Capítulo 24 Lily
Me acomodé el vestido, tiré del bordado de cuentas a lo largo del corpiño y los pétalos de encaje se deslizaron mientras ajustaba la costura.
El ramo que sostenía en la mano era una explosión de color: narcisos amarillos brillantes mezclados con rosas rojas intensas y pétalos en tonos pastel.
Me temblaban los dedos. Intenté recordar lo que me había dicho la organizadora de bodas la noche anterior: tenía que mantener la punta de los tulipanes por debajo del ombligo cuando comenzara a caminar por el pasillo, con el fin de acentuar la zona del corpiño en el vestido.
Me puse aún más nerviosa solo de pensar en todas esas miradas fijas en mí.
En ese momento, la música comenzó a sonar.
El violinista tocó la primera nota y una fina gota de sudor se formó en lo alto de mi frente, justo tocándome el pelo.
Había decidido llevarlo liso, optando por algo especial para hacer memorable la ocasión.
Mis rizos habían sido mi marca personal desde que era niña, pero ahora estaba entrando en una nueva etapa de mi vida como mujer.
Quería anunciarlo al mundo, demostrarlo con cada detalle de mi atuendo cuando me presentara ante todas esas caras que no veía desde la universidad.
En el segundo que el arpista se unió al cuarteto, las notas instrumentales de Alison Krauss se deslizaron por debajo de las rendijas de la gran puerta doble. Esa era mi señal. Respiré hondo y posé mi tacón color crema sobre la lujosa alfombra roja. La luz de la rotonda bañaba mi silueta.
Las puertas se abrieron y el mar de rostros me dejó sin aliento.
Debía haber unas doscientas personas sentadas en los bancos, al menos hasta donde alcanzaba a ver.
Sonreí nerviosa; traté de mantener un paso uniforme y agarré las flores silvestres atadas con una cinta amarilla entre mis manos.
Giré la cabeza con recato hacia cada lado para establecer contacto visual con los invitados que reconocía, y avancé lenta hacia el altar.
Entonces lo vi.
Esos ojos, oscuros e intensos, aún lograban dejarme sin aliento.
Estaba tan guapo como el día en que lo conocí.
Su piel había adquirido algunas líneas finas, marcas del tiempo y la sabiduría, que complementaban las pocas canas que salpicaban su cabello negro azabache.
Tenía un aspecto distinguido. Su piel, del color del cobre, se veía hidratada y exquisita, y brillaba bajo la luz de las velas que adornaban el pasillo, reflejándose sus sus mejillas.
Mi corazón latía con fuerza; las palmas de las manos se me humedecieron.
Tragué saliva.
Al acercarme al final del pasillo, pasé junto al banco donde él estaba.
Vikram me miró fijo.
¿Qué hacía allí?
Subí los dos últimos escalones que me separaban del estrado y me situé junto al pastor, que abrió la ornamentada Biblia que tenía sobre el atril y carraspeó.
—Les damos la bienvenida a la boda de la señorita Hana Kang y Christopher Bekki.
***
La boda se celebró en One Great George Street, uno de los lugares más exclusivos de Londres, cuya impresionante arquitectura eduardiana deja sin aliento incluso a los londinenses más escépticos.
Incliné el cuerpo, de pie codo con codo entre las otras cuatro damas de honor vestidas de café, y traté de controlar mi respiración. Miré fijo, sin prestar mucha atención a las promesas de por vida que se hacían a mi lado.
Habían pasado casi cinco años desde la última vez que había visto a Vikram.
Todas las fantasías que había tenido sobre cómo sería este momento, cómo me sentiría al volver a verlo por fin, se quedaron cortas ante la sofocante ola de emociones que me invadió.
Nada podría haberme preparado para la forma en que mi corazón se rompería, una vez más, con solo tenerlo a unos metros de distancia.
¿Cuándo lo invitó Hana? ¿Por qué no me lo había dicho?
Miré el ramo que tenía en la mano, demasiado asustada para levantar la vista por miedo a cruzarme con su mirada.
A mi lado, Hana estaba de pie en el centro del altar.
Las velas amarillas iluminaban su rostro mientras agarraba las páginas de color crema del pergamino en el que había escrito sus votos a mano.
Llevaba un vestido de seda ajustado que se ceñía a las curvas de su menuda figura y pequeños racimos de gipsófilas se entrelazaban en una sola trenza francesa que formaba un halo alrededor de su cabeza.
—Chris, eras todo lo que no sabía que necesitaba —dijo Hana, inclinada hacia el micrófono, con su voz profunda y sensual.
Chris se secó una lágrima que se le asomó por el rabillo del ojo.
—¿Quién iba a imaginar que todos esos años de café en el comedor y Scorpion Bowls superácidos en el Kong llevarían a esto?
La multitud estalló en carcajadas. Yo estaba distraída, ausente, pero supe imitar las reacciones del resto y me reí con ellos.
Hana estaba pletórica de alegría, disfrutando del claro orgullo que este momento había traído al Sr. y la Sra.
Kang y a toda la congregación de su iglesia.
Su familia surcoreana se levantaba eufórica de los bancos, asentía con devoción y susurraba su aprobación.
Hana estaba radiante. Nunca había conocido una versión más centrada de mi mejor amiga que aquella cubierta hoy tras el velo.
Chris y Hana se habían vuelto inseparables desde nuestro primer año y, a medida que el tiempo pasaba, parecían crecer cada vez más juntos y en sintonía.
Chris seguía jugando al fútbol y sus sueños de llegar a la Liga Mayor se habían hecho realidad dos años después de graduarse.
Jugó varias temporadas en el extranjero, en Grecia e incluso en la Gran Copa Africana de las Naciones, donde representó a Costa de Marfil, la selección nacional de su padre.
Él y Hana se habían mantenido firmes en todo momento; las conversaciones a través de conexiones internacionales inestables y las zonas horarias dispares no resultaron ser un obstáculo para su romance a distancia.
Chris la convenció de mudarse con él al extranjero cuando consiguió un puesto como entrenador en Londres y juntos se instalaron en un hermoso apartamento en Notting Hill, pagado por el siempre escurridizo Sr. Kang.
Allí estaban ahora, de pie ante el altar al que siempre habían estado dirigiéndose de manera invisible.
Tras una última lectura de la Primera Carta a los Corintios por parte del pastor de la familia Kang, esperé a que comenzara la música de salida para correr hacia la entrada de servicio situada en la parte trasera del recinto.
No podía arriesgarme a ver a Vikram mientras los invitados dejaban sus bancos.
Subí corriendo por la oscura escalera alfombrada, con las velas artificiales parpadeando a ambos lados del pasillo.
Frenética y sin aliento, me dirigí a toda prisa hacia la suite nupcial donde me había vestido justo antes de la ceremonia y me desplomé en el sofá de terciopelo verde junto a la ventana, con mis jeans todavía colgados en el respaldo.
Cuando al fin estuve sola, rompí a llorar.
El solo estar en la órbita de Vikram me generaba un dolor sordo y punzante.
No solo me veía obligada a recordar el dolor insoportable de haberlo perdido —las noches que pasé llorando en la oscuridad preguntándome si alguna vez se acordaba de mí—, sino que mi peor temor también se había hecho realidad: nunca había sido capaz de sustituirlo.
Había tenido innumerables citas desde que me gradué; buscaba el amor como parte de la ruta hacia mi independencia.
Este era mi segundo año en la sede de la Radio Pública en Nueva York.
Desde que me mudé, había conocido a un montón de chicos en bares y en citas a ciegas, tanto cuando era una becaria sin un centavo como ahora, que me había convertido en reportera novata.
En las citas a ciegas me sentía como una heroína trágica: me sentaba nerviosa al otro lado de la mesa después de haber corrido hasta allí, tras cumplir con mis plazos de entrega y ruedas de prensa.
Hice todo lo posible por dejar espacio para el romance y, entre las llamadas no devueltas y los mensajes de texto sin enviar, logré alargar algunos de esos encuentros.
Salí con Jake, un chico judío al que le gustaba, pero no lo suficiente como para soportar la hora y media que duraba el trayecto hasta mi casa; también con Marc, un egresado de Yale mitad chino y mitad jamaicano, cuyo acento me encantaba, pero cuyas preguntas sobre el Sur me dejaban la cabeza dando vueltas (¿tenía agua corriente en casa?
¿Era Bill Clinton mi presidente favorito?).
Luego salí con Jordan, un chico indio que se había mudado a Nueva York desde Durban, Sudáfrica.
Era encantador, llegaba puntual a nuestras citas y estaba terminando su residencia en Psiquiatría.
Nuestras conversaciones eran increíbles.
Pero por mucho que disfrutara cuando estábamos juntos, cada vez que nos acostábamos. . . pensaba en él.
Hana irrumpió en la suite nupcial y tiró su ramo cuidadosamente elaborado sobre la alfombra.
—¡Coño! ¿Por qué? —dije jadeando, antes de que ella pudiera decir una palabra.
—¡No pensé que de verdad fuera a venir, Lily! Y sabía que dirías que no, si te lo preguntaba —respondió, preparada para mi disgusto.
—¡¿Entonces por qué lo hiciste?! —casi grité y rompí a llorar de nuevo.
—En primer lugar, porque hoy es mi boda y, según las leyes de la sociedad matrimonial, es ilegal que te enfades conmigo cuando sabes que doscientos invitados esperan abajo.
Y, en segundo lugar, Chris me contó esta misma semana que se encontró con Vikram en un partido de fútbol de exalumnos hace dos meses.
Me contó que le había hablado de la boda, de lo agradable que había sido volver a verlo y le dijo que, si quería venir, era bienvenido.
Al parecer, Vikram tuvo algunas dudas, no estaba seguro de que fuera una buena idea, seguramente porque sabía que tú estarías aquí.
Pero Chris, hombre al fin, no le dio importancia y, por supuesto, no me contó nada de esto sino hasta hace tres días.
—Pero ¿qué dijo Vikram, Hana? —insistí sintiendo cómo aumentaba mi frustración.
—Esa es la cosa, Vikram nunca dijo si vendría o no. Y como me enteré tan tarde, no te dije nada. ¡No pensé que fuera a aparecer!
—Bueno, pues está aquí, Hana —resoplé.
—Mira, Lily. No es lo ideal, pero. . .
—¿Pero?
—Pero yo nunca lo olvidé.
—¿Olvidar qué?
—Lo mucho que te dolió cuando terminaron. Que pasaste tres semestres sin rumbo fijo, buscando un cierre que él nunca te dio. O que tú nunca le diste. Quizás esta sea tu oportunidad.
—¡Pero Hana, no hemos hablado en cinco años! La última vez que lo vi fue uno de los peores días de mi vida.
Mi propia confesión me sorprendió.
El corazón se me encogió al pensar en los meses previos a nuestra última interacción, llenos de más dolor del que quería recordar, de más ira de la que podía olvidar.