Capítulo 23 Vikram
Sentado en el avión, Vikram pasaba los dedos con cierta distracción por los bordes del papel que tenía en el bolsillo. Se había llevado la última carta de Lily para leerla en el viaje.
Desde su regreso al Reino Unido, cada vez que lo invadía el olor séptico en sus visitas al hospital, era el recuerdo de Lily lo que le daba fuerzas para seguir adelante.
Pensaba en su sonrisa traviesa, esa que se le dibujaba cuando quería poner a prueba alguna regla que merecía ser rota, y en su forma inquisitiva de mirarlo cuando no estaba segura de algo.
Ahora era él quien no estaba seguro. Vikram agitó los cubos de hielo dentro de su vaso de poliestireno vacío mientras los recuerdos de los últimos meses se sucedían en su mente como una película.
Lo atormentaban la insistencia de su familia en ver a Radhika, la facilidad con la que su hermano se relacionaba con Shivani y cómo la pareja encajaba a la perfección con su parentela.
El objetivo del matrimonio era la supervivencia del sistema, ¿no?
La preservación del legado y la cultura, proteger la paz desde la base. Pero ¿y si, acaso, hubiera otra manera?
Vikram no se atrevió a decirle nada a Lily cuando se despidieron en el pasillo de su residencia.
Ese día su mente estaba dividida en mil direcciones: ¿viviría su padre hasta que el avión aterrizara?
¿Había metido pasta de dientes en su equipaje de mano?
¿Podría realmente comprometerse con Lily?
¿Se lo permitirían sus padres? Y si no podía, ¿estaba engañándola?
Incluso si pudiera superar todo eso, ¿qué sentía ella por él?
Quería decirle a Lily lo que llevaba semanas guardado en su corazón, pero era un sentimiento tan frágil que ni él mismo podía describirlo del todo.
No se parecía en nada a lo que había experimentado con Radhika.
Con ella siempre había sentido satisfacción, incluso alegría, pero jamás ese cosquilleo en el estómago.
La emoción provenía de las similitudes que compartían; de la agradable sorpresa de encontrarse con alguien en un lugar que parecía estar a millones de kilómetros de casa y descubrir en esa persona algo tan familiar que te ancla.
Ella era menuda y esbelta, con un cabello negro, grueso y brillante que le caía como una cascada por la espalda.
Ella era lo que le habían dicho a Vikram que debía buscar, lo que él había intentado buscar desde el principio.
Así que cuando se conocieron en el Consejo de Estudiantes de la India durante su último año de universidad, desde el primer «hola» sintieron que estaban destinados al altar.
Todo en su relación avanzó rápido. De hecho, las cosas se aceleraron tanto que Vikram sintió la necesidad de frenar.
Su beca posdoctoral no había sido más que una excusa para salir del país y esperar el momento oportuno. Solo necesitaba tiempo para pensar.
Y entonces apareció Lily.
El altavoz sonó desde lo alto y un anuncio de la azafata se coló a través del techo de paneles de plástico: «Damas y caballeros. Hemos iniciado el descenso hacia el Aeropuerto Internacional Logan de Boston. Por favor, coloquen sus pertenencias debajo del asiento delantero. . .».
Vikram cogió la tapa del bolígrafo que había robado en el vestíbulo del aeropuerto, le dio la vuelta con rapidez a la parte trasera de su tarjeta de embarque y la colocó en la bandeja.
Miró hacia atrás y vio cómo la azafata recogía la basura del grupo de pasajeros revoltosos que había junto al baño, en la parte trasera del avión, y calculó que tenía unos cinco minutos antes de que llegara a su asiento, el 11F.
¡Y entonces. . .!
¿Por dónde empezar? He conseguido subir a esta pequeña lata voladora con la esperanza de garabatear un par de versos antes de que Olga me lance su mirada más severa de azafata disgustada. . .
No sé qué más decir, aparte de. . .
Te echo de menos.
Ojalá pudiera ser más poético.
Pero, Lily, te he echado de menos. Todo este tiempo.
Claro, el té y los largos paseos eran estupendos, pero lo esencial de ti, la forma en que escuchas con todos tus sentidos, la forma en que tus ojos se agrandan y anticipan lo que voy a decir.
. . es como si creyeras, o vieras, solo lo mejor de mí.
O más bien, como si siempre hubieras sabido en quién podía convertirme; me obligas a mejorar y me traes nuevas perspectivas, nuevas ideas, cosas que nunca había considerado.
Supongo que lo que intento decir es. . .
¿Qué era lo que intentaba decir? ¿Y por qué no pudo decirlo antes? ¿Por qué tuvo que esperar hasta los últimos momentos de su vuelo de regreso a Boston, después de meses de estar lejos, para al fin reunir el valor y plasmar sus verdaderos sentimientos en el papel?
Una turbulencia sacudió el avión.
Podía sentir que Olga se acercaba a las últimas cinco filas, antes de llegar a primera clase.
Quiero más para nosotros. Creo que podríamos ser más.
Espero seguir teniendo el coraje para decírtelo antes de que aterrice el avión, te llegue esta carta u Olga me regañe, lo que ocurra primero.
Piénsalo.
Tuyo,
Vikram
Vikram no sabía con exactitud qué sentía su corazón y solo miraba impávido la tinta borrosa de su tarjeta de embarque. Sabía, sin embargo, que la mujer que esperaba que algún día leyera esa carta no era la que sus padres esperaban o deseaban.
Aunque tal vez, solo por una vez, valía la pena correr el riesgo de disgustarlos.
Vikram dobló la carta con rapidez y le alisó los pliegues con la uña antes de guardársela en el bolsillo, justo a tiempo para plegar la bandeja antes de que Olga llegara a su línea de asientos.
Olga.
¿Era ese su nombre? Tenía cara de Olga.
El avión comenzó su inestable descenso, los cuerpos se bamboleaban, las tazas se derramaban, los pasajeros ahogaban sus gritos e intentaban ocultar su nerviosismo.
Por fin, Vikram sintió que las ruedas del avión se desplegaban bajo sus pies y que el enorme pájaro de metal se deslizaba dudoso por la pista.
Luego, una ronda de aplausos salpicada por algunos vítores.
¿Quiénes eran esas personas que aplaudían en los aviones? Siempre había querido saberlo.
Vikram recogió su bolsa de mensajero y guardó su cuaderno en el bolsillo interior. Tras comprobar que no se le había quedado nada, salió de su asiento junto a la ventanilla y se dirigió al pasillo, donde cogió su maleta del compartimento superior.
Vikram sintió que su cuerpo se relajaba. Al fin y al cabo, volvía a casa. Fuera lo que fuera «casa» en estos tiempos.
Pronto se perdió entre la multitud de personas que salían de la zona de recogida de equipajes; al atravesar las puertas de cristal que daban al vestíbulo desembocó en un mar de viajeros que esperaban ansiosos, sin billete, y de seres queridos con los ojos llorosos.
Vikram siempre había creído que los aeropuertos podían ser los lugares más tristes o felices del mundo: gente que se embarcaba hacia un futuro de promesas y reencuentros, o que se enfrentaba a un final, definitivo e incierto.
Al doblar la esquina de las barreras metálicas que conducían a la salida principal, Vikram buscó las señales que le indicaran la dirección de la parada de taxis.
De repente, se detuvo.
A través de la neblina de viajeros que se cruzaban frenéticos frente a él, no podía creer lo que veían sus ojos.
Allí, justo delante de las puertas principales, estaba Lily.
Ella lo miró directo a los ojos, como si hubiera estado esperando a que él la viera.
Se ajustó el cinturón de tela que ceñía la cintura de su vestido con flores primaverales y sonrió con timidez; sus dedos jugaban con un pequeño cartón amarillo en el que simplemente se leía: «Bienvenido a casa, Vik».
No podía creerlo. En su último intercambio, le había enviado a Lily los datos generales de su vuelo y, en el reverso de la confirmación, había garabateado algunas notas emotivas sobre su reencuentro.
Le había preguntado si tenía tiempo para que se vieran más adentrada esa semana, pero nunca, ni en un millón de años, esperó que ella leyera la hora de llegada en el billete y mucho menos que apareciera en el aeropuerto.
Y, sin embargo, allí estaba.
Una oleada de emociones recorrió el cuerpo de Vikram; era una euforia tan intensa que se apoderó de todos sus sentidos. ¿Era esto lo que significaba aquello de que «la ausencia alimenta el cariño»? Cariño era quedarse corto; esto era una avalancha.
A Vikram le empezó a dar vueltas la cabeza. Necesitaba acercarse a ella.
De inmediato.
Vikram echó a correr y fue esquivando maletas desbordadas y pasajeros apresurados hasta alcanzarla.
El rostro de Lily se iluminó con esa sonrisa natural y sana con la que Vikram había fantaseado durante los últimos meses, justo antes de que pensamientos más impúdicos se apoderaran de su mente.
Cuando Vikram llegó a su lado, Lily dio un salto, se puso de puntillas y le rodeó el cuello con los brazos. Él dejó caer la maleta al suelo, sin preocuparse por lo que pudiera pasarle. Vikram agarró a Lily por la cintura, acercando todo el peso de su cuerpo al suyo.
Allí, en medio del Aeropuerto Internacional Logan de Boston, la besó.
Fueron los segundos más dulces y tiernos que Vikram había experimentado en su corta vida.
Sus labios se encontraron con los de ella, suaves y carnosos, ansiosos y deseantes.
Le tomó el rostro entre las palmas de las manos y deslizó los dedos entre los rizos sobre su nuca.
Permanecieron juntos, entrelazados, atrapados en un mundo creado solo para ellos.
Al fin, Vikram se separó con suavidad, con la ilusión de poder verla mejor. ¿Estaba despierto? ¿O seguía soñando en la habitación de su infancia?
Vikram respiró hondo y se sumergió en la cálida tinta de los ojos de Lily. Cuando exhaló, sintió que el dolor y la incertidumbre de los últimos meses abandonaban su cuerpo, y que su angustia desaparecía hacia el éter. En su lugar, respiró toda la esperanza que prometía ese momento.
Eso sí, siempre y cuando ella sintiera lo mismo.
Lily entrelazó sus dedos con los de él y sus manos quedaron agarradas.
—Vamos, monsieur Desai —dijo ella—. Nos tenemos que poner al día.
Vikram respiró hondo y la abrazó.
—Por suerte —respondió con una sonrisa— tenemos todo el tiempo del mundo.