Capítulo 25
H ana me tomó de la mano mientras yo me deshacía ante ella.
El pelo alisado y prolijamente ubicado detrás de mi oreja comenzó a rizarse mientras las lágrimas corrían por mis mejillas.
Había pasado tantas noches intentando olvidar todo lo que había ocurrido en aquella pequeña tetería, el escenario del crescendo final de nuestra propia saga.
Vikram y yo habíamos empezado a salir de manera más oficial después de que él volviera del Reino Unido; retomamos nuestro ritmo de lujosas pausas para tomar el té y largos paseos por la orilla del río.
Nos escabullíamos entre las torres de libros apilados con esmero en la biblioteca Lamont y compartíamos besos que sabían a promesas y pasión.
Y, sin embargo, escondidos en esos rincones de la biblioteca, podía sentir una corriente silenciosa e invisible que nos separaba, incluso cuando estábamos juntos.
En medio de nuestros momentos de felicidad, Vikram solía hablar de la boda de su hermano, que se aproximaba.
Me contaba del entusiasmo desenfrenado de su madre porque su hijo había encontrado una «novia india», tal y como dictaba la tradición, y describía con detalle cómo había traído de la India metros y metros de tela que luego presumía ante sus amigas.
Organizaba fiestas cada semana solo para mostrarles la tela cosida a mano y soñar con todas las formas en que la usarían durante las celebraciones nupciales, que durarían una semana entera.
Vikram hablaba del orgullo que sentía su padre al ver a su hermano mayor embarcarse en una vida llena de ambición y éxito, de logros y reconocimientos que harían a cualquier padre inmigrante regocijarse de alegría.
Una noche, escuché por accidente a Vikram durante una llamada peculiarmente larga, donde habló en voz muy alta con sus padres.
Intentaba calmar a su madre, hablaba en lo que él creía que era un tono bajo y se alejaba unos pasos para que las palabras que salían por el otro extremo del auricular no me llegaran.
Nunca supe los detalles de esa conversación en particular, él nunca quiso contármelos, pero sospechaba que en algún lugar de ese caos. . . estaba yo.
Vikram me dio la espalda esa noche, se echó las sábanas hasta el cuello con la mirada fija en la escalera oxidada de mi cama.
El collar de oro de su padre colgaba de su cuello.
Vikram y yo nunca habíamos explorado nuestros cuerpos por completo, nunca habíamos dado ese último salto hacia la intimidad, y esa noche sentí que nunca lo haríamos.
Conocía a Vikram lo suficiente como para saber que había pensamientos que estaban aún sin expresar, que algo hacía prevalecer una vacilación que lo empujaba al borde de mi cama, lejos de mí.
De nosotros.
La aceptación de sus padres lo atormentaba. Podía deducir por el silencio entre sus palabras que mi piel y mis rizos no eran lo que ellos consideraban el sueño americano; mis caderas, anchas y curvilíneas como las de mi madre, no se alineaban con un cuerpo que representara un «avance de élite».
La familia de Vikram no me aprobaría.
Al igual que los padres de los chicos que me rechazaron en la secundaria, que me robaron las esperanzas de experimentar travesuras adolescentes y besos secretos en los autocines, se preguntarían qué veía su hijo en mí.
¿Qué futuro podría haber entre él y esta chica de piel bronceada que soñaba en español, bajada de una montaña tan pequeña que no merecía ni un punto en el mapa?
Yo no era el sueño de esa familia y por tanto era difícil creer que fuera el de Vikram.
Peor aún, mientras él se integraba cada vez más en su cultura, me dejaba sola en la mía.
Cuando no estaba en la biblioteca con él, me dedicaba a recorrer los barrios de Roxbury y Dorchester con Chris y Hana; íbamos puerta por puerta haciendo campaña para que se implementaran programas de sensibilización en el Departamento de Policía de Boston.
Desde el veredicto de Rodney King, una oleada de protestas contra la policía se había extendido por California y las manifestaciones del KKK se reavivaron en el Sur; mientras tanto, la élite de Nueva Inglaterra se limitaba a sermonear desde sus torres de marfil sobre las consecuencias de todo aquello.
Pero entre más carteles hacía y a más mítines asistía, Vikram entendía menos. Y quizás quería entender menos. Había una parte inextricable de mí que todavía no podía acallar, que no quería acallar, y de la que Vikram no parecía ser consciente o capaz de percibir.
No de modo visceral.
A veces, cuando entrábamos en un restaurante, sonaba la campana de la puerta y aun así la camarera se negaba a mirarme.
Una vez, me dejaron esperando en el frío antes de poder entrar a una fiesta en el Oracle Final Club, que aún tenía la bandera confederada colgada en el vestíbulo.
Pero Vikram no lo entendía, ni siquiera lo veía.
No sentía curiosidad por esa parte de mi vida, ni era consciente de ella.
Siempre había asumido que, en cierto sentido, éramos iguales: dos forasteros mirando desde fuera.
Él, un inmigrante; yo, la hija de las montañas olvidadas por mi país.
Pero Vikram nunca pareció sufrir el doloroso aguijón del rechazo, la corriente voltaica de la exclusión o la silenciosa condescendencia que, de forma dolorosa e involuntaria me había obligado a ser consciente de mí misma.
Y, sin embargo, persistimos.
A pesar de las capas culturales que se le escapaban, en el fondo, Vikram conocía mi corazón.
Había reconocido al instante mi espíritu inquieto, en busca de un hogar, que tanto se parecía al suyo.
Vikram, lo supe siempre, podía ver con claridad otras partes de mí.
Cuando yo admitía que algún temor sobre mis fracasos o logros permanecía anidado en lo profundo de mi subconsciente, él lo entendía de manera instintiva.
Sus experiencias eran muy diferentes, nacidas de un mundo rico y extranjero, pero su capacidad para comprender los lazos que nos unían —nuestras esperanzas, sueños y temores por el futuro— era casi visceral.
Vikram, por todo lo que veía y también por lo que no, era diferente a cualquier persona que hubiera conocido.
Pero al entrar en aquella tetería cinco años atrás, no fue nada de esto lo que decidí decir.
O, tal vez, no lo que sentí que podía decir.
La campana sonó sobre la puerta de cristal esmerilado en cuanto atravesé el umbral.
Vikram ya estaba sentado en nuestra mesa favorita. Se levantó para saludarme con una amplia sonrisa y el pelo cayéndole sobre la frente. Me dio un beso fugaz en los labios antes de que me sentara y me quitó la mochila para ponerla sobre el banco.
—Hola, amor —dijo radiante y regresó a su silla.
—Perdón por llegar tarde —dije mientras bebía un sorbo de té de jazmín y otro del agua con gas que él ya había colocado delante de mí—.
Hana necesitaba que la ayudara a elegir un vestido para el fiestón del Final Club Formal que hay esta noche.
Ya sabes, crisis total —le guiñé un ojo y puse los ojos en blanco bromeando ante la repentina obsesión de Hana por todas las cosas de «élite»—.
Se estaba quejando de un dolor de estómago apenas unas horas antes, pero se lo quitó de encima con dos cucharadas de Pepto Bismol y salimos de inmediato a a la boutique más cercana.
—Ah, claro —asintió Vikram—. Esos elegantes clubes para estudiantes que tienen ustedes, ¿no?
Donde los adolescentes intentan lucirse y obligan a sus compañeras a esperar fuera con vestidos cortos, totalmente inapropiados para las temperaturas gélidas de Cambridge, con el único objetivo de que les nieguen la entrada y poder demostrar que son, de hecho, los más exclusivos de la ciudad, ¿verdad?
—Exacto, esos. . . —sonreí.
—Bueno, ¿qué sería de ti si no tuvieras a un caballero experimentado que te salvara la noche con el mejor té de dos dólares de Cambridge?
—Supongo que me estaría congelando las tetas con un vestido corto e inapropiado en Mass Ave. . . —. Me reí.
Vikram sonrió, pero miró distraído hacia el mosaico astillado de la mesa de azulejos que nos separaba.
Algo no estaba bien.
—¿Qué pasa? —le pregunté—. Pareces deprimido.
—¿Por qué?
—Te ves triste. ¿Melancólico, tal vez?
—¿De verdad? Supongo que estoy readaptándome. Todavía me resulta un poco extraño estar de vuelta después de tanto tiempo.
Habían pasado casi tres meses desde que Vikram regresó de la casa de sus padres en Featherstone.
Yo había terminado mis prácticas en Washington D.
C. y Vikram había retomado el último semestre de su beca.
Juntos, le habíamos tomado el ritmo a nuestro nuevo romance.
Sin embargo, a menudo sentía que Vikram estaba a millones de kilómetros de distancia.
El propósito de esta última visita a Inglaterra había sido, por supuesto, cuidar de su padre; pero también sabíamos, sin reconocerlo y en lo más profundo de nuestro ser, que se trataba de una prueba, un adelanto de lo que estaba por venir.
Vikram tenía previsto regresar a Inglaterra en dos meses; el proyecto final de su beca concluía en unas pocas semanas.
Sabía que sus padres lo querían de vuelta.
—Supongo que solo estoy pensando en el final del semestre —comenzó Vikram de nuevo, pero esta vez tragó saliva al hablar—. Pensando en lo que pasará. . . después.
Ahí estaba.
Sostuve la taza de cerámica entre mis manos; el vapor cálido de las hojas de jazmín penetraba mis fosas nasales.
Hasta ese momento, Vikram y yo nunca habíamos hablado de su partida.
Sabía que estaba destinado a irse, siempre lo estuvo.
Él también lo sabía, pero se cuidaba de no mencionarlo con claridad.
Me preguntaba por qué. Suponía que para ambos había una especie de carpe diem en todo ello, el deseo de estar presentes en el momento, sin querer ser demasiado infantiles o innecesariamente dramáticos ante la idea de terminar una experiencia universitaria que, por su propia naturaleza, estaba diseñada para ser temporal.