Toda la vida es ahora Capítulo 19 Lily
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Capítulo 19 Lily

Por fin había llegado la primavera y parecía que todo el campus se había sacudido el largo letargo del invierno.

Al salir de la biblioteca Lamont, me desabroché el botón superior del cárdigan rosa pastel, mi última adquisición en Filene’s Basement durante una reciente visita a Copley Square.

Había pasado toda la mañana encerrada en un cubículo de la biblioteca rellenando papeles del Departamento de Estado para poder acceder a la Embajada de Sudáfrica el primer día de mis prácticas de verano en Washington D. C.

Estaba impaciente.

Ya estaba cerca de la habitación cuando reparé en el ruidoso timbre de nuestro teléfono de emergencia, que sonaba al otro lado de la puerta.

Me apresuré a girar la llave.

Casi nadie llamaba a ese número.

Dejé mi mochila en el futón, crucé la habitación corriendo y en un segundo agarré el auricular rojo.

—¿Hola? —respiré con dificultad en el receptor, aterrorizada por lo que, o a quién, encontraría al otro lado de la línea.

—Gracias a Dios contestaste —la voz de Hana temblaba en el altavoz.

—¿Hana? ¿Eres tú? ¿Qué pasa?

—Estoy con Chris en Harkness Commons. Está muy nervioso. Ni siquiera sé qué decir. Tienes que venir a ver esto. Está en todas las noticias.

—¿Qué?

—Ven, Lily

Nunca había escuchado a Hana tan inquieta.

—Voy para allá —respondí.

Corrí los ochocientos metros que me separaban del centro de estudiantes de la Facultad de Derecho; era el más nuevo y limpio del campus.

Se había convertido muy rápido en el lugar favorito de los estudiantes de pregrado que sabían de su existencia.

A través de las ventanas de cristal pude ver filas de ellos sentados en el interior, amontonados alrededor de un televisor enorme que colgaba de la pared.

—¡Los han dejado libres, carajo! —soltó Chris cuando llegué, con la mirada aún clavada en la pantalla.

Hana estaba sentada a su lado y le acariciaba el hombro.

Confundida, me senté en una silla vacía.

Miré a la pantalla tratando de entender las imágenes que cautivaban a la audiencia: en primer plano, cuatro hombres vestidos de traje gritaban por encima de los golpes de un pesado mazo.

Se oían exclamaciones de sorpresa en la abarrotada sala del tribunal.

«Los oficiales han sido declarados inocentes, absueltos en el juicio de Rodney King», resonó la voz de un reportero por los altavoces.

Entonces las ya conocidas imágenes en blanco y negro empezaron a sucederse en la pantalla.

«King, de veintiséis años, protagonizó una persecución frenética por parte de miembros del cuerpo policial la primavera pasada, acusado de evadir el arresto estando bajo los efectos del alcohol.

Fue detenido en el sur de Los Ángeles, en la esquina de Normandie y Florence.

Doce agentes lo acorralaron y cuatro lo golpearon hasta que perdió el conocimiento».

Se trataba del mismo video que me había revuelto el estómago un año atrás: los policías lanzando sus porras con los puños en alto, vociferando órdenes en medio del caos.

Chris tomó la mano de Hana cuando el segundo oficial se acercó al amasijo humano que temblaba en el centro de la imagen, reducido, casi sin vida.

Me estremecí cuando un cuarto gendarme se abalanzó sobre él y le asestó un golpe seco con su porra.

El locutor continuó.

«Este video fue grabado por un transeúnte que filmó el incidente con su propia cámara en el momento del altercado».

Chris se cubrió la cara con las manos.

—Qué mierda. Se salieron con la suya. Todos.

Me sentí mal, como si estuviera viendo el video por primera vez.

Cuando la detención de King saltó a los titulares nacionales, yo estaba en Elk River terminando mi último año de secundaria.

Volví a casa y encontré a mis padres pegados al noticiero nocturno.

Tenían las manos agarradas al borde del sofá.

Mi madre soltó un grito cuando sonó el primer porrazo.

Fuimos incapaces de apartar la mirada; contemplamos horrorizados cómo el hombre al centro de la pantalla yacía postrado y encogido, cómo intentaba en vano protegerse la cara con las manos abiertas.

Finalmente, mi padre se levantó y salió de la habitación, tan indignado que apenas podía hablar, salvo para murmurar algo sobre cómo los policías blancos siempre querían demostrar que eran mejores que las personas negras y mestizas a las que vigilaban.

Mi madre sacudió la cabeza con lágrimas en los ojos.

Ahora, un año después, se había dictado que esos policías eran inocentes.

—Pero el jurado vio todas las pruebas —dije incrédula, mientras los gritos airados desde fuera del juzgado resonaban en la pantalla del televisor—. ¿Cómo pudieron absolverlos?

—¿Hablas en serio, Lily? —Chris me miró fijo, con los ojos inyectados de rabia—. ¿De verdad te sorprende? ¿Cómo funcionan las cosas por allá en los pueblitos perdidos de Carolina del Norte?

Di un salto. ¿Pueblitos perdidos?

—¿Qué pasa? ¿Te incomoda la verdad? Dime, ¿la gente como tú y como yo puede andar libremente allá de dónde vienes? —continuó.

Nunca había oído a Chris tan enfadado. De hecho, no estaba segura de haberlo oído articular tantas palabras. Tampoco había oído que nos identificara como parte de un mismo grupo. Claro, todos éramos inmigrantes, los «otros», en cierto sentido; sin embargo, nosotros dos éramos los únicos negros.

Y sabíamos que en este país a los negros se les trataba de forma diferente.

¿Pero Chris lo notaba? Su madre, una maestra de escuela, era belga, y él era solo mitad africano.

La mayoría de los hombres que había conocido en la universidad con algún grado de ambigüedad racial elegían no ser negros.

Quizás lo reconocían, pero no lo abrazaban.

Para mí, al menos en mi pueblo, las cosas eran diferentes: quienes no éramos blancos simplemente pasábamos a ser negros.

Nunca tuve claro si Chris sentía lo mismo.

Hana se acercó para frotarle suavemente la espalda.

—Estoy segura de que Lily lo entiende. . .

—¿Lo entiendes? —interrumpió Chris.

—Claro que lo entiendo —respondí, mirándolo directo a los ojos—.

Hablo español, si eso es lo que hay detrás de tu pregunta.

Y soy negra. Vengo de la misma estirpe de esclavos que el resto de nosotros, solo que mi barco atracó en Cuba.

Lo entiendo. Todos lo entendemos. Ese hombre podría haber sido mi padre, mi tío, mi hermano.

Coño, algún día podría ser mi hijo. —Hice una pausa—. Y también podría ser el tuyo.

Tras un momento de silencio, con nuestras miradas fijas el uno en el otro, Chris suspiró y se desplomó en su silla.

—Exacto —exhaló con dificultad, como si mi reconocimiento fuera suficiente para liberarlo; una confirmación de que, en realidad, no estaba solo.

—Yo también pude haber sido ese hombre —añadió Chris, con la voz apagada.

Parpadeé, confundida.

—Hace tres años, durante el último año de secundaria, me paró la policía.

Iba en un carro con mis compañeros de equipo y todos estaban borrachos, menos yo, que era el conductor designado.

Por supuesto, también era el único negro.

Un policía nos detuvo justo cuando estábamos llegando a los suburbios.

En el instante en que pasamos Eight Mile, encendió las sirenas, nos persiguió y nos obligó a detenernos detrás de un edificio abandonado.

Me hizo salir y poner las manos en el capó mientras me bajaba el zíper de los pantalones y me registraba allí mismo, a un lado de la carretera.

»Mis compañeros de equipo se limitaron a mirar.

»Los mismos chicos con los que pasaba tanto tiempo en los entrenamientos, los que me aseguraban que me “protegerían”, de repente no tenían nada que decir.

Yo estaba paralizado. El oficial me tocaba y me pinchaba como si fuera un desgraciado animal en una subasta.

Luego, con su porra, me golpeó en la parte de atrás de las rodillas, por si acaso.

Los ojos de Hana se llenaron de lágrimas.

—Al final, me obligó a tomar una prueba de alcoholemia buscando una razón para detenerme. Por supuesto, la pasé sin problemas, pero eso no fue suficiente.

—¡Te arrestó! —exclamé.

—Sí. Me llevó directo a la cárcel. Pasé cuarenta y ocho horas en una celda de Detroit.

En un maldito calabozo en Detroit. ¿Te imaginas las cosas que vi esa noche?

¿Toda la mierda que tuve que presenciar?

Era el mejor alumno de mi promoción, un futbolista que iba a venir becado a Harvard.

Nunca había estado cerca de un agente siquiera.

Y tuve que pasar por todo eso solo porque un policía cabrón quiso burlarse de un chico negro que se veía un poco nerd. . .

Hana le tomó la mano cuando se calló.

—Chris, lo siento mucho —logré decir.

—Yo también. No quise ser grosero, Lily.

Pero es que. . . —hizo una pausa—. Mi madre tardó doce horas en encontrar un abogado que se hiciera cargo del caso.

Vació su cuenta de ahorros para poder pagar los honorarios.

Y, por supuesto, fue ella quien tuvo que hacerlo, porque mi padre, con su piel negra y con su acento, no podía poner ni un pie en la comisaría y esperar que lo respetaran.

La policía no tenía ni idea de que yo era su hijo. Ellos solo asumieron. . .

—Que eras negro —terminé yo.

—Sí. Por supuesto que el policía no pudo presentar un documento que demostrara que había dado positivo en la prueba de alcoholemia.

Y cuando mi madre exigió que me hicieran otra en presencia del abogado, se negaron y me enviaron a casa.

Así de rápido. Su ira de mujer blanca valía más que mi vida de hombre negro.

»Esa noche aprendí lo que significa realmente ser negro en este país: lo que significa conducir siendo negro, ser encarcelado siendo negro, enfrentarse al sistema judicial siendo negro.

Podía haberlo perdido todo. ¿Cuántos hombres como yo no lo han perdido ya?

Me salvé porque tenía un abogado y una madre blancos.

Ahora tengo mi libertad. No podemos decir lo mismo del señor King.

Chris señaló la pantalla.

Bajé la mirada hacia mis manos, sin saber qué más decir.

—Tenemos que hacer algo —dijo Hana, en un intento de llenar el vacío—. Las cosas van a empeorar. Los Ángeles va a colapsar.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—Esto es solo el principio, Lily. Ya lo verás. Conozco mi ciudad, y la gente negra se va a encolerizar. Los coreanos se van a asustar y los blancos van a querer «orden». Va a ser un desastre.

—¿Y entonces qué? —pregunté—. ¿Qué hacemos?

—¿Qué hacemos? —Hana se volvió hacia Chris—. Cariño, puede que tengamos una pequeña revolucionaria entre nosotros —dijo riendo.

Sonreí también y puse los ojos en blanco.

—Activismo de base —continuó Hana—. Eso es lo que hicieron en los años sesenta, y mira cuánto ha cambiado todo.

—No tanto —dijo Chris con cinismo.

—Bueno, por algo tenemos que empezar —dijo Hana.

Le agarró la barbilla a Chris y giró su cara hacia ella. Hana fue muy tierna con él, y eso me hizo dudar sobre qué tanto en realidad había compartido Chris de esa historia con ella, si es que lo había hecho.

—Los dejo solos —dije, sabía que era hora de irme—. Nos vemos en la residencia, Hana.

—Creo que me quedaré con Chris esta noche —respondió ella y le acarició el hombro.

De repente, Chris se levantó de la mesa y me envolvió en un abrazo.

—Gracias por la conversación, Lily. Siento haber sido tan idiota.

Chris nunca me había parecido especialmente emotivo y desde luego nunca nos habíamos tocado.

Pero me conmovió ese momento de solidaridad y de algo más que no sabía definir.

Me di cuenta de que Chris era la única persona en ese salón que sabía, quizás visceralmente, lo que yo había sentido al ver ese video.

—Gracias a ti —murmuré y le di una palmadita en el hombro.

Cogí mi bolso y salí al aire fresco de la noche; el viento me azotaba la cara.

Sola, me fui al río.