

—No te estarás poniendo flojita antes de la fiesta, ¿verdad? —me susurró al oído, rodeándome firme con su brazo.

Me reí.

—Es solo que. . . no sé qué decir, Hana. Ha pasado tanto tiempo.

—Inténtalo —respondió con simpleza y me acarició el pelo alaciado—.

Dile lo que sentías entonces y pregúntale cómo se siente ahora.

Pero escucha atenta su respuesta, Lily. Porque, pase lo que pase, mereces cerrar este capítulo.

Es lo mínimo que él puede hacer. Bajé las escaleras con el corazón latiéndome a toda velocidad, pero antes de buscar mi mesa me detuve en la barra para tomar una copa de champán.

—Salud, colega —oí decir a una voz familiar. Una mano bien cuidada asomó por debajo de una manga cortada a medida y con la bandera india grabada en el gemelo. La mano tomó dos copas de una bandeja de plata grande.

Vikram se volvió hacia mí.

Me tendió una de las copas doradas como si me hubiera estado esperando todo este tiempo.

—Y entonces. . . —sonrió Vikram—. Qué sorpresa verte aquí.

Intenté mantener la calma y cogí la copa despacio; el frío con-densado goteaba por el tallo hasta mis dedos. Había ensayado este momento una y otra vez en mi cabeza, pero al parecer, nada podría haberme preparado para la visión que tenía delante, el mismo chico, ahora convertido en hombre.

Bebí un sorbo de champán, con la esperanza de calmar los latidos de mi corazón.

—Aún no te he ahuyentado, ¿verdad? —Vikram me miró fijo, con una leve sonrisa en la comisura de los labios.

—Todavía no —respondí, y me dirigí al pasillo que conectaba el bar con el comedor principal. Los organizadores de la boda estaban reuniendo a los invitados en el salón para dar comienzo a la cena.

—¿Has hablado con Hana? ¿Para confirmar que no me colé en la boda?

—Sí, lo hice —respondí, entrecerrando los ojos y mirándolo por el rabillo—. Aunque no puedo negar que estoy sorprendida.

—Bueno, claro que te sorprende. Recuerda que yo he tenido tres meses para pensar en este momento. Tú has tenido tres segundos.

—¿De verdad?

—¿De verdad qué?

—¿Pensaste en este momento durante tres meses?

—Me temo que por mucho más tiempo —suspiró—. Pero no estaba seguro de poder hacerlo o de si lo haría, hasta hace tres horas, cuando finalmente reuní el valor suficiente para salir de mi apartamento. Y te aseguro que sigo tan nervioso como tú en este momento.

Me volví hacia él. Era esa honestidad lo que inicialmente me había atraído de Vikram: su corazón abierto y vulnerable que se permitía derramar entre nosotros todo aquello que sentía.

Ese fue siempre su sello.

Nuestro sello.

Hasta que dejó de serlo.

—He recreado este momento en mi cabeza miles de veces —continuó Vikram, mientras las palabras se agolpaban en su boca—.

Fue diferente cada vez y, sin embargo, ninguna como esta.

Ahora que por fin ha llegado el momento, me quedo sin saber qué hacer.

Hay tantas cosas que quiero decirte y no sé por dónde empezar.

—Empieza con lo que quier. . .

—Lo siento —soltó Vikram—. Quiero empezar por ahí: lo siento. No debí hablarte así en la tetería. Estaba triste y me daba miedo volver a Inglaterra. Estaba a la defensiva.

Vikram sacó mi silla de debajo de la mesa y puso su mano en el respaldo, justo donde mi nombre estaba inscrito en cursivas dentro de una pequeña placa dorada.

Me dejé caer en la silla, mientras Vikram me cogía la mano con suavidad y se sentaba a mi lado.

—Me sorprendió que Chris me invitara al partido de egresados. No tenía ni idea de que se había mudado a Londres —sonrió Vikram—. Verlo me recordó una época muy feliz, antes de las reuniones de la junta directiva y los tirones en los muslos. Pero también me recordó a ti.

Tragué saliva.

—Lily, tu fantasma me ha perseguido desde nuestra última conversación. Sin descanso. Cada cabeza con pelo rizado que pasa a mi lado, cada carcajada de un transeúnte. . . Estás en todas partes, en todo.

Alzó la mano y tiró de la punta de uno de mis mechones, ahora alisados.

Quería contarle que había pasado meses repitiendo esa misma conversación, un bucle de nuestros últimos momentos juntos que me castigaba una y otra vez.

Quería contarle que había desperdiciado meses tratando en vano de reemplazarlo, cómo había buscado una amalgama hecha con los miles de pedazos que extrañaba de él.

—Entonces, ¿por qué? —le pregunté en cambio—. ¿Por qué no contestaste el teléfono? —Sentí que las lágrimas empezaban a brotar—. Si Hana y Chris no se hubieran casado, si Chris no te hubiera visto en el partido de fútbol, si no te hubiera invitado, ¿alguna vez habrías dicho algo de esto?

La primera lágrima cayó sobre la ligera seda de mi vestido.

—Hemos perdido mucho tiempo, Vikram.

—Me gustaría pensar que, al final, habría hablado.

Pero, Lily, he estado atrapado. Volví para aceptar el trabajo en la sede principal de la compañía de mi padre, aquí en Londres.

Desde entonces, la verdad, me he rendido.

Se acabaron las películas, se acabó perseguir el sueño de Hollywood.

Pero eso también significa que las cosas por fin se han calmado.

No están bien, solo. . . tranquilas. Y lo necesitaba.

Después del caos de la salud de mi padre, de perderte —bajó la mirada e hizo una pausa— lo único que he hecho es intentar alejar de mi mente y hasta donde ha sido posible ese año mágico en el extranjero.

No podía seguir pensado en ti y sobrevivir.

—Me cuesta creer que te hayas quedado sentado al otro lado del mundo, suspirando. . .

—Por supuesto que no he logrado evitar el circuito de citas concertadas, beti —dijo con un guiño, imitando el cálido acento de su madre.

Los dos nos reímos y eso produjo un pequeño alivio en la tensión.

Vikram se tiró de la manga de la chaqueta; tenía las mejillas sonrojadas.

—Suspiré, sí, y traté de olvidar. Intenté hacerlo en cada cita mal concertada que mi madre organizó; intenté borrar tu sonrisa, tu tacto; intenté encontrar una distracción de mi propia frustración con la vida misma de la que he pasado tanto tiempo procurando escapar. Pero ¿quién podría olvidarte, Lily?

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Vikram me tomó una mano.

Bajé la mirada hacia mis dedos, entrelazados con los suyos, contemplando nuestras venas ahora protuberantes y nuestras interrumpidas líneas de la vida.

Este era el momento que creía que el destino jamás nos concedería.

—Soy matemático, Lily —continuó Vikram—.

Resuelvo problemas. Elimino variables. Y contigo había demasiadas.

Sabía que te quería, estaba seguro. Pero se suponía que ese año iba a ser el año de mis estudios, el más exitoso hasta la fecha; la cereza en el pastel de mis logros para mostrarles a mis padres que por fin había triunfado. Y entonces apareciste tú.

Me mordí el labio inferior queriendo contener el llanto.

—Eres brillante y hermosa, Lily. Honesta sin vergüenza de serlo. ¿O es tu consciencia? No sé qué es, pero quiero más. He pasado cada día intentando alcanzar una euforia que sabía que no vendría de ningún otro sitio, en ningún otro universo, sino de ti.

—Entonces, ¿por qué no luchaste por nosotros, Vikram?

—Porque no me dejaste, Lily. Dijiste que no.

Bajé la mirada hacia mi regazo.

Tenía razón.

—No estaba segura de hacia dónde iba todo esto: contigo, con nosotros, con mi carrera después de la universidad.

Estaba desesperada porque siguiéramos juntos, Vikram.

Lo estaba. Pero también estaba desesperada por que tú me convencieras de que podíamos hacerlo.

Tenía miedo, quizás más que tú. No estaba segura de que realmente quisieras esto.

. . —Me señalé a mí misma, reparando en mi cabello oscuro y mi complexión robusta—.

No estaba segura de que tú me quisieras a mí.

Observé cómo Vikram luchaba por contener sus emociones.

—Pero tienes razón, no fui valiente —admití, mirándolo fijo—. Debería haberle dado una oportunidad a esta relación, a nosotros.

Vikram se quedó sentado en silencio. Limpió su copa pasando el dedo por el borde.

—Eso significa mucho para mí, Lily. Y la verdad es que quizás la sola posibilidad de escuchar esas palabras sea la razón por la que he venido esta noche.

Esa pequeña chispa de posibilidad, de un destino por el que entonces no pude luchar, es lo que siempre he mantenido vivo en algún lugar.

Es lo que me empujó a ponerme este ridículo traje de pingüino hace apenas tres horas.

—Sonrió y tiró de su impecable chaqueta de esmoquin negro—. Porque tú, Lily Walker, lo vales.

Una sola lágrima recorrió mi rostro y era muy probable que arrastrara consigo el colorete que me había aplicado con tanto cuidado en la mejilla.

Vikram me apretó la mano y la llevó a su pecho.

—Para ser justos —sonreí—, no pensé que llegaríamos a esta parte de la conversación tan pronto. —Tomé mi copa y la levanté en el aire—. Pero, por otra parte, no lo cambiaría por nada.

Ambos nos reímos, nuestras frentes casi se tocaron y nos maravillamos de lo absurdo y casi imposible de este momento tantos años después.

Me sentí purificada por dentro. Sentí el alivio inconfundible de haber encontrado algo perdido.

Justo cuando Vikram abrió la boca para hablar, el DJ puso a todo volumen «Candy Rain» de Soul For Real. El resto de las damas de honor y los padrinos empezaron a llegar poco a poco desde la sala de cócteles y, en poco tiempo, todo el grupo estaba junto a nuestra mesa.

Nuestro momento a solas había terminado.

Miré a Vikram como para disculparme por el caos, pero Vikram no parecía molesto. Miró nuestras manos entrelazadas, como si mi mano en la suya fuera respuesta suficiente.

Entonces, de repente, al ritmo de la música, Vikram se levantó y me llevó con él. Me hizo girar, colocó una de sus manos en mi espalda y me acercó a él.

—Hay mucho tiempo para hablar de lo que pasó —susurró—, pero por ahora, imaginemos lo que podría haber sido.

Inhalé con fuerza; el aroma de su colonia me embriagaba de deseos y recuerdos. Mi pecho quedó presionado contra el suyo y podía sentir el peso sólido de su cuerpo en el mío; más ancho, más firme, de lo que recordaba.

—Ahora, ¿en qué estábamos? —susurró de nuevo, esta vez tan cerca como para sentir su aliento en el mío.

Lo miré.

Incluso después de todos estos años marcados por los sutiles cambios del tiempo, seguía resultándome familiar.

Me miró fijo y sonrió.

Y entonces, me besó.

Puro.

Cabrón.

Eléctrico.

Podía sentir su corazón latiendo a través de su camisa blanca almidonada; mi mano se estiró para agarrarle la nuca. Sus labios, carnosos y suaves, eran mejores de lo que había fantaseado todas esas noches en soledad, buscando consuelo en hombres que deseaba que fueran él.

Nos quedamos así, con los cuerpos palpitando y las manos explorándonos, durante lo que pareció una eternidad.

Habíamos esperado lo suficiente.

El tiempo se había detenido y nos lo merecíamos.

Cuando por fin nos separamos, vi que Hana y Chris nos observaban con detenimiento.

Intercambiaron una mirada cómplice, algún juicio sobreentendido entre ellos.

A través de la pista de baile llena de gente capté la mirada de Chris.

Sonrió a regañadientes, y cualquier crítica tácita se evaporó con rapidez.

—Salgamos de aquí, ¿sí? —me susurró Vikram al oído. Me apartó de él, pero me cogió de la mano y nos fuimos a los ascensores.

Nada más cerrarse la puerta, Vikram me empujó contra el cristal, me agarró la cara con una mano mientras me besaba con fuerza y apoyaba la otra en la pared del ascensor.

—¿A la tuya. . . o la mía? —me susurró con voz entrecortada al oído.

—A la tuya —jadeé.

Vikram me llevó a su suite. Habitación 1101. Mantuvo la puerta abierta con la mano mientras cruzábamos el umbral, con los labios unidos, dejábamos así el pasado y toda su incertidumbre detrás.

Vikram deslizó la mano bajo el tirante de mi vestido, me guio con delicadeza hacia el centro de la habitación. La puerta se cerró detrás de nosotros con un clic.

La luz del pasillo desapareció.

—Escucha —susurró—, antes de que pase nada, no sé cómo te sientes, pero hay una cosa que quiero que sepas.

—¿Qué es?

—Que eras tú, Lily. Siempre has sido tú. —Vikram me rodeó la cintura con el brazo y me atrajo hacia él—. Te quería entonces y te quiero ahora.

Las lágrimas se me acumularon en los ojos.

Cogí la pequeña llave magnética de la habitación de su mano y la dejé en la mesita de noche junto a la cama de matrimonio.

—Y entonces —dije, me incliné hacia él y desabroché mi vestido—, al menos déjame responder a tu pregunta.

—¿Qué pregunta? —dijo Vikram.

—Sobre cómo me siento.

Lo besé despacio.

Con toda intención.

Luego, alcancé la pared detrás de su hombro y apagué las luces.

Esa noche, nuestros cuerpos dijeron las palabras que no pudimos encontrar años atrás.

Te deseo, Lily.

Te extrañé, Vikram.

Elígeme.

¿Por qué me dejaste ir?

Ahora estoy aquí.

¿Es suficiente?