Toda la vida es ahora Capítulo 21 Vikram
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Capítulo 21 Vikram

Vikram se dio vuelta en la cama extragrande y se frotó los ojos para desperezarse. Podía ver el sol asomando a través de las persianas venecianas color crema y el jarrón con flores frescas que su madre había colocado en su mesita de noche desprendía un aroma a lilas.

No podía creer que todavía estaba allí.

Habían pasado meses desde que aquella llamada interrumpiera sus estudios y trastornara su vida.

Desde entonces, lo único que hacía era llevar a su padre a una serie de especialistas y apretar la mano de su madre, ayudándola a comprender los duros diagnósticos que se asomaban entre la jerga médica.

Los días de su padre estaban contados, eso estaba claro.

Pero el viernes, el cardiólogo jefe del Hospital St. Thomas había confirmado que su padre se encontraba estable y que podría continuar con sus medicamentos habituales.

Solo debían ser conscientes de los retos que les esperaban más adelante.

—Beta, ¿ya estás despierto? —la delicada voz de su madre resonó en la puerta del dormitorio.

—Sí, mamá. Ya me voy a levantar —respondió Vikram aturdido.

—¿Te importa si entro? —preguntó ella mientras se sentaba sobre las sábanas desordenadas.

—¿Cómo estás, hijo? Ha sido mucho, lo sé —dijo y le tomó la mano. Las pecas que manchaban su piel, fina como papel, eran más oscuras y vivas de lo que Vikram recordaba.

La pregunta de su madre lo tomó por sorpresa, no porque Vikram dudara de lo mucho que ella se preocupaba por él, sino porque el mundo de las emociones no era el fuerte de los Desai.

Su padre, Samir, de ingenio mordaz, pero parco en extremo, no solía bromear mucho.

Mientras que Aditi, su madre, rodeada por hombres estoicos, había silenciado, desde hacía mucho, su necesidad de intimidad emocional.

—Estoy bien, mamá. ¿Cómo estás tú?

—Envejecer no es divertido —suspiró ella—.

Es la sorpresa desagradable que esperas.

Sabes que tu hora llegará, pero la velocidad a la que sucede es tan brutal como sorprendente.

—Aditi se inclinó hacia él y su perfume le recordó a Vikram los días que pasaba sentado en su regazo, acurrucado en su pecho—.

Siempre pensé que yo sería la primera en irme, pero ya conoces a tu padre: no soporta quedar en segundo lugar —dijo y le dio un codazo juguetón.

—Supongo que no. —Vikram sonrió y se apoyó en la cabecera de la cama.

Ahí estaba: ese descaro que había heredado de su madre, que parecía muy recatada ante los demás, pensó Vikram sonriendo.

De repente, Aditi se acercó aún más hacia él y le acarició un lado de la cara.

—Es hora de que vuelvas, Beta —anunció con tono seco y definitivo.

—¿Adónde? —preguntó Vikram, aún adormilado.

—A Cambridge —respondió Aditi y se ajustó la seda amarilla de su sari.

—Pero mamá, sé que aún hay muchas cosas de las que ocuparse. Tienes a papá, además de la boda. . .

—Todas esas cosas seguirán aquí —lo interrumpió ella—. La boda no es sino hasta dentro de diez meses. Debes volver antes de que lo de tu padre vuelva a empeorar. Además, si algo sucede, tu hermano está en Londres.

Vikram sabía que sería un acto bondadoso dejar que esta mentira perviviera entre ellos.

Sabía, al igual que su madre, que no podían contar con Akshay.

Su hermano estaba absorto en su propio mundo, uno que había construido con la aprobación de Samir y a su imagen y semejanza.

Ambos eran médicos que hacía tiempo habían abandonado las camas de los enfermos para dedicarse a algo más lucrativo: la cosmetología médica de las farmacias que la abastecían.

Todo esto significaba que Akshay estaba excusado de cualquier deber filial real, siempre y cuando siguiera recibiendo los elogios que hacían de su padre un hombre orgulloso y satisfecho.

Era el hijo por el que Samir había rezado: el médico, el mayor, el futuro marido.

—Akshay y Shivani vendrán a almorzar. Por favor, baja a despedirte. Ve con tu padre, quiere hablar contigo antes de que te vayas. Hay un vuelo para la semana que viene.

—¿Ya has encontrado un vuelo?

—Sí. Llamé a la oficina de tu padre para que lo reservaran. Le diré que el decano te pidió que volvieras, fui yo quien decidió que debías hacerlo ahora.

—¿Hablaste con el decano Kelly?

—Sí, pero tu padre no tiene que saberlo. —Se apresuró a levantarse—. Baja a almorzar y podremos conversar antes de que te vayas.

Vikram se maravillaba con su madre. Desde que era pequeño, recordaba cómo ella ejercía su poder blando y silencioso para manejar las cóleras de su padre.

Era todo un arte. Vikram escuchó cómo cerraba la puerta con suavidad, y el ruido de sus pantuflas al bajar por la escalera serpenteante hasta la primera planta, pasar por el vestíbulo y entrar en la cocina.

Vikram se frotó los ojos.

¿Cambridge? ¿La próxima semana? Eso significaba que por fin volvería a ver a Lily.

Al pensarlo, sintió mariposas en el estómago.

Habían intercambiado algunas cartas desde que él se había marchado; Vikram intentaba que sus mensajes fueran intrascendentes; no quería agobiarla con los pensamientos más tortuosos que lo atormentaban desde la última vez que se vieron.

Agarró el tirador de bronce de su mesita de noche y abrió su única y estrecha gaveta. El jarrón de cristal que había encima se tambaleó.

Sacó la última carta de Lily.

18 de mayo, 1992

Monsieur Vikram:

Entiendo por qué Madame Carole piensa que eres un escritor tan talentoso. Me alegró mucho volver a saber de ti.

Las cosas van bien, pero debo admitir que extraño nuestras charlas. Me siento sola en la biblioteca Lamont sin ti. (Aunque creo que Marcelo, el guardia de seguridad, y yo, hemos terminado por hacernos amigos. Ahora, cuando me echa, lo hace con una sonrisa. . .).

Actualización: ¡Conseguí las prácticas en la Embajada de Sudáfrica!

Este verano me iré a Washington D. C. durante unas semanas, va a ser un buen descanso del campus y sin duda mejor que volver a Elk River.

Además, con todo lo que ha pasado en Estados Unidos desde el juicio de Rodney King, siento que todavía queda trabajo por hacer y quizás pueda ver cómo se desarrollan las cosas en D. C.

Por cierto, Hana y yo hemos estado trabajando sin descanso como voluntarias en el Instituto de Políticas.

Estamos organizando una manifestación en el campus contra la brutalidad policial el mes que viene. Desde que se dictó el veredicto, las cosas están que arden.

Literalmente.

Seguro que has visto la cobertura en el Reino Unido, pero Los Ángeles ha estallado por completo y ahora las protestas (¡y los disturbios!) se han extendido a todas las grandes ciudades.

La Asociación de Estudiantes Negros de la universidad ha liderado la lucha por la reforma de la policía del campus.

Chris ha estado tratando de reclutar a los atletas para que nos ayuden, pero es desalentador ver cuántos de ellos se niegan a unirse.

Todo esto ha sido muy agotador.

Sigo sin entender cómo hay tanta gente que se niega a entenderlo.

Creen que se trata de una cuestión en blanco y negro, sobre gente blanca y gente negra.

En realidad, es cualquier cosa menos eso.

Se trata del poder y del abuso de poder.

La gente actúa como si no se pudiera elegir un bando, pero sí se puede, y yo diría que se debe, cuando lo que está en juego es una cuestión moral, no política.

En fin, no puedo esperar a que vuelvas y resolvamos juntos todo esto. De hecho, se me llenan los ojos de lágrimas solo de pensar en cuánto tiempo llevas fuera. Pasemos a otras cosas, ¿te parece?

Eres uno entre un millón, Vikram Desai.

Quiero ver todo lo que harás para cambiar este mundo. . .

Para todos nosotros.

xx Lily

Vikram se sentía perdido. Cada vez que releía la carta, se confundía más.

Peor aún, le preocupaba que la fe que Lily tenía en él fuera infundada.

No estaba seguro de poder enfrentar ninguno de los problemas que ella mencionaba; ni siquiera estaba seguro de entenderlos.

¿Lily no era cubana? ¿Por qué siempre terminaba sumándose a las causas de los estudiantes negros?

No es que hubiera nada malo en ello, per se, pero ¿por qué asumir un estrés adicional cuando no era necesario?

A Vikram sus padres le habían enseñado a evitar a las personas —y las situaciones— que conllevaran asociaciones negativas.

Claro que era incómodo admitirlo, pero los inmigrantes africanos y caribeños con los que se cruzaban al conducir por Brixton solían encajar en ese perfil: delincuencia, caos, peleas.

En las noticias de las seis siempre se mencionaban tiroteos o saqueos en sus barrios.

Como inmigrantes que eran, la familia de Vikram sabía que no podía arriesgarse a esa asociación; no podían permitirse el lujo de fracasar. Tenían que sobrevivir.

Vikram dobló la carta y volvió a meterla con cuidado en el sobre que tenía dos sellos de Estados Unidos estampados en la esquina.

Retiró las mantas y pisó la alfombra afelpada, cogió los pantalones negros de algodón que estaban tirados en el suelo.

Se puso una camiseta y bajó por la amplia escalera que descendía en espiral desde el rellano del segundo piso.

Cuando entró en la cocina, Vikram pudo evocar con el olfato todos los buenos recuerdos de su infancia. Su madre estaba de espaldas a la puerta y removía despacio una olla que hervía a fuego lento en la cocina.

—Buenos días otra vez, cariño —dijo su madre con voz alegre y sus brazaletes de oro sonaron al coger el jengibre—.

¡No me acostumbro a lo delgado que estás!

Te estaban matando de hambre allí, ¿eh? No te preocupes.

Ya tengo dal gosht y tu biryani favorito en el horno. Ve a dar los buenos días a tu padre.

Antes de que Vikram pudiera llegar al salón, Samir dobló por una de sus esquinas; traía la mano izquierda agarrada a un bastón que apenas soportaba su peso.