Capítulo 22 Marisol
Las contracciones llegaron de golpe, todas a la vez.
Me desperté y sentí que el suelo debajo de mí estaba empapado de agua.
Agua que salía de mi cuerpo.
Grité.
Retorciéndome sola en el suelo de la prisión, oí cómo unas pesadas botas abrían la puerta de una patada.
—¡Llévensela! —ladró Silva, el padre del niño que ahora se abría paso desde mi útero. Dos de los soldados más jóvenes se apresuraron a seguirlo.
Sentí varios pares de manos ásperas que me ponían de lado y apretaban mi vientre hinchado para pasarme a través del marco estrecho de la celda, sacándome a toda prisa hacia el aire fresco de la noche.
Mis tobillos aún estaban atados cuando me tiraron en un camión, el mismo que me había traído aquí hacía casi nueve meses.
¿Adónde me llevaban?
Me protegí el vientre mientras mi cuello se sacudía con los golpes sobre el asfalto roto y el camión giraba con brusquedad justo fuera de los muros de la ciudad. A medida que nos adentrábamos en la oscuridad, y nos alejábamos de la prisión, podía oír el rugido del mar en algún lugar distante.
¿O era yo?
Sentía como si me estuvieran desgarrando el cuerpo.
Otra vez.
—¡Apúrate! —gritó Silva, pisando el freno del camión.
Dos hombres se apresuraron hacia la capota abierta donde yacía y me sacaron del vehículo. Habíamos llegado a un pequeño hospital improvisado situado cerca del agua, escondido entre los árboles.
Silva saltó del asiento del conductor y se paró frente a mí, mirando con ira mi cuerpo desplomado y en plenas convulsiones.
—Solo hay un hombre aquí que debe importarte: el médico.
Él asistirá el parto. No hables con nadie más.
Mis hombres estarán apostados fuera. Y no intentes nada estúpido —dijo con ira, tomándome del cuello y con la cara a pocos centímetros de la mía—.
Solo estás viva por esa semilla que crece dentro de ti.
Y ten por seguro que me encargaré de que ese niño nunca sepa que la puta de su madre existió.
Se me heló la sangre.
***
Di a luz esa noche en un pequeño hospital en las cercanías de La Habana.
Fue varón.
El bebé luchó por tomar su primer aliento una vez que estuvo fuera de mi cuerpo, retorciéndose mientras su rostro se ponía azul; tenía el cordón umbilical enrollado y muy apretado alrededor del cuello.
Me relajé con alivio cuando escuché sus primeros gritos.
Era hermoso.
Ya le empezaban a asomar unos ricitos castaños claros, aún húmedos con mi sangre.
Sus ojos eran pequeños y estaban hinchados; apenas podía mantenerlos abiertos por los meses que había vivido en mi interior.
Tenía unos labios perfectamente rosados, redondos y carnosos, y una nariz ancha como la de mi padre.
Busqué en su rostro rasgos de su propio padre, el monstruo que había arruinado mi vida.
—Dale la leche —ordenó con brusquedad el médico de cabello oscuro que acababa de sacarlo de mi vientre—. El bebé es prematuro y está desnutrido. Puede que no pase de esta noche.
¿Quién era este hombre que había mancillado su licencia médica para estar en la nómina de Batista y, desde la oscuridad, se ocupaba de cuerpos mutilados? ¿Cuánto le habían dado por tratar heridas y vendar cicatrices de guerra? ¿Cuánto le habían pagado en silencio?
Acerqué al bebé a mi pecho, deseando que su pequeña boca succionara mis senos hinchados.
No se sostenía; su cuerpo ingrávido se desplomaba en mis brazos.
—Aliméntalo cuando llore. La enfermera estará de guardia. Volveré por la mañana.
El médico corrió la fina cortina blanca y salió rápido de la habitación.
Poco después, oí el sonido del metal.
Una puerta cerrándose.
Debía de habernos encerrado dentro.
Por fin sola, me maravillé ante la diminuta criatura que tenía ante mí.
Estaba sobrecogida.
Mientras acariciaba los sedosos rizos que enmarcaban su cara hinchada, me invadió una ola de emoción que nunca había sentido. El instinto primario de protegerlo que se apoderó de míera visceral, salvaje. Necesitaba a este bebé. Y él me necesitaba a mí.
Si sobrevivía.
El pecho del bebé se hundió y sus diminutas costillas se separaron mientras luchaba por respirar.
Un gorgoteo brotó de su garganta, su boca formó un círculo apretado mientras se retorcía de dolor.
Una mueca, pero sin sonido.
Grité, con los ojos desorbitados por el pánico.
La cortina que rodeaba mi cama se abrió de nuevo.
Una enfermera corrió hacia mí, con una larga bata negra arrastrándose por el suelo detrás de ella.
Era la monja, la misma que me había examinado seis meses antes.
La reconocí de inmediato.
—Déjame ver al bebé —dijo apresurada y corrió a comprobar su pulso.
Se inclinó hacia delante y presionó con firmeza dos dedos en el centro de su pecho; su fino collar de plata quedó colgando delante de la cara del bebé.
Luego, volteó el cuerpo inerte como si fuera una muñeca cosida a mano.
Le dio unos golpecitos en la carne debajo del cuello mientras le levantaba la cabeza, todavía cubierta de una película blanca y resbaladiza.
El bebé escupió un líquido amarillo y pútrido, con un olor demasiado fuerte para provenir de un cuerpo tan frágil.
—No nos queda mucho tiempo —susurró la monja enérgica, soltando las palabras de golpe—. Volverán en breve. Date prisa, coge esta ropa. Es la mejor que he podido encontrar y no debería llamar la atención. Póntela por la cabeza.
Me tomó de los brazos, los mismos brazos que acababan de recuperar a mi frágil bebé.
—¿Ropa? —susurré con voz débil por el agotamiento—. ¿Para qué?
—Para el viaje. Tienes que irte ahora mismo.
¿De qué estaba hablando? La cabeza me daba vueltas, y una confusión pesada se apoderó de mí.
—¿De qué habla? —pregunté, señalando las toallas ensangrentadas a mi lado, aún húmedas con la placenta—. No podemos ir a ningún sitio.
—El bebé no.
La monja me miró firme, tratando de evaluar si era capaz de procesar sus palabras.
—Si te quedas, tú y este bebé están muertos. Ya he visto esto antes y no puedo, en conciencia, permitir que vuelva a suceder.
¿Qué estaba diciendo? Se me llenaron los ojos de lágrimas, maravillada por la crueldad de lo que me sugería esta mujer.
—Te matarán, niña —insistió—. En cuanto vean a tu bebé, se lo llevan y a ti te desaparecen. Y ya oíste al médico, hay muy pocas posibilidades de que el niño pase de esta noche. Parece prematuro. Tendrá más oportunidades si se queda conmigo.
La rabia me subió como bilis por la garganta, las palabras me brotaron calientes y venenosas.
—No voy a abandonar a mi hijo —dije con toda la fuerza que pude reunir, con los nudillos blancos de apretar el borde de la camilla de parto.
—Si lo sacas de este hospital, este niño morirá. —La monja me miró fijo, el rostro frío e impenetrable.
Ninguna de sus palabras tenía sentido.
—El bebé tiene dificultades para respirar. Está demacrado. Y tú también. Si quieres sobrevivir, debes irte ahora. Los guardias están dormidos afuera y el médico se ha ido, pero todos volverán por la mañana.
Buscó una llave escondida en los pliegues de su hábito y comenzó a quitar los candados que me ataban al marco metálico de la camilla.
—Les diré que, en mi afán por cuidar al bebé enfermo, dejé tus cadenas sin cerrar y la puerta abierta. Que te escapaste.
La miré con incredulidad, mientras mi mente intentaba dar sentido a sus advertencias y a sus rápidos movimientos.
—¿Y mi hijo?
Mi hijo.
La palabra que designaba a ese niño, lo que significaba para mí, me atravesó el corazón como un cuchillo.
La monja se sentó en el borde de la cama, y el cojín raído se hundió bajo su peso. Suspiró. Sus ojos se suavizaron cuando tomó mi mano entre las suyas.
—Si no hubiera sido por este ángel, los soldados te habrían ejecutado hace mucho tiempo. Este bebé te ha salvado la vida.
Mis manos temblaban mientras movía el cuerpo frágil de mi hijo, a quien le sobresalían las costillas afiladas a través de la piel translúcida en su lucha por respirar.
—Ninguno de los dos saldrá vivo de aquí —insistió la monja con urgencia.
En lo más profundo de mi espíritu, sabía que tenía razón.
Mi precioso bebé y yo no podíamos existir juntos en este mundo.
No al mismo tiempo, no en el mismo lugar.
Esos monstruos nunca lo permitirían.
Yo era un lastre para mi hijo, para su vida y para su libertad.
No podía verlo morir.
Entonces supe lo que tenía que hacer.
Las lágrimas corrían por mi rostro mientras el peso de mi decisión me golpeaba y mi respiración se aceleraba. Sentía que el corazón se me iba a parar dentro del pecho.
¿Cómo iba a sobrevivir a esto?
En el instante en que acerqué el bebé a mi pecho, el inconfundible tintineo del metal resonó en el pasillo.
Alguien estaba abriendo la puerta principal.
Rápida, la monja me agarró del hombro.
—Pon al niño en la cuna. Ponte la ropa que dejé en la bolsa. Hay suficiente dinero para el autobús en el bolsillo de los pantalones. Atraviesa la enfermería al final del pasillo. Verás una puerta trasera. La he dejado abierta. Y llévate esto. . .
Se llevó la mano al cuello y desabrochó el medallón de plata que descansaba en el centro de su pecho. En primer plano había tres monedas de oro grabadas con la imagen de las manos de un hombre entrelazadas con las de unos niños.
—Esto te va a proteger —susurró, colocando el pesado collar en la palma de mi mano—. Es san Nicolás, el santo patrono de los niños. Ve con Dios.
Al decir esto, se levantó con brusquedad, cerró la cortina y desapareció en el pasillo.
A través de los paneles transparentes de lino, pude ver su animada conversación con un guardia que había entrado por la puerta principal. Fragmentos de la conversación flotaban por el pasillo vacío.
«Desnutrido. . .».
«Necesita dormir. . .».
«El bebé no está bien. . .».
«Por la mañana. . .».
Me quedé mirando el rifle que colgaba del cinturón del guardia.
Ella trataba de detenerlo.
Él probablemente había regresado con la esperanza de que el médico le dijera que yo había cumplido con mi deber, que ya no era necesaria.
Que podía morir.
Inhalé, respirando el olor de mi bebé recién nacido.
Agarré las pequeñas tijeras que vi en la bandeja de aluminio que contenía los insumos ensangrentados que el médico había utilizado durante el parto.
Acerqué las hojas plateadas al cuero cabelludo del bebé y le corté un mechón de pelo.
Cuando regresé las tijeras con cuidado, me fijé en una línea irregular justo debajo de su oreja.
Una marca de nacimiento.
—Siempre seré tu mamá —susurré entre sus rizos húmedos, aún empapados de mi sangre.
Luego, lo envolví más fuerte en su mantita y lo acosté en la cuna improvisada a los pies de mi catre: una pequeña palangana hueca de madera con dos mantas gruesas y arrugadas.
Coloqué su diminuto cuerpo con delicadeza en el centro, con la cara mirando al cielo.
Me incliné sobre el borde y le di un beso suave en la frente mientras mis lágrimas caían sobre su rostro.
Él no se movió.
¿Cómo podría sobrevivir este bebé en un mundo al que había sido arrojado de manera tan brutal?
—Algún día volveré por ti —le susurré, con el corazón destrozado en mil pedazos.
Me alejé de la cama y me quité por sobre los hombros el camisón ensangrentado y roto; tenía el cuerpo retorcido de dolor.
Cojeando, me dirigí a la esquina de la habitación y miré los pantalones grises claros y la túnica corta a juego que la monja había puesto en la bolsa.
Una a una, metí las piernas en el áspero tejido antes de pasar los brazos por las mangas.
Vi mi reflejo en el espejo roto que había sobre el lavabo.
El cristal agrietado partía mi reflejo en dos.
¿Era esto lo que era ahora? ¿Una imitación destrozada y rota de una madre? ¿Una mujer que abandonaba a su único hijo?
Me arrodillé junto al bebé, acurrucado como un pájaro entre el montón de telas rasgadas. Lo olí por última vez, memoricé su aroma e imaginé cada nota de vida fresca, de un futuro sin mí.
En ese preciso momento, abrió los ojos.
Ojos verdes, penetrantes y tranquilos con los que miró a los míos.
—Por favor, perdóname —susurré y las lágrimas me nublaron la vista. Me incliné para tocarle la mejilla. Él hundió su cara hinchada en mi mano y volvió a cerrar los ojos.
Me aparté, caminé hasta el borde de la habitación y cogí la pequeña bolsa de lona que contenía los insumos médicos del doctor. La vacié y metí dos rollos de gasa y las tijeras tras limpiarles mi propia sangre.
En silencio, me acerqué a la puerta, ligeramente entreabierta. Corrí la cortina blanca, cuyos anillos oxidados chirriaron suavemente al deslizarlos por la barra. Eché un vistazo a través del cristal.
Todavía podía oír a la monja que discutía con el guardia, pero sus voces sonaban ya distantes. De alguna manera, ella lo había llevado hasta el otro lado del pasillo, donde quedaban fuera de mi campo de visión. Lejos de la puerta trasera.
Me deslicé hacia el pasillo. Me agaché junto a los rodapiés; vi la sangre que empapaba la parte interior de mis muslos, una mancha oscura que se extendía por los pantalones descoloridos que acababa de ponerme.
Miré hacia atrás, hacia donde yacía el bebé en la cuna, preguntándome por última vez si podría escapar con él.
—Ayúdame a caminar por la Palabra —oí la voz de la monja flotando en el pasillo—. Que pueda caminar por la fe y no por la vista.
Estaba rezando con el guardia, ganando tiempo antes de que él entrara en mi habitación.
Era mi única oportunidad.
Me eché el saco de lona al hombro y arrastré mis pies hinchados por el suelo de baldosas sucias.
Puse la mano en el pomo dorado y abrí la puerta, justo cuando el agudo llanto de mi hijo rompió el silencio de la noche.
Me quedé paralizada.
Pero ya no había vuelta atrás.
Esa fue la última vez que oí su voz. La última vez que supe que estaba vivo.