Capítulo 21 Vikram #2
—¡Eh! ¿Qué haces levantado, Pati? —Su madre se apresuró a agarrarlo por el codo; Samir traía el cuerpo encorvado por el esfuerzo de intentar mantenerse en pie—. Te dije que te llevaría la comida.
—Deja de armar tanto lío, Aditi —refunfuñó él—, puedo llegar a la cocina sin problemas. Akshay debe estar por llegar.
Vikram se sonrojó. Por supuesto que no era él quien merecía tanto esfuerzo, sino su hermano.
—Tienes buen semblante esta mañana, pa —dijo Vikram, sin saber muy bien cómo saludarlo. Un abrazo le parecía demasiado íntimo, un apretón de manos demasiado formal. Desde que había vuelto a casa, Vikram y su padre habían establecido una paz fría y sus conversaciones eran siempre breves.
—Hola, hijo —dijo el mayor de los Desai con rigidez, dándole a Vikram una palmada forzada en el hombro.
Vikram se volvió hacia la cocina para ofrecerle ayuda a su madre, cuando de repente oyeron unas voces provenientes del vestíbulo.
—¡Holaaaaa! —exclamó Akshay con una amplia sonrisa; llevaba una chaqueta gris claro colgada del hombro y la sostenía con uno de sus dedos como un actor de Bollywood—. ¡Ven para acá, americanito!
Akshay corrió hacia donde estaba Vikram y le hizo una llave en la cabeza, como cuando eran niños.
Shivani apareció detrás de él, con sus gafas de sol exageradamente grandes y todavía colocadas sobre su perfecta nariz, a pesar de llevar en casa el tiempo suficiente como para habérselas quitado.
Entre risas, se acercó a los dos hermanos y extendió la mano, juguetona, para separarlos.
Vikram, sin aliento, se liberó del abrazo de su hermano.
—Yo también me alegro de verte, Akshay.
Akshay sonrió.
Samir se acercó arrastrando los pies y se detuvo para darle un abrazo a Akshay.
—Me alegro de verte, hijo, y, por supuesto, también a tu preciosa novia.
Akshay y Shivani abrazaron a su padre al mismo tiempo; fue un acto de intimidad sincronizado que tomó a Vikram por sorpresa.
Al verlos así, tan cerca, a los tres, se sintió como si hubiera quedado fuera de un teatro, obligado a ver aquella película a través de una rendija.
Lucían tan cómodos, tan naturales, se proferían un afecto palpable y sin esfuerzo.
Vikram se sintió desplazado, una suerte de extraño bajo su propio techo.
—Ven, vamos a buscar algo para comer —intervino Aditi, quien miraba a su hijo menor con el rabillo del ojo.
—Genial, mamá —dijo Akshay con cierta alegría—. El viaje nos dejó hambrientos.
El trayecto desde Londres había durado dos horas y media. Akshay había hecho el trayecto en la parte trasera de un SUV negro conducido por el mismo chófer que su padre había contratado hacía treinta años.
—¿Carrington está afuera? —preguntó Vikram, pensando en el anciano trinitense que había sido esencial para la familia Desai desde que él tenía memoria.
—Sí. Nos regresará a casa después de comer. ¿O necesitas que te lleve al aeropuerto? Mami dice que ya tienes un vuelo.
A Vikram le sorprendió que su madre ya les hubiera contado lo de su partida, teniendo en cuenta que se lo había anunciado a él esa misma mañana.
—Sí, vuelvo la semana que viene —respondió Vikram y se sentó a la mesa de la cocina junto a su hermano mayor. Akshay se colocó a la cabecera; su padre, quien tosía en su pañuelo, quedó justo enfrente de ellos.
Akshay le dio un codazo a Vikram en el costado.
—¿A qué viene tanta prisa, hermanito? ¿Hay alguien especial como para que vuelvas corriendo? Por cierto, ¿qué hay con las chicas americanas?
Shivani soltó un quejido.
—¡Akshay! ¡Déjalo! ¡No delante de tus padres!
—¿Qué? —replicó él, fingiendo inocencia, seguro de que con su pregunta había desconcertado a su destinatario. Sus padres comenzaron a moverse incómodos en los asientos y fingieron no prestar atención.
—Ah, sí —suspiró Vikram—. ¿Qué más podría estar haciendo un candidato a posdoctorado en Matemáticas Aplicadas en Cambridge aparte de coquetear con americanas?
Por supuesto, con ese único propósito dejé mi vida a miles de kilómetros de distancia y he pagado Dios sabe cuánto dinero para terminar una beca completa en un año. Una chica.
—No seas sarcástico, hermanito. Sabes que estás allí por un doble propósito. ¡Ya casi cumples veinticinco! Te estás haciendo mayor. Si no te pones las pilas, Mamá no podrá hacerte un perfil de soltero decente.
—Déjalo disfrutar del momento, Akshay —dijo Shivani con calma y colocó una de sus manos sobre la rodilla de su prometido—. Las chicas harán cola para salir con Vikram. Además, ¿qué pasó con la que salías antes de marcharte? ¿Radhika? ¿Siguen en contacto?
Aditi carraspeó de repente.
—Bueno, de hecho —comenzó su madre— invité a la familia de Radhika al festival de Diwali. Tienen parientes que viven por aquí y el otro día me encontré con su madre en la farmacia, y se me ocurrió que sería buena idea reunir a nuestras familias cuando vuelvas este otoño.
Vikram palideció.
—Mamá —dijo—, no nos adelantemos. . .
—No seas tonto, Vikram —intervino de repente su padre, quien los sorprendió al revelar que estaba escuchando—.
Es hora de ser responsable. Tu hermano tiene razón: va a parecer muy raro que regreses el año que viene sin haber progresado en ese sentido.
Cualquier hombre sabe que no puede centrarse sólo en sus estudios y descuidar su hogar. Tu legado es lo único que tienes.
Fue como si el oxígeno se hubiera acabado en la cocina.
Vikram se reprendió mentalmente: no debería haberse sorprendido por la intervención de Samir; la verdadera sorpresa era que hubiera tardado tanto en hacerla.
Sabía que nunca estaría a la altura de las expectativas profesionales de su padre, pero, caramba, sí que lo había intentado.
Si era sincero consigo mismo, seguía haciéndolo, lo cual, a la par, le provocaba una tremenda vergüenza.
Sentía que la única forma de recuperar algo del respeto de su padre, antes de que fuera demasiado tarde, era presentándole una novia cuyo apellido se sintiera orgulloso de imprimir en una invitación.
Shivani, por ejemplo.
Sus padres casi se mueren de emoción cuando Akshay les habló de ella por primera vez: la chica gujarati de su seminario de primer año, cuyos padres pertenecían al templo que estaba justo al lado del campus.
Como era de esperar, los miembros de su familia extendida pertenecían al templo de Akshay en Featherstone y, por supuesto, después de decenas de llamadas entusiastas entre las tías de ambos lados, descubrieron que eran parientes lejanos.
La madre de Vikram se había sobrecogido tanto ante la perspectiva del matrimonio que había retirado el currículum perfectamente elaborado de Akshay de las agencias matrimoniales que había contratado cuatro meses antes.
En cuestión de días, la presión para que Akshay le pidiera matrimonio aumentó y, cuando finalmente lo hizo, la madre de Vikram lloró como si el propio Krishna hubiera venido a entregarle el regalo de la vida eterna. Incluso Samir tenía los ojos húmedos, a punto de formar una lágrima completa.
Vikram no estaba seguro de poder darles la misma alegría.
—Beta, creo que deberías pasar algún tiempo con Radhika cuando regreses. Es importante que eches raíces. Mientras tanto, te concertaré otras reuniones para que al menos puedas empezar.
Reuniones.
Vikram odiaba cómo sonaba esa palabra, tan fría y estéril. Pero su hermano tenía razón, el reloj corría. Al menos con Radhika había cierto margen de elección: habían salido brevemente cuando estudiaron juntos en la universidad, así que la conocía lo suficiente.
—Tendrás que volver pronto —continuó su padre, interrumpiendo los pensamientos de Vikram—.
Necesitas encontrar una esposa, pero a una esposa no le impresionará un soltero sin futuro financiero.
Un doctorado en Matemáticas Aplicadas sin un trabajo no es precisamente un motivo de orgullo.
Por eso el negocio te estará esperando, listo para que tomes las riendas.
Vikram carraspeó.
—Como ya te he dicho antes, el negocio no es para mí. Yo. . .
—¿Qué carajos enseñan en esas escuelas? —se burló su padre y subrayó su disgusto con un débil intento de golpear la mesa con el puño—.
¿Sabes lo que habría hecho yo por tener un negocio entregado en bandeja de plata y con un lacito encima cuando vine a este país?
¿Sabes cuántos hombres morirían por una oportunidad así?
Un regalo que tú sólo ves como una maldición. Eres un malcriado.
Aditi cogió la servilleta de su regazo y se levantó.
—Beta, creo que tu padre quiere decir que pronto será hora de volver a casa —dijo y le pasó el hari chutney a su marido al otro lado de la mesa—.
Quédate en Cambridge y termina tu programa, pero con todos los disturbios que hemos visto en las noticias, después de que ese hombre huyera de la policía y acabara haciéndose golpear, no entiendo muy bien por qué querrías quedarte mucho más allí.
En cualquier caso, esperamos verte este otoño.
Akshay y Shivani intercambiaron miradas cómplices.
Vikram se dio cuenta de que nunca parecían ayudarlo cuando sabían que necesitaba su apoyo, cuando eso podía cambiar las cosas o, al menos, reducir la tensión emocional entre él y sus padres. Vikram bajó la mirada hacia su naan, adornado con trocitos de cilantro.
Ahora estaba demasiado cansado como para librar esa batalla.